Opinión

La eutanasia, una terapia contra el dolor

TRIBUNA

Pedro Gago | Domingo 12 de abril de 2026

La implantación oficial de la eutanasia –perteneciente a la cultura del descarte--, posee una trascendencia que va mucho más allá de la noticia periodística y la responsabilidad de las instituciones públicas. Es dudoso que muchos de sus defensores y los indiferentes a su concreción en la realidad, sean conscientes del alcance social e individual. No así el defensor ideológico que sabe bien el daño a la salud moral que provoca en la sociedad.

La aprobación de la eutanasia por las Cortes Españolas (publicación en el BOE el 25 de marzo de 2021) como un “bien necesario”, tiene la intención no sólo de evitar una situación de agonía con dolor intenso, sino que, por decisión institucional, acabar con las vidas que no deben ser prolongadas y de poner fin a cualquier situación biológica con deformaciones irrecuperables. La voluntad del legislador y sus defensores es racionalmente benévola, justificada para detener el dolor extremo. Pero se da al Estado colectivista convertido en una familia colectiva –los hijos no pertenecen a los padres, según la Embajadora estalinista que representa a España en el Vaticano--. El derecho a administrar el ius vitae ac necis, por lo que se prolongará también a los enfermos erráticos en el camino de la vida, a los que hay que llevar a su extinción por la carga económica que suponen para el Estado.

Después de la aprobación del aborto, la eutanasia es otro paso más que se da en la extensión de la llamada cultura de la muerte –el ser humano considerado un ser desechable--. Los defensores del aborto se apoyan en que el sujeto principal, la mujer, no desea que surja otra vida dentro de ella, por percibir que el feto que tiene dentro de ella es un tumor (J. Marías) maligno. Pero tiene solución porque lo “curará” un desinteresado médico abortista, bajo la vigilancia del político- “sanitario” para asegurarse atendiendo al plan establecido que cada uno cumpla su función, con toda la grandeza humanitaria, cumpliéndolo doucemet.

Actualmente, tanto la eutanasia como el aborto, son productos del nihilismo progresista, entendido como voluntad de la nada, generadora del ser y del dejar de ser. El nihilismo es un pensamiento obsesionado por la nada. Sostiene que la vida humana no tiene sentido, que dejará de ser en cuanto el cuerpo biológico termine su andadura. La existencia humana deberá valorarse solo en cuanto tiene presencia, en el ahora del ser que en realidad es apariencia de ser. El nihilismo triunfa no sólo con la debilitación del hombre, sino por reducirlo a una condición meramente material, que socialmente deberá existir en tanto sea útil –cosificación del ser--.

Será la nada la que envíe las señales al aparato burocrático “sanitario”, para cuando un ser humano deba dejar de sobrevivir. Para el materialismo pasajero y utilitarista, la vida no consiste en aguantar el dolor, sino acabar con él de cualquier manera. Cuando el dolor se hace insoportable, será la nada la que reclame o le dé opción para volver a su real inexistencia, a no ser. Es decir, que cuando se desestructura el organismo, la nada le exige volver a su seno. La nada se descubre con toda magnificencia en la eutanasia, ya que el individuo se acoge a ella aceptando la propuesta de quien le ha dado la vida. El eutanásico, una vez el ser desaparezca se desplazará en la infinita prolongación del no ser. De modo que el pensamiento nihilista bioideológico parte de que el trayecto humano consiste en pasar de la nada a la nada, del no ser a regresar a la inexistencia, como un proyecto en que la nada, no es ni puede ser. ¿Será que la nada se divierte con el sufrimiento de los vivientes?

La eutanasia, como el aborto, posiblemente se convertirá en un derecho humano afecto a la dignidad humana –el Gobierno colectivista, tan sensible y humanitario, quiere que sea un derecho humano fundamental--, formando parte de una conjunción de derechos que se hace difícil encauzarla sin contradicciones. Cuando un ordenamiento recoge que el individuo tiene el derecho a la eutanasia, implica a la vez el derecho del médico a practicarla por un motivo administrativo humanitario. Quiere decirse que quien tenga el poder político societario, será el que imponga su derecho sobre el otro, y sea cual sea el lugar de donde proceda, decidirá sobre el que esté indefenso ante el dolor y no haya necesidad de prolongarlo. Siempre el instinto científico selectivo del médico podrá imponerse al enfermo incapacitado, por mucho que este desee vivir.

Para el progresismo la eutanasia es un avance, aunque se tenga que volver hacia un remoto pasado, a un estado previo a la civilización desarrollada –para el progresismo el progreso consiste en volver a tener una mente tribal-, en la que sólo los fuertes y felices tienen derecho a vivir. De hecho, la eutanasia es un paso más hacia la universalidad –lo verdadero de la certeza sensible (Hegel)-- para conseguir la plenitud del género humano –el ser genérico en una relación multilateral con sus congéneres (Marx)--. Lo que obliga por la selección bioideológica a controlar la población, especialmente sobre las personas mayores, los discapacitados, etc. Ya que para preservar la especie humana se tendrá que prescindir de los que hayan dejado de ser útiles, simplemente que sean antiestéticos. La próxima legislación que querrá imponer el progresismo será la eugenesia, como la de 1933 en Alemania.

El artificial-naturalismo nihilista, quiere preparar un futuro en el que sólo existan cuerpos sanos y vigorosos, de modo que una sociedad habrá de estar compuesta por los relativamente imprescindibles en el presente, que pasarán a ser prescindibles en el futuro. Cada individuo siempre estará en permanente adaptación a la situación de cada día, desapareciendo el que estorbe. Todo ser humano, con sus facultades, naturales o sobrevenidas, ha de depender de la utilidad. De modo que la moral, el bien y la belleza, no surgirán de la verdad, sino de la voluntad del poder oligárquico, una especie de teoría racista similar a la defendida por Alfred Rosenberg, formada en el igualitarismo de los inferiores. Si bien la lucha por la supervivencia se dará entre los útiles, los superiores, y los inútiles, los inferiores prescindibles Cada sujeto habrá de tener una conciencia desadaptativa a la realidad, que progresivamente de la que irá desprendiéndose, hasta emanciparse y dejar de existir, voluntariamente o no. El individuo solo tendrá una conciencia presentista, la única con la que el género humano podrá servir para llegar a un mundo venidero pleno de placer y felicidad. Por eso la ley de eutanasia es uno de los cúlmenes del proyecto, uno de los máximos logros creados por el humanismo biologista, porque hay que aceptar que el individuo solo podrá estar bien en el presente y cuando se debilita el ser (G. Vattimo) y nunca habrá de estirar la vida más allá de lo que exige las necesidades del momento presente.

Continuará