Podría titularse así, como este artículo y como aquella película protagonizada por Carlos Gardel e Imperio Argentina para la Paramount, en 1933; como también podría llamarse Recuerdo de los olvidados o hasta El rastro de los sin huella, o cualquier otro de los muchos títulos que se me ocurren en este momento; sin embargo, se titula Singapur por una canción de Tom Waits. Se trata de la reciente novela de mi amigo Alfons Cervera. Y como quiera que no pude acudir a su presentación, hace tres o cuatro sábados, en la madrileña Sin Tarima, del incombustible Santiago Palacios, me propongo escribirle, como disculpa y también como fraterno abrazo, estas líneas, que no dejan de ser —qué duda cabe— una invitación para que se conmuevan con las vidas que, como si fuesen los caliches o los papelorios viejos o esas otras mil inmundicias que arrastra una súbita ventolera, asoman a retazos en sus páginas o en esa plazuela del confín de los sueños, donde solo unos cuantos bancos proclaman que hasta allí llegó, nadie recuerda cuándo, el impulso municipal; luego, el consistorio se olvidó del paraje para siempre. Suele suceder.
Sí; el relato se centra en una plaza suburbial, que se abría por un flanco a los cegadores descampados donde se avista un horizonte de puro hastío y, por el otro y al final de una de sus callejas, a una autovía de turismos veloces y camiones abarrotados, que imponía la infranqueable frontera con el mundo de la algarabía multicolor de las luces nocturnas, del fulgor destellante de los tentadores escaparates y del rumor confortable de las cafeterías acristaladas, donde los clientes sonríen acomodados sobre un mañana que nunca llegará allí, a aquella cuadrangular y desamparada linde donde asoman una barbería, la del Josito; un bar con mostrador de cinc e imponente cafetera cromada, el del Rodri, y hasta un quiosco de aquellos que vendían el Interviú, entre la prensa diaria, el Marca y el Lib, donde las estrellas del destape, por solo veinte duros, procuraban un amanuense y solitario desahogo con que ir mitigando la frustración de saberse ese donnadie en quien nunca se fijarán, ni para pedirle fuego, unas mujeres tan descaradas y tan de bandera como aquellas.
Un lugar de esos donde nacían, respiraban y deambulaban —a veces, incluso soñaban— los desheredados desde la cuna; ajenos al mundo entorno si no era para dar un palo o celebrar una boda con todo el postín que se les alcanzaba, exhibiendo una desgreñada libertad —pero libertad, al fin y al cabo— que solo se truncaba cuando se les jodía un trinque en esa joyería de la barriada vecina o se empleaban en una chapuza ocasional para remediar sus incesantes aprietos. Una plazoleta y un grupo de tipos que van desde la barbería del Josito al bar del Rodri, o al garaje donde vigila una escuadrilla de autobuses el Lomax; un paisaje de cuitas y anhelos que nos refiere de inmediato a la trilogía barojiana La lucha por la vida (1904-5), en una época, cuando esta especie de hombres ya no encontraba incentivos para esa lucha, porque el mundo que los postergaba rebosaba de golosinas, y bastaba con alargar sigilosamente la mano en un descuido o, si era necesario, enseñar el filo del pincho. En fin; un rincón sin preocupaciones porque sus habitantes acumulaban tantas y tan elementales que su cuenta sería eterna.
Pero si por algo merece la pena que lean Singapur es por su estilo; tan coloquial y tan pegado al aliento de todos ellos, desde su innominado protagonista —quien evoca a los demás desde vaya usted averiguar dónde, y como se recuerdan los fragmentos de la vida cuando se transita a contratiempo de la necesidad, por momentos pasajeros y sin ilación— hasta su amante la Lola, pasando por la entusiasta y cantarina Alma, o por el tronado del Búnker, que desnucó al Silvio de una trompada, o por el Márshal, un pasma que boxeó, cuando los días del NO-DO, con el gran Fred Galiana, o por el Chispa que leía novelitas del Oeste y era todo un intelectual entre aquellas almas raquíticas desde el Bautismo y que bailoteaban sus alegrías de dos perras gordas ante el junkebox del café del Rino o en el karaoke que montaron donde el Rodri, para matar a gorgoritos su tiempo difunto de antemano. Un estilo que te va encogiendo las tripas a base de convertirte en su colega por la sórdida desventura. Una prosa que, en su decir lastimero y sin calendarios, enraíza en Mientras agonizo (1930) o en Desciende Moisés (1942), ambas de Faulkner, y que supone, para cualquier novelista, todo un reto mantenerla sin la menor quebradura durante el manojo de folios que imponga este romance de ciego con acompañamiento de cassettes de bar de carretera; por supuesto, guindados al desgaire entre las risas de un canuto bien cargado. Y Alfons lo ha conseguido.
En fin; el retrato de esa gente que cuando la Transición llamábamos el lumpen —entonces es que éramos muy leídos y doctrinarios— y ahora, perroflautas; y que son esos perdularios que si no fuese por novelistas como Cervera, o como Baroja, o como Marsé, no dejarían huella, porque solo figuran en las gacetillas de sucesos —desde luego, servidas por agencia—, donde se estila, muy pulcramente, mencionarlos por las iniciales, para que su condena al anonimato se mantenga por los siglos de los siglos, amén.