De las muchas virtudes que se atribuyen a la labor periodística, la que dejó escrita Nora Ephron puede ser una de las que más nos convenzan, y lo hace por provocar una risa instantánea. ‘Trabajar de periodista es exactamente lo mismo que ser la fea de la orgía. Siempre me da la sensación de estar en un evento increíble, donde todos se lo están pasando en grande, riendo, comiendo, bebiendo, echando un polvo en algún rincón secreto, mientras yo me quedo al margen, tomando notas de todo’. Es una de las explicaciones que le dieron cuando, en sus inicios, intentaba buscar una motivación externa y pintiparada para saber si estaba haciendo lo correcto con su vida y con su futuro; una de esas que todos buscamos independientemente de con qué nos estemos ganando el sueldo. ¿Merece la pena? ¿Viviremos de esto? El periodismo, nos dice unas líneas más adelante, y el hecho de hacer entrevistas más concretamente, es una pugna entre el yo-yo-yo y el tú-tú-tú. Lo que dice la persona entrevistada se va a poner al mismo nivel de la redacción de la persona entrevistadora. ¿Quién se lleva el mérito, entonces? ¿Quién o qué derrocha más sex appeal? ¿Qué historia es destacable y cuál es la de siempre? ¿La que volvemos a contar por enésima vez creyendo que estamos descubriendo la pólvora?
Con este nuevo recopilatorio de artículos, Gente a cenar, traducidos por Catalina Martínez Muñoz, todos inéditos en nuestra lengua hasta la fecha, nos es fácil colocarnos al lado de Nora Ephron como la compañera ideal de viaje que es. No va a prometernos un sinfín de peripecias ni hacer la travesía más llevadera, pero sí que va a saber darnos el comentario adecuado o la comparación inesperada con la anécdota familiar y personal que, escuchándola atentamente, nos pondrá frente al dilema que pensábamos irresoluble y grave. Somos bastante pazguatos la mayor de las ocasiones en las que tenemos que vérnoslas con los simples desafíos diarios, y ahí es cuando Ephron sabe escribir cuáles son cada uno de los fallos que no hacen más que devolvernos a nuestro estado más cómico y primario, sin hacer sangre, más bien diciendo, no te preocupes, ayer me ocurrió lo mismo, o hace dos años o hace diez, y así nos seguirá pasando.
Piezas como El abrigo de visón, Helen Gurley Brown: «Si eres feúcha, vente conmigo. Yo era feúcha y puedo ayudarte», Diario de una mujer casada de veraneo en la playa y Mi fin de semana en Las Vegas, pueden ser apartadas como algunas de las más dotadas con el toque de gracia Ephron, además de servir para eso tan cacareado como es lo de ser usadas de modelo en las escuelas de periodismo, a pesar de que no queda ninguna: cualquier escuela de periodismo son el móvil y el ordenador portátil. El olfato y la intuición no, ellos desde luego que no. Vienen con cada uno y son intransferibles, pero deben ser igualmente ejercitados. ‘Escribir y reescribir, como si supieras adónde vas, es parecido a lo que te animan a hacer los terapeutas cuando te sugieren que intentes hacer cambios externos antes que internos, que si no puedes comprometerte por completo con el cambio que quieres hacer, al menos hagas todo lo relacionado con él aunque no sea esencial, porque así resulta mucho más fácil conseguirlo’.
En los artículos, se traduce ese aprendizaje. No podremos tener una certeza de dónde vinieron ni a dónde irán. Pero como invitados que han asegurado su venida, las observaciones que contengan, sabrán pulir y aligerar los gajes de nuestra vida, aunque no se traten de las explicaciones que buscábamos. Tampoco deberíamos pedir tanto.