La guerra de Donald Trump, que parece comer queso hecho de leche de leona, como todas las anteriores desde Troya, ratifica que el hobbesiano “bellum omnium contra omnes” es el postulado angular del hombre occidental. El clima moral del Occidente es guerrero por excelencia; de ahí su “éxito político”. Hasta en nuestros Ejercicios Espirituales de corte ignaciano la visión del soldado prevalece. El occidental es un “bellum bellicosus”, y Machado nos dirá en su Mairena, póstumo, que nuestra cultura es fundamentalmente “polémica”. La guerra universal del Viejo Testamento está superando hoy el amor universal del Nuevo. El viejo Dios del poder y de la venganza, de la elección de unos (Occidente) y la derelicción de los demás (Oriente), derelicción total y eterna, le facilita al hombre occidental, “pantótolmos”, con buena conciencia por la elección divina, la posibilidad de aplastar al débil, y de destripar, con plena conciencia, a 180 niñas menores de 12 años con su santa tecnología belígera, a fin de conseguir el dominio sobre todo lo Otro. Occidente levanta hoy su sagrada bandera maculada, escondida en el mechinal o guarida de Epstein, la perfecta antesis capitalista, para placer moral y honor de los baales occidentales que nos dominan y sodomizan. Pero ese Dios del Viejo Testamento es un Dios sin Cristo, sin un Hijo que sea su misma vida infinita (Agustín Andreu), y de una idea insuficiente de Dios y de la existencia humana, no se puede esperar mucho. Esa metafísica lobuna de Hobbes, la guerra total como apoteosis del hombre, fortalecida además por el principio goethiano de “En el principio estaba la acción”, La Diosa Acción, presupone la total acefalia del mundo. Mas la forma de ser el hombre occidental, el hombre que piensa en lenguas indoeuropeas, esto es, en lenguas “acusativas” y no “ergativas”, no es para nada universal.
Ha habido y aún hay otras civilizaciones que no tuvieron ni tienen interés en seguir este modo de vida de poder y pelea. Esto del hombre que piensa la vida en todos sus aspectos como pelea, combate, competencia, contienda, rivalidad, emulación, y que hasta en el amor mete lucha, no es tan general ni un comportamiento totalmente ordinario en el mundo. Se trata de una visión localista nacida en Europa y oriente próximo que exhibe una religiosidad agresiva, con un clarísimo furor judaico, y que ha hecho del hombre occidental un fantaseador que cree llegar a la verdadera conquista y exterminio del “otro”.
Frente al “homo polemicus” de Occidente, en perpetuo movimiento, heracliteano, está el “homo pacificus” de Oriente, en quietud parmernídeo. El hombre europeo moderno, con el alma habitando su móvil, ha dado origen a una civilización demoníacamente cinética, perdiendo la quietud y la interioridad, que son las únicas maneras de ver su ser, su propio ser. Ser extático y ser cinético. Ni Parménides puede excluir a Heráclito ni Heráclito deja de caber en Parménides. La heterogeneidad de ser es la esencia del ser.
Occidente, que nunca ha conocido la humildad, peca de soberbia, porque cada civilización lleva todos los elementos de humanidad esencial y no necesita injerencias estéticas ni religiosas ni metafísicas ni catequéticas ni proselitistas para su buen y humano desenvolvimiento. Además, ¿qué valores humanos vamos aporta hoy a Oriente? ¿Los de los amigos de Epstein?
Pues bien, frente a la decadencia inevitable y ya visible de un Occidente enclaustrado en el útero globalista anglosionista, peligroso y jehováticamente exterminador, nos queda la alternativa del Occidente Hispanoamericano – que no Latinoamericano, abyecta categoría inventada por Napoleón y los intereses de Francia -. Una Hispanoamérica que buscándose a sí misma nos redimirá y nos resucitará, y complementaria con la Rusia de Alexander Dugin. Porque hoy la palabra “Occidente” está ya sonando como grito de bandera para guerras intercontinentales de exterminio y aniquilación, y urge que Occidente pueda sonar a otra cosa, otra cosa más verdaderamente occidental, que nos redima a nosotros mismos reencontrándonos de nuevo en el lógos griego y en la espontaneidad moral innata que nos dio Dios para reconocer el bien, la belleza y la verdad.
Hoy, gracias a ese miasma de la inteligencia artificial, que sólo sirve para mentir a la gente sobre lo que ocurre y para que los artistas impotentes puedan escribir libros, pintar cuadros, esculpir estatuas y hacer un cine soez y basto, nadie decente puede ya respaldar ningún frente en la guerra del anglosionismo contra el teocrático – como desde los Aqueménidas – Imperio Persa. Pero una cosa sí vemos entre la niebla: el sionismo fanáticamente religioso está llevando al mundo a la catástrofe. Naturalmente que la Europa de la Declaración de los Derechos Humanos de la Revolución debe defender a los judíos, pero no más que a los filisteos.
Respecto a la mente y mentalidad judía cuanto más ortodoxa es, más necesita la nada del origen y la nada del final o de aniquilación: la estación final de la escatología. El concepto de creación “ex nihilo” – enseñaba Machado – es el fundamento de una posibilidad de tratar al otro llevándolo por las diversas formas de aniquilación, de desconocimiento; es el presupuesto de la tiranía metafísica. El mensaje de Nuestro Jesús, el Hijo de Dios, y Dios Él mismo, tiene mucho más que ver con el pensamiento del persa Mevlana, o del murciano Ibn-Arabí que con los rabinos amigos de Netanyahu.
Toda adjetivación depresiva es poca para colocar al pobre hombre persa o palestino en el lugar que se le asigna como contingente, pura nada de suyo, basura moral, malicia pecaminosa, traidores de “fides púnica”, frente a los sacrosantamente despiadados elegidos, exterminadores de Jehová, que está muy lejos, muy lejos, y jamás se acerca para mancharse de podredumbre con el fin de identificarse con el pobre. Pero Cristo disfrutaba cuando se asimilaba con los de abajo. “No lo dejan al Cristo – sigue diciéndonos Machado – ser lo que quiere ser”. Todavía hoy algunos curas siguen sin dejar a Cristo ser lo que quiere ser. Occidente ya no es tampoco políxenos; esto es, hospitalario, como en la época en que Anacarsis llegó a Atenas. Europa era hospitalaria cuando creía en Dioniso. Europa era hospitalaria cuando creía en Jesús.