Opinión

El debate de fondo en la política exterior de EEUU

TRIBUNA

Gabriel Alonso-Carro | Sábado 28 de marzo de 2026

El notable discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich de Mark Rubio, con claras alusiones críticas al pensamiento del liberal F. Fukuyama, ha tenido respuesta por parte de este último (Persuasion, tres de marzo, disponible en la red). Y en este debate hay una voz autorizada por su liderazgo moral y activismo ejemplar que también entra en liza: Ayaan Hirsi Ali, africana combativa con la ablación femenina y la falta de libertad en el mundo islámico que, nacionalizada estadounidense, enseña en Harvard y desde su conversión del ateísmo al catolicismo defiende la urgencia de no abdicar de los valores de Occidente.

A un lector apresurado y no acostumbrado a los entresijos teóricos de los planteamientos de la política USA, y especialmente de la exterior, esta “conversación” le puede parecer alejada de la práctica y de la realidad, sin embargo, nada más próximo, concreto e influyente en la praxis de la presencia norteamericana en el mundo. En el artículo ‘What “Western Civilization” Really Means’ Fukuyama pone en cuestión qué concepto de civilización occidental maneja el Secretario de Estado cubano-norteamericano. Rubio hizo referencia en Múnich al vínculo trasatlántico y su relación a la cultura y herencia compartida que es occidente y el primero duda de que por tal estén entendiendo lo mismo.

La discusión se cifra según el profesor en la apuesta de un “conservador” por la fe cristiana como amalgama y entraña de esta civilización, dado que es una convicción vivida y real para millones de personas del hemisferio norte y sur, ante una concepción “liberal” como la de Fukuyama que también defiende la igualdad de todos los seres humanos (herencia obviamente cristiana). Sin embargo, esta lo hace -continúa exponiendo- como una concepción política abstracta que se queda en el terreno de las ideas y de las élites pero que no configura un estilo de vida ni una cosmovisión. No es lo mismo una civilización que una teoría jurídico-política, por más que sea relevante.

Ante todo ello, este último alega la transición moderna a la centralidad de la política en vez de la visión confesional, que dio lugar a las guerras de religión en los s. XVI y XVII, siendo sustituida por el pensamiento ilustrado que arrumbaba la fe religiosa al ámbito privado. De modo que ambas personalidades defienden dos visiones diferentes de lo que entendemos por lo propiamente occidental.

A mi modo de ver Francis Fukuyama cae en un error habitual en la ideología liberal. Que el proceso que describe haya ocurrido parcialmente en nuestra historia cultural no quiere decir que haya sido universal ni siquiera completo.

Baste comprobar la influencia del hecho religioso cristiano en EE.UU. o en muchos países de Europa y Sudamérica para no darlo por superado tan fácilmente e ignorarlo como si hubiese sido desplazado por el liberalismo ilustrado. En el fondo, es el espejismo del “Fin de la Historia” del advenimiento del único modelo “viable”, la centralidad de la política -de la mano de la democracia liberal- y del único molde económico: la economía de mercado. Esto es lo que constituiría a occidente según esta visión.

De hecho, Fukuyama atribuye a los valores ilustrados apertura, tolerancia y escepticismo respecto a las ideas recibidas como si fueran los dos primeros patrimonio de las Luces. Olvida que está demostrado que el período de mayor violencia y muertes de la Historia lo inauguraron tanto la Revolución francesa como las guerras napoleónicas y que según el recientemente fallecido Habermas estamos ya en un periodo “postsecular” culturalmente hablando, en el cual los prejuicios laicistas ya no rigen y el hecho religioso cuenta como dato relevante para desentrañar el significado de la realidad -como cualquier otro que sea significativo-. Por no hablar de la ya tan traída y llevada era de la “postmodernidad” (Rorty, G. Vattimo, etc.).

