Opinión

El Cristo de la Luz de la Universidad

TRIBUNA

José Luis Martínez López-Muñiz | Viernes 03 de abril de 2026

Mañana soleada y fría de Jueves Santo en Valladolid. La multitud se agolpa silenciosa ante la imponente fachada de la Universidad cuyos trazos abocetara Fray Pedro de la Visitación en 1715. La cabecera de la procesión que ha salido una hora antes del Colegio de Santa Cruz, que fundara el Cardenal Mendoza por carta fundacional de 1483 paraabrir sus puertas en 1492, ha ocupado ya el espacio acotado por las columnas rematadas con leones que delimitaba el ámbito jurisdiccional de la Universidad delante de su fachada. Junto al pendón de la Hermandad Universitaria del Santísimo Cristo de la Luz y algunos cofrades encapuchados que van llegando, han llegado también un buen grupo de “manolas” con su mantilla española y varios profesores revestidos del traje académico doctoral de los variados colores de las distintas facultades o escuelas.

El Cristo de la Luz viene a hombros. Acaba de entrar en la plaza de la Universidad, desembocando de la calle de Librerías. En unos minutos, balanceándose suavemente al ritmo de una música que combina compases del Gaudeamus igitur con otras notas, llegará también ante la puerta central de la Universidad. Girado para quedar de frente a la plaza y a la muchedumbre, los costaleros llevan el “paso” hacia atrás, internándolo en el espacio de la antigua jurisdicción universitaria, hasta dejarlo a pocos metros delante de la mencionada puerta principal, enmarcado por las espléndidas representaciones de los distintos saberes fundamentales de la antigua universitas studiorum, que, en lugar central, muestran a la Teología, y, en lo más alto, en el frontispicio, a una triunfante Sabiduría -que edificó aquí su casa, como reza el lema de esta casa de estudios, de resonancias bíblicas-, justo encima del barroco escudo de la Universidad, con el Árbol de la Ciencia y la tiara pontificia. Sobre la balaustrada que corona toda la fachada lucen las efigies de quienes entonces fueron considerados sobresalientes reyes protectores: Alfonso VIII (1155-1214) -creador del Estudio General palentino-,Juan I (1358-1390) y Enrique III (1379-1406) de Castilla y el rey Felipe II (1527-1598) de España.

Canta el coro un solemne Miserere. Alguien -quizás el Alcalde mayor de la Hermandad, que, en sus ochenta y cuatro años, caminará encorvado, pero animoso, apoyado en un bastón, al lado del Rector- dice unas palabras que llegan a la gente por la megafonía y concluyen con acción de gracias y peticiones al Santo Cristo, también por la paz. Entona luego el coro el Gaudeamusen tres estrofas más conocidas.

La “parada” concluye y la procesión se dispone a continuar para llegar a la Catedral, descendiendo a la plaza de Portugalete, por donde fluía el Esgueva en tiempos de Cervantes, Quevedo y Góngora, por la calle del Arzobispo Gandásegui, entre lo que queda de la histórica Colegiata, hogar de la escuela de la que también nacería la Universidad, y la románico-gótica iglesia restaurada de Santa María de la Antigua.

Pocos metros de este recorrido del Cristo permiten mirarle muy cercano, desde la acera contigua a los jardines de la plaza, en medio de las gentes allí agolpadas, recortado su rostro doliente y muerto en el brillante azul del cielo y el frontispicio de la fachada de la Universidad con su exaltación de la Sabiduría. La imagen recibe mil miradas silenciosas, asombradas, rendidas, orantes.

Es prodigioso el realismo con que Gregorio Fernández hizo esa talla para el Monasterio de San Benito y que los avatares del XIX llevarían al “Museo” del, en otro tiempo, Colegio Mayor “Santa Cruz”. El hábil proceder de los responsables de la Universidad cuando el “Museo” se trasladó a principios del siglo XX al también histórico Colegio dominico de San Gregorio -donde se celebrara la Controversia de Valladolid hoy tan rememorada-, dejando “Santa Cruz” para la Universidad, erigió al “Cristo de la Luz” en retablo de la capilla del antiguo “Mayor”, convertida de hecho en la capilla universitaria, al haber desaparecido la histórica que albergaba el edificio histórico de la Universidad, en su parte más antigua, con la lamentable demolición que se llevó a cabo en 1909.

Allí sigue luciendo hoy este “Cristo de la Luz”, que esta mañana sublime del Jueves Santo concentra a tantos miles de gentes de todo tipo. En su majestuoso silencio difunde su luz abundante a quien acepta abrirse a ella, inundándole de respuestas certeras a las cuestiones más fundamentales sobre la existencia, la naturaleza, el ser humano, su dignidad personal igual para varones y mujeres y de cualquier raza, la vida y la muerte, la familia, el poder, el servicio, la pobreza y la riqueza, la cultura, la ciencia, la sociedad, los conflictos, la paz, el progreso…, los afectos humanos, el dolor y las penas o la alegría y los gozos.

Por algo dividimos la Historia según haya acontecido antes y después de Cristo. Los trascendentales hechos sucedidos en Palestina hace dos mil años, que el “Cristo de la Luz” nos rememora, cambiaron radicalmente el rumbo histórico. “Cuando yo sea levantado en alto, todo lo atraeré hacia mí”, había dicho proféticamente poco tiempo antes de ser tan vilmente prendido y ajusticiado. Eso es lo que viene ocurriendo desde entonces en un mundo en el que el hombre sigue siendo lo libre que le hizo el mismo Dios, con la consiguiente capacidad de distraerse, de oponerse, de rebelarse, pero también de percatarse plenamente de la verdad y la bondad que el “Cristo de la Luz” rebeló, y de ser fiel a ella, impulsando lo mejor para todos.