Cultura

José Manuel López Marañón: "Las grandes novelas no aceptan etiquetas"

ENTREVISTA

EL IMPARCIAL | Miércoles 01 de abril de 2026

Algunas novelas son resultado de un lento proceso de maduración (las muy buenas, generalmente). Otras, partiendo de una situación, hecho vivido o incluso de una imagen acuciante, suscitan la imperiosa obligación de redactarlas. Urgencias y parsimonias pueden desembocar en textos inolvidables pero, asimismo, en rotundos fracasos. Ningún arranque asegura mantener la calidad (siquiera durante el capítulo inicial). Alcohol de 99º, opera prima de López Marañón, ha sido el resultado de sumar chispazo y esfuerzo.

Dos jóvenes de Bilbao deciden pasarse a la delincuencia y el narrador sigue sus pasos hasta Barcelona. Alcohol de 99º resulta un collage al que da color el costumbrismo, el viaje, la novela de aprendizaje y el noir… ¿Cuál de esos géneros elegiría como más distintivo para su debut?

Ernesto Sábato lo tenía claro: «la novela es un género vital, versátil e impuro. No hay un arquetipo en el que basarnos para definirla». Las grandes novelas no aceptan etiquetas, son ese cajón de sastre en el que entra cualquier cosa; la obsesión por clasificarlas es artificialmente creada por distribuidores y libreros, que las agrupan para el público según venga la moda. Ahora todo pretende ser género negro, pero si algún día cambia la onda y, por ejemplo, tienen éxito las novelas de barrio decretarán que Alcohol de 99º esté entre ellas. Se trata de vender. Si algo define a mi primera obra publicada es que es una narración urbana. Sin más.


La música y el cine de los años 80 generan aún curiosidad a todo tipo de público, pero aquella época arrebatada, exagerada y violenta, puede también desagradar. ¿Qué le ha visto usted para trasladarla a la ficción?

Fue una época hortera, llena de delitos graves, pero trascendental para nuestro país, con la democracia recién recuperada y puesta en peligro por sus cuatro puntos cardinales. En lo que se refiere a uno de los principales fenómenos que caracterizó a la década, la delincuencia juvenil (tan repasada en lo que se conoce como «cine quinqui»), apenas ha sido llevada a la literatura española y Alcohol de 99º nace, entre otras cosas, para radiografiar esos años terribles, identificados asimismo por unas expectativas políticas, sociales y culturales, que, en gran parte, quedaron sin cumplir.

José Manuel López Marañón

Los personajes masculinos, Artur, Asís y Fredi, ¿dónde tienen su origen?

A Artur y Asís los descubrí una tarde, en un bar. Estaban sentados enfrente de mí discutiendo por algo que los sobrepasaba. Todavía no tenían nombre pero en esa imagen de dos jóvenes de aspecto poco recomendable, apurados porque, especulé, podrían deber dinero a un narcotraficante, tiene su arranque Alcohol de 99º. Un par de amigos a quienes llevo años sin ver (con nadie me he reído más) fueron imprescindibles para modelar a Fredi.

Las mujeres que aparecen en Alcohol de 99º son de armas tomar. Su participación en la trama es importante.

Decisiva, como cualquier lector atestiguará. Las dos principales proceden del mismo barrio, el bilbaíno de La Peña, pero son muy distintas. Luli es más estereotipada, la clásica tía buena sin demasiado seso pero ambiciosa hasta decir basta. Dora me costó más componerla porque es una joven que ha sufrido en la vida y su cíclica forma de actuar, a veces, resulta turbadora; hoy sería una bipolar de manual. Estoy satisfecho del rendimiento que han dado: sin ellas (y sin una prostituta, lectora de Dostoievski) no existiría esta novela.

El narrador se expresa de forma diferente a los personajes (en su mayoría gente ágrafa, sin cultura). Él escribe literariamente y con vocabulario extenso. ¿Qué ha pretendido alternando ambos lenguajes? ¿Cómo definiría a quien nos refiere la historia de Artur y Asís?

El que mejor explica la trascendencia del narrador en una ficción es Mario Vargas Llosa: «El narrador siempre es un personaje, en todas las novelas. Puede ser visible o invisible, pero el narrador es el personaje principal de toda novela. Hay alguien que cuenta lo que ocurrió y ese alguien nunca es el autor, sino una voz que inventa al autor». En la novela moderna el narrador está con sus personajes, en lo que les ocurre, pero ya sin ser visible. Se ha convertido en una fuerza que jamás opina ni juzga, ni mucho menos se mete en la acción. La verosimilitud de la novela actual depende de la neutralidad del narrador. Si su voz se inmiscuye en la trama con emociones y juicios volvemos a las novelas del XIX, y eso, en pleno siglo XXI, chirría, y desde luego, como lector, me enfría el interés por la historia.

