Opinión

Un artículo de nada

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 29 de marzo de 2026

La nota en el margen. La que se queda esperando al pie. La que más tarde acabará conformando algo que no se esperaba que fuese a dar para tanto. Un todo del que surgirá lo que se quiere concreto. Como pasa en las anécdotas que no nos cansamos de contar por su hilaridad. Como pasa en los mejores romances que se han escrito, también en algunos que conocidos o lejanos están teniendo la suerte de vivir. El periodo más desconocido de una vida que momentáneamente cobra un protagonismo tremendo y viene a ser la inspiración crucial para alguien, como pasa también en las anécdotas, pero normalmente estas suelen ser un poco más trágicas. El presentimiento que pensamos que nos vale de mucho. El derrumbe de la idea que, en realidad, nunca dejó de ser trivial. Mirar la hora. No acordarse. Volver a mirar la hora y pensar que habían pasado más minutos. Ir a la cocina y volver con el hambre despierto y haber picado más de la cuenta porque no se esperaba que ese hambre fuese a dar para tanto.

Copiar un poema porque no hemos logrado extraer nada todavía de esa dificultad, por si acaso las palabras de otro nos ayudasen a desencallar. Copiar uno que nos cuente más de lo habitual por situarse a distancia, hablándonos de inspiraciones sobre otras inspiraciones. ‘Con el viento del sur/ descendió una diosa benigna./ Mojó el bronce y mojó la fuente,/ mojó el vientre de la gaviota/ y sus plumas tendidas./ Abrazó la marea,/ lamió la arena,/ se bebió de un trago los peces./ Impalpable, mojó la iglesia, el balneario,/ el teatro y su lira de platino./ En el final sin fin del día/ la lengua de la diosa,/ impalpable,/ mojó mi lengua’. Es de Jordi Doce y se titula Lluvia, dentro de su libro Lección de permanencia. En cada verso repica el norte desde el que se escribió. El norte que va por dentro del autor y el físico del paisaje que lo acunó. Todos los poemas son notas en los márgenes, aunque algunos consigan un éxito notable. Más les valdría no engañarse de esa manera, porque siempre serán un pedazo de arena lamida que se volverá a cubrir, un pensamiento vago y certero. Un viento que desciende con su verdad y hace de ese mismo suceso un esplendor en el que algunos deciden creer, en muchas ocasiones, para siempre.

Mirar la hora y ver cómo se lleva la tarde. La lentitud de las calles y las persianas. El acierto leído en un libro de viajes de Fernando Sanmartín, Días en Nueva York y otras noches, en el que denomina ‘flequillo’ a esa parte delantera que cuelga de los toldos en los cafés y los bares elegantes, que lo son aunque no lo pretendan. El viaje que son los libros, una idea que no todos entienden. La hondura necesaria a pesar de su inmovilidad. El regocijo que produce saber que faltan tantos por leer. La depresión de lo imposible de llegar a todos. Los títulos que cobran vida hasta que se olvidan. Se parecen a nosotros.

Jadeos de la primavera. Grupos de anónimos que se van reuniendo y dispersando sin apenas reparar entre sí. Márgenes, otra vez, sin notas. Esperas de pie y sentado. Lo que hacemos cada día como el curso de un bañista. La espuma que se deshace porque solemos ponernos a hablar del tiempo, sí, de cosas que den en nada, perdiendo la hora pero no el entusiasmo. Hasta esos entretenimientos dan para un artículo. Para muestra, un botón.