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Por María José Villaverde
«Soy liberal hasta la médula» escribía Alexis de Tocqueville (1805-1859) a Paul Clamorgan en 1844 (171).
¿Por qué es necesario leer este libro y por qué la lectura de un liberal modélico como Tocqueville resulta imprescindible hoy en tiempos de cuestionamiento del liberalismo? Como recoge Eduardo Nolla, Tocqueville se guiaba en la vida política por un principio, la honradez: « Intentaré no fallarme a mí mismo y, al menos, mostrar honradez y coraje » (141), escribió en 1840, algún tiempo después de tomar posesión de su cargo como diputado.
Y a su padre le confiesa en 1852: « Nunca he deseado el poder » (201). En sus Souvenirs, redactados tras abandonar la política a raíz del golpe de Estado de Luis Napoleón Bonaparte, reconoce su intransigencia en cuestión de principios: «Era demasiado honrado para plegarme a todas las pequeñas prácticas que eran entonces necesarias para un éxito rápido. Y adviertan que esa honradez no tenía remedio porque se debía tanto a mi temperamento como a mis principios» (167).
Tocqueville fue un político a contracorriente, consciente de la frustración que podía reportarle una vida política dominada por corruptos: «Permanecer uno mismo en medio de los partidos que dividen el propio país; rehabilitar la honestidad en política en una nación que se ha vuelto casi indiferente del bien y del mal y que adora únicamente el éxito. Todo esto no es ciertamente un pequeño proyecto. Pero, ¿qué importa? Más vale fracasar haciendo eso que tener éxito de otra manera» (134).
Un político cuya única pasión era la libertad: «Soy amigo de la libertad por gusto y también por razón» (135), que se negó a afiliarse a partido alguno: «No tengo tradiciones, no tengo partido, no tengo una causa que no sea la de la libertad y la dignidad humanas» (167).
Desde su escaño en la Asamblea francesa trató de reconducir hacia principios más liberales y democráticos la monarquía de Luis Felipe de Orleans que se resistía a ampliar el sufragio y cuyo hombre fuerte, François Guizot, propagaba el lema «enriqueceos». Un ansia por la riqueza propia del espíritu burgués que se extendía ya como una mancha de aceite por la sociedad francesa y cuyos símbolos, los ferrocarriles y la bolsa, Tocqueville despreciaba.
Fue un liberal de convicciones democráticas, que se negó siempre a utilizar su título de conde y que se alejó de una parte de su aristocrática familia apegada a ideales legitimistas. Rompió con «preciados afectos y recuerdos queridos para abrazar la causa y las ideas del 89 (…) [para sostener] esas doctrinas, mientras esté en la Cámara, con todo mi poder y todas mis fuerzas, incluso a cualquier riesgo y aunque fuese el único en hacerlo» (174). «No habría roto todas esas cosas para buscarme un pequeño hueco en el nuevo mundo y sacrificar cada día las creencias que he adoptado a miserables consideraciones personales» (171-172).
Tocqueville fue el primer autor en denunciar el exterminio de los indios americanos en época del presidente Jackson, exterminio que presenció durante su viaje por EEUU en 1831-1832. También luchó incansablemente contra la esclavitud desde 1839 hasta 1848 como diputado en la Asamblea francesa y desde las filas de la Sociedad Abolicionista francesa.
Aceptó la instauración de la II República con la esperanza de que respetara los derechos humanos y, durante la guerra de Argel, denunció la brutalidad del ejército francés y abogó infructuosamente por el respeto a los derechos y costumbres de los pueblos de Argelia y, en un primer momento, incluso por el mestizaje entre árabes y franceses.
Recoge Nolla citas memorables de Tocqueville en defensa de la democracia frente al naciente socialismo, que pronto se escindiría entre socialistas y comunistas, con figuras como Louis Blanc, Blanqui, Cabet, Proudhon, Marx, etc: «La democracia es la libertad combinada con la igualdad. El socialismo es la igualdad sin la libertad» (152). Una democracia que debía tener como ejes irrenunciables la defensa de la igualdad, la libertad y la participación política.