En Alcohol de 99º la voz del narrador corresponde a un sacerdote. El padre Larraz, director de la Protección de Menores donde acaba Artur, es quien, en tercera persona, cuenta entera la novela. Es un cura de los que abundaron durante la Transición, de orientación más progresista y vocación social, en su caso interesado por reciclar pequeños delincuentes para la sociedad. Debido a su cotidiano contacto con estos golfos, el padre Larraz conoce la vida marginal y sabe usar el lenguaje callejero. Pero en ocasiones se gusta y deja llevarse por un léxico más rebuscado, preciosista, en el que se cuelan latinajos (herencia del seminario). Como sacerdote, esta historia por él relatada engloba intenciones moralizantes, aunque nadie hallará durante su transcurso una sola opinión suya; menos un juicio de valor. El narrador de Alcohol de 99º en esto es –como señala Vargas Llosa– perfectamente invisible, neutral: presenta notarialmente los hechos para que cada cual extraiga conclusiones.


El prolongado desenlace de Alcohol de 99ºsu parte más vibrante tiene lugar en una Barcelona de la que Juan Marsé, a menudo, se ha servido para su obra. Parece que el maestro catalán sea uno de sus escritores de referencia.

En Últimas tardes con Teresa Juan Marsé crea al Pijoaparte y de su protagonista nace esta novela llamada «de barrio» que algunos pretendemos prolongar. Manuel Reyes, charnego de Barcelona, del monte Carmelo, en constante rebeldía hacia un hábitat que consideraba una canallada tener que aguantar, es un arquetipo literario. Eso lo consiguen pocos escritores.

Para quienes leyeron la novela de Marsé hay un guiño cuando Artur sube al Carmelo. Pero no llevo Alcohol de 99º de Bilbao a Barcelona solo como un tributo. Me seduce la ciudad, y mucho más la de mediados de los 80, conflictiva y peligrosa, sí, pero abarrotada de vida y creación cultural (en las antípodas de lo que es una Barcelona visitada por mí desde 1986, y que hoy –lo digo con dolor– cuesta reconocer). Para esta ambientación de la parte catalana de Alcohol de 99º aporta mucho Manuel Vázquez Montalbán. Nada como algún caso del detective Pepe Carvalho para empaparse bien, y rápido (con aromas tan rambleros como en las canciones de Gato Pérez) de aquel barrio chino poblado por personajes estrafalarios, casi todos enterrados ya.


Marsé, Vázquez Montalbán, Gato Pérez… nombres señeros de aquella cultura mediterránea, ¿alguna otra referencia más?

Para Alcohol de 99º influyen dos novelas: Prótesis de Andreu Martín y Al margen, del francés André Pieyre Mandiargues. Obras irrepetibles que se acercaron a la Barcelona más canalla y supieron recrearla como nadie ha hecho. Ambas permanecen descatalogadas. Ello muestra el tamaño de nuestra indigencia literaria, a qué conduce tanto best-seller de temporada. A Andreu y André pude conocerlos por golpes de fortuna en librerías de viejo y ferias del libro usado y de ocasión. Hablaré luego de Jaime Gil de Biedma.

Da la sensación de que usted ha conocido bien, en persona, los bajos fondos barceloneses. Díganos, ¿no fue suficiente leer sobre ellos?

Visité el barrio chino de Barcelona antes de las Olimpiadas. Aún mantenía algo de su antiguo esplendor anárquico y prostibulario (estuve en la Bodega Bohemia varias veces, por poner un ejemplo). Pero luego el Raval entró en un proceso de gentrificación imparable y, narrativamente, resultaba light. La parte final del libro exigía emociones duras. Me hablaron entonces de otro barrio chino, el de Valencia. Eso sí que era dinamita (en 2011, hace 15 años, no sé cómo seguirá): situaciones comprometidas que necesitaba las extraje de aquel turbio maná y de mis experiencias in situ, más surrealistas que peligrosas.

Ya en los últimos paseos por Ciutat Vella –en lo que resultó una epifanía– di con la mítica Cúpula Venus (a mediados de los setenta Loles León hacía strip-tease en ella) del Teatro Principal de Barcelona. Sobre los restos de su esplendor imaginé un restaurante de lujo con casino en plena Rambla, la «Terraza Gourmet», algo que –creo– ha quedado creíble (alguien de allí hasta me propuso hacer realidad el negocio). Y para el edificio del Eixample donde ubiqué la sucursal del banco Popular pateé la zona un agosto que batió registros de calor. El pequeño banco que buscaba está (o estaba, no sé ya) ubicado en un bajo de la calle Aragón 314. La entidad tiene (o tenía) otra salida que, en dirección perpendicular, da a la calle del Bruc. Todo esto resultaba ideal para el atraco con el que acaba Alcohol de 99º.

