En Occidente hubo épocas que mostraron una extraordinaria creatividad en todos los fenómenos humanos, en las artes, en la industria, en el pensamiento, en la ciencia, en la tecnología, etc. La creatividad hacía a la sociedad más culta e inteligente y le ponía en disposición de progresar. Hasta finales del siglo XVIII existía una racionalidad y una cierta confluencia mayoritaria de “ideas y creencias”, que fue perdiéndose al añadirse unos complejos elementos disgregadores internos. Años después, a principios del siglo XX, comenzaron a expandirse por las sociedades las ideologías disolventes que querían acabar con la Civilización.
Desde hace bastantes años, en el pensamiento y en la mentalidad colectiva, se ha extendido el relativismo y el escepticismo. Afecta más directamente a la religión, a la verdad, a la moral, a los contenidos metafísicos y sobre todo a la trascendencia. El primer objetivo de los relativistas nihilistas, será acabar con la verdad por proceder de una herencia patriarcal y cisgénero. En todo lo demás dominan los dogmas circunstanciales, provenientes de un doctrinarismo variable que no responde a hechos constatados, pero que tiene un fin práctico: deconstruir el pensamiento lógico y racional y a toda la tradición histórica. En parte, la mentalidad disolvente es una consecuencia de la decepción de una aspiración imaginada que no logra hacerse real, ni asumir la frustración histórica. Puesto que no tiene voluntad de buscar otras alternativas decide condenar a la Civilización a partir de un radical sentimiento negativo de odio hacia sí mismo –nihilismo extremo--. Por decirlo de forma más radical, junto al deseo de destruir los pilares en que se asienta la civilización, se ha generado un odio al mismo ser humano, que ha pasado a convertirse en enemigo existencial.
Además de ser el resultado del fracaso de las expectativas (falsas) creadas, en cierta medida, la deconstrucción será una secuela del desgaste producido por el cansancio de la vida que conduce al desencantamiento del mundo –para el globalismo una virtud y una terapia por la que debe pasar la población--. La causa más decisiva se debe a las ideologías ensoñadoras, cuya pretensión de cambiar la vida natural y la naturaleza humana ha sido un fracaso. En la etapa de mayor desarrollo científico y tecnológico, otra consecuencia negativa de la degradación ideológica ha sido introducir un desfase inmenso entre las ciencias sociales y humanidades respecto al progreso de la tecnociencia, Por ejemplo, el pensamiento social y político ha dejado de concebir expectativas reales y se ha puesto como objetivo vaciar mentalmente a las personas.
El individuo sostenido por una ideología se mostrará como un ser contradictorio. Oscilará entre la crítica constante a la realidad –a partir de una falsa conciencia de la máscara ideológica (Peter Sloterdijk)-- y las satisfacciones que le producirá el sistema. Así mismo, entre el futuro anhelado y las frustraciones a la que está sometido en la realidad. En la práctica, los actos externos del individuo ideologizado son debidos a que su inteligencia se acopla a la mentira de la imaginación programada. No duda de que si la realidad no es igual que lo imaginado, tanto peor para la realidad.
La adicción ideológica dispone a que los individuos se vuelvan cada vez más incapaces de entender las situaciones reales. Una vez el individuo esté ideologizado, participará de una formación compacta que le cerrará la mente a la realidad y al conocimiento impidiéndole actuar con racionalidad, lógica y sentido común. De modo que no podrá analizar, dialogar argumentar o discutir libremente con un mínimo criterio, pues en su estrecho círculo mental no cabrá ser reflexivo y abierto a otras posibilidades de penetrar en la realidad. Tampoco aceptará otras ideas, ni a quien sea portadora de ellas. Está programado para anular su propia libertad esencial y cuando tenga la oportunidad, imposibilitará la existencia de los que odia políticamente. El reducido catecismo ideológico es suficiente para que al individuo se le pueda programar e impedir que se desvíe de la tesitura seudointelectual elaborada, y evitar que haga un examen detenido de los hechos y circunstancias. Su estructura mental, siempre estará a la espera de ser nutrida con la publicidad y abastecida con la ración diaria de emocionalismo y odio. Incluso será muy fácil orientarle para que tenga un comportamiento animal, con deseos instintivos y rechazar drásticamente su capacidad racional.
El individuo ideologizado será un determinista presentista, por lo que de antemano tendrá formado un juicio sobre lo que acontecerá, ya que la ideología, suministrada en continuas dosis, le conferirá la capacidad de tener un juicio previo sin necesidad de inquirir sobre las razones y fundamentos de la existencia humana y sobre su futuro. Si bien no tendrá ninguna certeza sobre lo que le acontecerá pasados los años, está seguro de que los dioses ya han marcado el progreso de la humanidad.