Opinión

Guerra, 2026

TRIBUNA

Gabriel Albendea | Lunes 30 de marzo de 2026

El viento era rojo, amargo, triste,
como las acequias que no podían regar el trigo,
como las mariposas imposibles que se quejaban
de los gusanos muertos

Todas las madres se pusieron a llorar a la vez.
Un millón de madres llorando
dejó el mar vacío de sal
y los féretros colgados de los palomares
como si hubieran nacido allí.
Todos los bosques se quedaron tumbados
y huyeron por la corriente de las lágrimas
como si nunca hubieran existido.

Un millón de madres llorando
dejó el tiempo reducido a un cristal
por el que sólo podía verse
un iris fijo en la noche
y una rosa cortada por la saliva.
Un millón de madres llorando
paró la luz que florecía del aire
como la rama abierta de los esqueletos.
Las estrellas se perdieron en las habitaciones
y ya nadie podía mirarlas por la ventana.
Los semáforos sólo funcionaban para dar paso
a los verdugos y las sabandijas vestidas de negro
que se habían quedado sin ojos.
Hasta los perros mendigaban un trozo de sol.
Hasta las ratas habían desaparecido de la ciudad
huyendo del fuego perdido por las calles
como un ciclón de bestias humeantes.

Todo el mundo disparaba a cualquiera
y hasta por error se mataba a sí mismo.
Todo el mundo estaba dispuesto para el óbito
de los calendarios
y las canciones fúnebres de los grillos.
Todo el mundo se miraba al espejo
para ver si era un vivo o un muerto.

Un loco gritaba: ¡basta, basta,
los uniformes no pueden ser el traje de faena
de las parturientas
ni los trajes de faena se pueden convertir
en la mortaja, de los últimos muertos,
ni las aguas pueden remontar el caudal de la sangre
ni las estrellas pueden dormir con el rezo
de los que viven ya en el infierno¡
Pero los cuerdos exclamaban a voces:
¡Ay de ti, tierra de promisión,
donde el oro era una bola de nieve
creciendo por las laderas de las montañas
y el asfalto sonámbulo de las barajas
y ahora se pudre a orillas del mar
en los abecedarios del dinero!
¡Ay de ti,
muro de sufrimiento donde los hombres ríen,
desolada mejilla de un ópalo de llantos,
belfo por donde brama la herida del desierto,
espuma desgarrada por los cuatro leones
y el cuchillo borracho de lunas asesinas!
¡Ay de la ciudad de las puertas equívocas
y los cerrojos rotos y las enredaderas ciegas
y los potros del miedo coceando los senos,
y las blandas cabezas ensimismadas
en el plomo de una última profecía!

¿Hasta cuándo vendrá tu sombra por el cáncer del hierro?
¿Hasta cuándo tu duelo quemará los jazmines?
¿Hasta cuándo se abrirán las esclusas de tu arena siniestra,
el aire de tus plazas será como un antorcha
y el perfil de tus brazos como una cruz de sangre?
¿Hasta cuándo tendrás un alacrán amargo
sobre tu dulce pecho?
¿Hasta cuándo serás esparadrapo y yunque,
cloroformo y delirio,
sólo camino de la desolación sin nombre,
medida del dolor por tu breve cintura,
niña martirizada por las tristes agujas,
sólo presencia del amor amargo e imposible?

¡Ah, ciudad sin palomas!
¡Ah insaciable calvario
por donde sube, ciega, la esperanza sin nombre,
arroyo de tinieblas, piedra de los gemidos,
círculo de veredas que llevan a la muerte!
¡Ay, corazón del mundo!
¡Ay, pequeña gacela!