La poesía y vida de Jaime Gil de Biedma nutren, no pocas veces a borbotones, varias páginas de esta novela (no hubiera creado a El Piro, mi personaje favorito, sin conocer la obra de Jaime –incluyendo su correspondencia y diarios que ha ido editando Lumen–). Siento pasión por este poeta. Con Alcohol de 99º terminado, releyendo la monumental biografía que preparó Miguel Dalmau para la editorial Circe, descubrí cómo, precisamente en Aragón 314, vivió la familia Gil de Biedma, incluyendo al propio Jaime hasta que se emancipó en «aquel sótano más oscuro que mi reputación» de la calle Muntaner. Quedé atónito, claro.

En Alcohol de 99º aparecen ambientes habituales del «cine quinqui». ¿En qué medida esas películas influyeron durante su proceso de creación?

Concretamente Deprisa deprisa (Carlos Saura, 1980) tuvo bastante peso. A los catorce años nos cambió la forma de ver la vida a mí y a otros compañeros del colegio. Luego hubo más cine quinqui, de calidad irregular, con alguna que otra perla como Maravillas (Manuel Gutiérrez Aragón, 1980), pero ninguna como la de Saura. Cuando empecé a documentarme para Alcohol de 99º llamó mi atención cómo el fenómeno de la entrada masiva de heroína en barrios de ciudades españolas (y su principal consecuencia, la violencia juvenil) apenas había tenido repercusión en nuestra literatura. Las habrá, pero en mi exploración libresca solo di con una novela, un soberbio reportaje –casi periodístico– que abarca el tema en profundidad: La otra orilla de la droga (premio Nadal en 1984 para su autor, José Luis de Tomás García). Al contrario que en el cine, el terreno novelístico permanecía en barbecho. Y sigue así, a la espera de abono…

El caballo modificó la existencia cotidiana en millones de familias de operarios manuales hacinados en barriadas (su aspecto y modo de vida, gracias al progreso, quedan bastante alejadas en lo que en ellas encontramos hoy). Por si el azote de la droga fuera insuficiente, los años 80 en España eran un completo desmadre que aquel cine tan directo refleja bien. En efecto, no solo chutes y jeringuillas. También sin cortapisas retrata a la Transición democrática, que resultó durísima, con el terrorismo etarra en su cumbre y hasta un intento de golpe de estado; o con unas reconversiones industriales (como la de los astilleros) que dejaron en la calle a miles de trabajadores que luchaban por sus puestos con tácticas de guerrilla urbana.

Un cine que testimonia semejantes calamidades y no deja de lado otro aspecto idiosincrático de este país, las corrupciones políticas y policiales; a ese cine podrá llamársele poco estético, vale, pero negarle valentía y honestidad a la hora de volcar en imágenes conflictos de unas calles que ardían literalmente sería injusto. Ambientada entre 1978 y 1987, en Bilbao y Barcelona, mi novela muestra, ahora desde las palabras, esa España ya lejana pero que, si se reflexiona un poco, no resulta tan diferente de la actual.


¿Se ha planteado la adaptación de su novela al cine?

Contrariamente a tantos escritores, a quienes agrada sobremanera que les digan que sus obras se leen del tirón, «como un guion», a mí eso me disgusta. Escribir guion poco tiene que ver con lo demandado por una novela. No me parece mal que se considere género literario al guion cinematográfico, pero su tratamiento (por estructura, forma de describir y construir los personajes, e incluso de dialogar) está a años luz del que demanda una novela. Para hacerlas, los autores nos tomamos tiempo para enunciar de manera artística, en ocasiones poética –y muchas veces caótica–, algo que el guion, por su inmediatez de guía destinada a ser entendida por productores y actores, casi prohíbe.

Lectores míos comentan cómo Alcohol de 99º les ha parecido muy visual, cómo en cada página «ven» qué sucede. Eso sí me agrada porque para este libro he trabajado muchísimo –desde cada frase suya, algunas muy largas– la imagen. Mostrar así diferentes situaciones (las violentas sobre todo) quizá se haya visto favorecido por tener mi escritura literaria su germen en la poesía.

Pero, sinceramente, no creo que esta primera novela mía atraiga para ser llevada a la gran pantalla. Su extensión (supera las 500 páginas) demandaría una película, solo en ambientación, carísima. Y de varias horas. Dos partes separadas en el tiempo requerirían, de entrada, dos actores por personaje… En cualquier caso, el escritor de una obra literaria debe dar expreso consentimiento para que cualquier productora la explote. Me tranquiliza eso. Y poniéndome en el pellejo de un esforzado guionista que adaptase Alcohol de 99º confieso que me daría morbo tener su trabajo entre mis manos.