«¿Qué es la democracia? Es la mayor cantidad posible de libertad, de ilustración, de poderes concedidos a todos. ¿Qué es un gobierno democrático? Es un gobierno que, en lugar de acotar la libertad humana, la apoya de mil maneras, que en lugar de limitarla por todas partes, le abre nuevas perspectivas; que, en vez de ponerle nuevas barreras, acaba de destruir todas las que obstaculizan su avance ; que no la dirige, sino que pone a su alcance la ilustración (..) Es un gobierno que sitúa a cada ciudadano, incluso al más humilde, en condición de actuar con toda independencia y de hacer de su independencia un empleo tan útil como el ciudadano más importante (…) que no obliga a todo el mundo a ser igualmente pobre, sino que pone a todos en situación de hacerse ricos con honradez, con trabajo, con mérito» (184).
Una democracia que debía tener como misión principal convertir a a los ciudadanos en libres e independientes, no en súbditos ni en menores de edad : «El mayor esfuerzo del gobierno debe tender a enseñar a los ciudadanos el arte de prescindir de su ayuda» (153).
Su liberalismo no estaba exento de sensibilidad social pues, a raíz de su visita a Manchester en mayo de 1835 durante su segundo viaje a Inglaterra, denunció el capitalismo industrial con acentos propios de Marx. Así describe las fábricas rodeadas de «una niebla perpetua»: «Allí las riquezas de unos pocos, aquí la miseria de la mayoría (…) Del medio de esa cloaca infecta surge la fuente del mayor río de la industria humana que va a fecundar el universo. Por ese inmundo sumidero fluye oro puro. Ahí se perfecciona y se embrutece el espíritu humano, ahí produce la civilización sus maravillas y el hombre civilizado se vuelve casi salvaje» (124-125).
En su programa para el grupo liberal la Jeune Gauche, que Tocqueville intentó crear con un grupo de afines, así como en sus Memorias sobre el pauperismo que reflejan su preocupación por el incremento de la pobreza, planteó una serie de medidas sociales para favorecer a las clases más desfavorecidas. Medidas como limitar por ley la jornada laboral, facilitar su acceso a la educación, otorgarles derechos políticos y sociales, impulsar mutualidades y cajas de ahorro, etc (176). Pretendía con ello que el Estado repartiera los bienes así como las cargas fiscales de forma más igualitaria y que los pobres pudieran salir de su condición por sí mismos.
Presentó asimismo un proyecto para la reforma de las prisiones en el que apoyaba la escolarización de los presos, los ejercicios físicos en el exterior así como el acceso semanal a un sacerdote y a un médico. Y en sus informes sobre los niños abandonados reclamaba ayudas para las madres, escolarización de los niños, etc.
Tocqueville alertó contra la apatía generalizada de una ciudadanía que, con su desidia, facilitó el golpe de Luis Napoleón y la instauración del Segundo Imperio: «Francia [se había convertido en una nación] enojada, medio corrupta, que no demanda otra cosa que servir» (200). Esos ciudadanos pasivos y de espaldas a los problemas del país que, obsesionados por convertirse en funcionarios, ya no se interesaban por las ideas sino por el entretenimiento y la diversión: «No pido que la nación se agite (…) sino que se interese por lo que está sucediendo. No pido que los ciudadanos lleven armas a la plaza pública, sino que tengan opiniones firmes y estables sobre lo que ocurre y que su conducta se adapte a ello, que controlen el funcionamiento de los poderes, que se preocupen de los asuntos públicos, que piensen en ellos olvidándose algunas veces de sus asuntos personales» (176-177).
Como señala Eduardo Nolla, a Tocqueville le alarmaba «la especie de inmovilidad, yo diría casi de indiferencia, que se observa en la masa. Es ver hasta qué punto, entre nosostros, en presencia de esos atentados y ataques violentos contra la sociedad, la masa permanece, en cierto modo, impasible e indiferente» (169).
¿No tiene la denuncia de Tocqueville mucho que ver con nuestra situación actual? Los lectores que se asomen a las páginas de esta magnífica biografía intelectual del autor de La democracia en América escrita por Eduardo Nolla, uno de los mejores especialistas de Tocqueville a nivel internacional, la encontrarán especialmente instructiva en los tiempos que corren.