Opinión

Confieso

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Domingo 05 de abril de 2026

Escribo a la hora de la voz pausada y parsimoniosa, a la hora más comunicativa del día, cuando la noche se condensa e induce a la confesión. Escribo en la madrugada de esta Pascua de Resurrección del año 2026 y envuelto en un silencio saturado de esperanza.

Mi frágil fe recibe a veces un benéfico aliento cuyo origen atribuyo a la única persona que me fue siempre transparente y capaz de un amor absoluto. Es posible que incurra con alegría en un error de atribución al llamarle Padre con una mayúscula que le proyecta al infinito. Quiero entonces dejar de pensar y creo reconocer en su voz la palabra y en su mirada el rostro universal pero incomunicable. Nada en la vida humana es ajeno a la actividad psicológica y es comprensible esta suerte de trasposición en toda vida que haya sufrido la privación radical que supone la muerte de un ser querido. Llamar Padre al padre es un recurso que estimo válido para una criatura que quiere más allá de lo que puede su débil inteligencia. Quiero creer que vive porque me envuelve una atmósfera sutil que sostiene mi vida cansada. Escribo en el momento en que la racionalidad busca consuelo.

Si levanto la mirada para contemplar el mundo recibo la emanación insalubre de la muerte. Hace tiempo que perdí toda fe en la realización histórica del bien y me inquieta encontrar a quien proclama el reino del hombre. Hace tiempo que no creo en vanos señoríos y he aprendido a leer en la historia la victoria de la noche. Vivimos en el orden triunfante del mundo, en una modernidad que se resuelve en actualidad pura: desprendida del pasado y abocada a la más vacía innovación. Una soberbia espesa se apropia del mundo, una desconfianza atroz quiebra los lazos casi desaparecidos que nos vinculaban, el miedo ha tomado nuestras almas depravadas y nos arroja a un trato inclemente con el semejante. El infierno somos nosotros y nuestra prosperidad insignificante es el signo más visible del horror.

Si me expongo al viento hediondo de las pantallas pronto me vence el hastío. No practico la desdeñosa retirada a una torre de marfil, porque no soy propietario de residencias estrafalarias. Cada día me enfrento al enorme riesgo que supone tomar la palabra con la intención de una verdadera comunicación. Verdadera he dicho. Sólo ignora el peligro que envuelve esa intención el que está tomado por los lugares comunes de nuestro tiempo, por la vacía libertad egolátrica que el mercado infinito ha tallado en nuestra voluntad y en nuestra inteligencia. Sólo los tontos vitalicios, incapaces de querer nada real.

A la hora en la que escribo triunfa sobre el dominio de las sombras una inconcebible redención. Se levanta poco a poco otra mañana y escucho la voz en carne viva de mi padre que me habla, nada me inquieta entonces, nada me engaña. Sobre la agónica certeza de este tiempo, se abrirá el día sin final en el que conversaremos mientras bebamos el vino de la verdad. Será entonces cuando se cierre la llaga y desaparezca su asfixiante olor a cieno.

Descreído de cualquier renovación del mundo sólo espero conservarlo. Los necios lo considerarán un triunfo despreciable: ¡mantener su fragilidad y su impotencia, su dolorosa miseria y su indigencia, mantener el dolor y la vergüenza! Quisieran un mundo luminoso al que abriera paso una revolución radiante, en cuya vanguardia se afirmara el hombre nuevo salido del cubil del ingeniero.

Yo quiero, por el contrario, sostener y prolongar esta voz que me acompaña y hacérsela llegar a los que no puedo concebir, ni imaginar. Quiero afirmar la continuidad sin ruptura con el mañana que vivan los que habitarán el eco de mi carne que se acaba, los que hablarán la lengua que me habla, los que tomarán esta misma tristeza y la harán pedazos en un porvenir que ignoro. No hay más revolución que estar vivo y saber que vivimos para un mañana interminable del que vemos apenas el umbral. Esta noche encierra junto a la alegría sin matices de la vida restaurada, la tristeza de una espera que se aplaza.