El gran error liberal es confrontar, no complementar ambas visiones de lo occidental pues, no en vano y como reconoce el autor de “El Fin de la Historia”, el ideal abstracto ilustrado y democrático, junto a los derechos humanos, son hijos y herencia de la realidad aún vivida de la convicción cristiana -aún muy presente- (dos mil millones de personas). Pues bien, en este diálogo, tercia la activista y profesora universitaria de la Harvard Kennedy School of Government, Hirsi Ali. Para ella, occidente debe reaccionar y proteger su cultura y sus valores ante lo que considera una erosión no solo desde fuera sino también desde dentro.

Al hilo de la política exterior americana llega a afirmar: “La respuesta de que “¡Dios está muerto!” parece insuficiente. También lo es el intento de encontrar consuelo en ‘el orden internacional liberal basado en reglas’. Creo que la única respuesta creíble reside en nuestro deseo de defender el legado de la tradición judeocristiana. Ese legado consiste en un elaborado conjunto de ideas e instituciones diseñadas para salvaguardar la vida, la libertad y la dignidad humanas, desde el Estado nacional y el estado de derecho hasta las instituciones de ciencia, salud y aprendizaje” (“Why I am now a Christian”). Así pues, no es el liberalismo laicista, trasladado también al orden internacional global, el protagonista: sino la tradición judeocristiana que nuclea la civilización occidental.

La cuestión es por qué y en qué coinciden M.Rubio y Hirsi Ali en perspectivas similares, sin renunciar al legado ilustrado, al revés que los iluministas liberales, que sí renuncian al sustrato fundamental de nuestra civilización -como ya superada- situándose únicamente en los procesos y procedimientos jurídico- políticos y económicos -como si la democracia parlamentaria y la economía capitalista fuesen los fundamentos de la cosmovisión de occidente y no sus productos-. Los constructos constitucionales o mercantiles no son el corazón de ninguna sociedad ni de cultura alguna, no son ni su entraña ni su alma última.

Rubio atacaba en Múnich nítidamente el liberalismo “iluso” tras la caída de la URSS: “todas las naciones serían ahora democracias liberales; que los lazos creados por el comercio y los negocios sustituirían a la nacionalidad; que el orden mundial basado en normas, un término muy manido, sustituiría al interés nacional; y que ahora viviríamos en un mundo sin fronteras en el que todos seríamos ciudadanos del mundo. Era una idea absurda (…) Y nos ha costado muy caro”. Ya lo adelantó en su libro: “Décadas de decadencia” (2023).

Hirsi Ali también nos subrayaba la insuficiencia de “el intento de encontrar consuelo en ‘el orden internacional liberal basado en reglas’.” La respuesta para ambos y Rubio lo repitió múltiples veces en Alemania es recuperar la civilización occidental y los vínculos en este sentido de EE.UU con Europa. Es lo que no acepta ni entiende la visión parcial de Fukuyama: la tradición liberal e ilustrada es parte de la civilización occidental pero no la constituye, de hecho, es una parte junto con Atenas, Roma, Jerusalén y es fruto de una herencia multisecular que no se puede absolutizar unilateralmente.

Contra “El choque de civilizaciones” de Huntington y la malhadada zapateril “Alianza de Civilizaciones”, M. Rubio, H. Ali y otros apuestan por la reivindicación de la civilización occidental en su integridad -más allá de aspectos teóricos parciales solo en la mente de las élites- (que, en efecto, son “ideas abstractas” aunque Fukuyama se rebele). Por ello el panorama internacional se juega en la competición entre potencias como China, Rusia, culturas islámicas en su versión radical (como la iraní) o sistemas como el socialismo bolivariano del siglo XXI, etc. Ni el laicismo ni el orden liberal basado en reglas les parecen operativos ni suficientes para recuperar el liderazgo occidental en un mundo donde son las grandes potencias las que marcan las reglas de juego: solo la apuesta por recuperar nuestra íntegra civilización común articularía debidamente la apuesta exterior norteamericana.