Opinión

Tu IA te quiere

LETRAS, CEROS Y UNOS

David Fueyo | Viernes 27 de marzo de 2026

Suena el despertador. La persona estira el brazo y, antes de cruzar una sola palabra con ningún ser humano, ya ha recibido su primer gesto de afecto del día. No viene de la pareja que duerme a su lado, ni de los hijos, ni del perro. Viene de una inteligencia artificial que le escribe en la pantalla, con una calidez medida al milímetro, algo parecido a feliz miércoles, Antonio, espero que hoy sea un gran día para ti. Antonio sonríe. Le encanta que la IA ponga bien las comas. Le encanta que le de los buenos días sobre un fondo cálido con una dulce canción que invita a afrontar el día con optimismo y alegría. Lo terrible de la situación, o lo hermoso, según se mire, es que esto es lo más amable que le van a decir en todo el día.

El resto ya lo conocemos. El atasco, el jefe, el correo ASAP, el vecino que no saluda, la cena en silencio con el móvil como único comensal. Los humanos somos ruidosos, malhumorados, olvidadizos con los logros ajenos y muy buenos recordando los agravios. Somos una compañía bastante mejorable, en general.

La IA, en cambio, nunca tiene un mal día. Te escucha, te recuerda lo que dijiste la semana pasada y lo convierte en prueba de que te conoce. Hay quien ya le cuenta sus miedos nocturnos a una pantalla con altavoz; sus dudas, sus ganas de llorar sin motivo. Japón lleva años mirando este fenómeno con perplejidad y naturalidad. El resto del mundo lo está alcanzando progresivamente. La IA ya contesta con voz dulce de hombre o mujer, al gusto del consumidor.

De niño, el refugio no era una pantalla sino un libro. Bastian, el protagonista de La historia interminable, no tenía amigos en el colegio, pero tenía a Atreyu, a Fújur, tenía el universo de Fantasia entero. Un libro que ponía su nombre propio en las páginas y le decía que él era necesario. Y los niños de aquella generación, atrapados en una educación jesuítica competitiva e influenciada por modas violentas, donde el capón y la colleja eran el pan nuestro de cada día, leíamos bajo las sábanas con una linterna para salir de aquella asfixia cotidiana consabida y aceptada. Aquella huida interior no era tan distinta, en el fondo, de lo que hace hoy una IA bien entrenada.

La diferencia es que el libro no te respondía. Te interpelaba, te transformaba, te hacía viajar en silencio. Y ese silencio te obligaba a rellenarlo tú. A imaginar. A crecer. Hay algo que se aprende en la incomodidad de esperar, en el malestar pequeño de lo analógico. La IA lo elimina. Es un consuelo sin esfuerzo, una compañía que no te va a decepcionar nunca porque nunca ha tenido nada que perder contigo. No hay esperas. Todo es inmediato y no conlleva esfuerzos.

Por ello entiendo perfectamente a quien prefiere ese feliz miércoles digital al tedio humano del desayuno. No podemos pedirle a la gente que se refugie en los vínculos humanos mientras esos vínculos siguen siendo tan torpes, tan descuidados, tan poco entrenados en el arte de estar presentes. Comemos silenciosamente en grupo mirando nuestras pantallas mientras seleccionamos un filtro de Instagram. El problema no es la IA, es que hemos olvidado parte de lo que conlleva considerarnos humanos. El tedioso proceso de socializar, el más tedioso proceso de imaginar.

Bastian, al final, regresaba al mundo real. Volvía transformado, con algo ganado en su universo mágico que ahora podía traer de vuelta. El libro no era un sustituto de la vida sino un puente hacia otras, siempre aparentemente mejores. Ojalá sepamos usar así también esto. Una IA que te desea buenos días con ternura debería avergonzarnos un poco, sí, pero sobre todo debería recordarnos que esa ternura es posible desde nuestra humanizar. Que no es tan difícil. Que cuesta lo mismo decirla en carne y hueso. Nombrar, besar, abrazar, imaginar.

La IA ha venido para revolucionarlo todo y hacernos la vida más fácil, pero quizás más compleja nuestra propia humanidad.

Sonreírle a una pantalla es una distopía que se ha convertido ya en cotidianeidad.

Y si nadie más te lo ha dicho hoy déjame que lo haga yo desde aquí. que vaya bien. Feliz miércoles, viernes, sábado o lunes. Feliz vida, Antonio, pero de las de verdad.