Opinión

El simulacro de Irán y la anarquía de México

TRIBUNA

Sebastián Pineda | Martes 31 de marzo de 2026

Si tomamos en serio la provocación de Baudrillard en 1990 de que la guerra del Golfo no ha tenido lugar (La Guerre du Golfe n’a pas eu lieu), cabría preguntarse si la actual conflagración en Irán no es también un acontecimiento que “no tiene lugar” y que solo ocurre en la pantalla. Hay quienes creen que, mientras no se pronuncie la fórmula mágica “declaramos la guerra”, seguimos habitando la paz; hay quienes oyen los rugidos de los F 35 despegando desde las bases de Andalucía y, aun así, viven convencidos de estar rodeados de querubines incorruptos; practican una angelología de siervos. Eugenio d’Ors glosó dos guerras mundiales y se tomó muy en serio a los ángeles. Él habría reconocido una superstición de segundo orden en quien confía gratuitamente en las noticias, en los signos “puros” que descienden de Bruselas, Madrid o Washington como si fueran heraldos celestes. D’ors sabía que el Espíritu se encarna en formas y que las formas incluyen la técnica, la logística, el ruido del metal. La guerra sí tiene lugar: se libra en la grieta entre el discurso oficial y la logística del combate, en ese espacio donde el ciudadano es degradado a espectador de una liturgia bélica que ni controla ni comprende. Hay que volver al símbolo y a los ángeles.

Durante el primer trimestre de 2026 hemos visto desfilar un catálogo que haría palidecer al circo romano: la captura de Maduro en Caracas, ejecutada con precisión quirúrgica (versión perfeccionada de la “Operación Causa Justa” que en 1989 bombardeó barrios enteros de Ciudad de Panamá para sacar a Noriega de su madriguera). La cacería de “El Mencho” reactivó el mito de Pedro Páramo (1955), la novela mexicana más rumiada del siglo XX en la que Rulfo fijó para siempre la figura del cacique agazapado en un pueblo que vive de su miedo y de su resentimiento. Ese pueblo tolera al amo, lo sirve, se beneficia de sus migajas, lo protege con silencios y chismes, y luego tiene el descaro de declararse víctima cuando el mismo poder que alimentó termina por devorarlo. A “El Mencho” lo cazaron en Tapalpa, Jalisco, un pueblo de cabañas, niebla y turismo de fin de semana, sitiándolo con helicópteros y drones, como si el Estado mexicano hubiera despertado de pronto de su siesta federal. El mito es falso y verdadero al mismo tiempo: ni Tapalpa es Comala ni “El Mencho” es Pedro Páramo, pero la escena repite la misma coreografía moral. Hay un cacique sostenido por la complicidad de los suyos, un Estado que llega tarde y a golpes de espectáculo, un pueblo que oscila entre la admiración al bandido y la queja de haber sido abandonado.

Tocqueville advirtió en L’Ancien Régime et la Révolution (1856) que la irrupción de la levée en masse no habría sido posible sin el centralismo francés, sin la malla de funcionarios, escuelas y papeles que hacía de París un cerebro y del resto del país un cuerpo obediente. Al cruzar el Atlántico, los jacobinos franceses susurraron a los oídos de los criollos levantiscos: «Vous n’êtes pas les fils de l’Espagne; vous êtes les fils de la Révolution française». Es decir, inocularon en ellos no solo el virus del centralismo y de la movilización total, sino también deseos colectivos de muerte. Ahí está ese deseo en la primera estrofa del himno de México: «Mexicanos al grito de guerra…»: pura semiótica de la levée convertida en ontología nacional. La guerra de Irán se retransmite hoy en tiempo real para un planeta que, viviendo sin soltar el móvil, ya no distingue entre el parte de bajas y el tráiler de una serie de plataformas. Si el viejo adagio rezaba si vis pacem, para bellum, hoy la urgencia es otra: si quieres paz, prepárate para desactivar el simulacro. La ofensiva comienza en la edición de vídeo con IA, en los clips hibridados con motores de videojuegos, y solo después –si acaso– en la geografía.
Volviendo a Tocqueville, la democracia americana en que el individuo se entrega al consumo y a sus pasiones sin dignificar la vida colectiva, alcanza hoy su paroxismo en México.

A diferencia de la de Irán, la guerra mexicana es asimétrica, de baja intensidad y altísima violencia. Sólo que se vive como si ocurriera fuera del tiempo histórico, es decir, en el tiempo mítico de Pedro Páramo. Ojalá la guerra de Irán sea, para quien gusta de los clásicos, una repetición litúrgica de la Ilíada y la Odisea. Pues, volviendo a D’Ors, la agresión ha venido históricamente desde un Oriente más vasto, más poblado y rico. China, Rusia e Irán conforman hoy esa masa euroasiática que acecha los márgenes de una cristiandad agotada. Frente a la astucia de Occidente, se alza el volumen demográfico y el resentimiento de las autocracias. Y mientras los gobiernos y universidades de Occidente dilapidan presupuestos y prestigio en la ingeniería del lenguaje inclusivo y cursillos de “deconstrucción masculina”, las teocracias orientales contemplan el espectáculo con una mezcla de sorna y desprecio, seguras de su propio patriarcado de piedra. El resultado, en países como México, no es una emancipación serena, sino un matriarcado despechado que desprecia todo valor masculino y fabrica generaciones de hombres avergonzados de existir. Se nos pide “deconstruir el macho”, vale, pero se tolera que el crimen organizado reclute adolescentes sin padre y sin honra.

Es la gran falacia de nuestra “angelología para siervos”. Mientras en los bazares de Teherán nadie compra ese “feminismo de cajón” manufacturado en academias angloamericanas, en las escasas librerías mexicanas abundan manuales de empoderamiento exprés que funcionan como sedantes ante una realidad atroz. Hay ciudades mexicanas donde caminar de noche es estadísticamente más peligroso que hacerlo en las avenidas de Teherán, cuyos ayatolás son imaginados por la contrapropaganda como monstruos sedientos de sangre, lapidadores de adúlteras y pastores de masas fanatizadas. La paradoja es de una crueldad aritmética: allí donde más se grita contra el patriarcado desde el púlpito del discurso, menos se protegen los cuerpos de niños y jóvenes. Ese desajuste entre la retórica de género y la seguridad física no es una búsqueda de justicia, sino una invitación a la anarquía criminal; un matriarcado de papel que, al denigrar el orden viril, solo ha logrado heredar el caos.

Al final, como advirtió Borges, la humanidad solo repite dos historias: la de un bajel perdido que busca por los mares mediterráneos una isla querida –el regreso al búnker, a la Ítaca de la cordura–; y la de un dios que se hace crucificar en el Gólgota. En rigor, Baudrillard tenía razón: la guerra no “tiene lugar” en frentes reconocibles, sino dentro de nosotros, infiltrando su código en nuestra experiencia. Sin experiencia no hay mundo, solo espejismos de fibra óptica. Si quieres paz, prepárate para la guerra; si quieres realidad, prepárate para atravesar el simulacro sin perder tu símbolo.