Una vez más se ha roto la esperanza de hacer autocrítica. La insolvencia de nuestros actos, de nuestra indiferencia y de nuestra pasividad nos convierte en cómplices. No solo una complicidad de facto, sino por la manera de alejarnos cada vez más de los problemas y hasta de nosotros mismos. Hay muchas Noelias a las que damos la espalda, al igual que existen los sin nombre que, por aislamiento social, mueren en una soledad canalla.
Noelia ha sido la causa y el efecto a la vez; al igual que lo han sido el Estado y la sociedad. Difícil tomar una decisión cuando la única respuesta es la de querer morir. Lo acontecido forma parte de una situación perjudicada por una voluntad personal, solitaria e íntima que Noelia tenía en mente. Nada terminal, nada irreversible, salvo su obsesión de negarse a vivir. De esta manera, un tema tan complejo y sensible como la eutanasia tiende a ser objeto de controversia y maledicencia.
En la vida, lo ilógico rara vez tiene una sencilla respuesta, pero hay quienes escudriñan los secretos de la mente humana y dan con la solución. Lo peor es cuando el Estado dirime y la sociedad civil se inhibe. Extraña ecuación para poner de acuerdo lo ético con lo políticamente correcto. Lo cierto es que en esta parte del mundo, digamos desarrollado, se ha naturalizado hasta lo excepcional. Un día sucede, nos perturba, agita opiniones, y veinticuatro horas después de lo acontecido, nuestro cerebro pasa página. Las víctimas y sus implicaciones pasan a formar parte de una necrología en donde se borran las huellas de la impericia, de la irresponsabilidad y hasta de la propia maldad. Así pues, dejar la solución en manos del sistema es apostar por la falsa moneda. El Estado ya decide sobre la vida y la muerte; y eso alimenta a quienes apoyan eso de la progresía digna, tanto a la hora del no nacer como para lo de morir cuando no toca.
Estamos bajo la teoría de que podemos alcanzar el bienestar solo cuando no nos comprometemos con aquello que afecte a los otros. Por desgracia y fruto de esta conducta, la salud moral, de la que se supone es el indicador de nuestro compromiso social, está peor que lo que era la situación física de Noelia. A partir de ahí, es cuando se demanda utilizar los recursos propios para que la tentativa del suicidio quede frustrada. Ahora bien, una cosa es amenazar con suicidarse y otra muy diferente es ejecutarlo. El caso de Noelia, por voluntad propia, lo había llevado a la práctica, aunque su resultado no alcanzó su deseado desenlace. En mi opinión, aquí es donde el Estado se ha posicionado del lado de la metáfora, lugar donde la ficción crea historias paralelas.
Este no es caso para trivializar, y mucho menos para sacar provecho de lo ocurrido. Hay que evitar que la voluntad de Noelia se convierta en carta de naturaleza en donde la arbitrariedad suplante al estricto fin que se establece en la Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia. De lo contrario, estaríamos ante una manera de morir a la carta. Y eso nos condenaría como especie.
Confieso que este es uno de los artículos más complicados a los que he tenido que enfrentarme. Siempre he creído en la igualdad de oportunidades y en la libertad individual para poder elegir, eso sí, dentro del marco legal; pero Noelia, ante su abandono asistencial, ante su tenebrosa biografía existencial, me obliga a reconocer que le hemos fallado de manera indigna. Su muerte ha sido un fracaso.