Opinión

Libros de trenes

LETRAS, CEROS Y UNOS

David Fueyo | Lunes 13 de abril de 2026

Tengo carnet de la Biblioteca Pública de Oviedo desde que era tan pequeño que el mostrador me quedaba a la altura de los ojos. La bibliotecaria de entonces me miraba desde arriba con esa expresión que tienen los guardianes de cosas importantes. Me dio el carné, número 30786 y elegí un libro. Un comic de Eric Castel. Estaba en segundo de primaria. Desde entonces considero a esa biblioteca como mi segunda casa.

Por eso, cuando esta semana leí que una testigo en el Tribunal Supremo declaró que parte de su jornada laboral en una empresa pública consistió en ir a esa biblioteca a leer libros de trenes, sentí algo difícil de nombrar. No era indignación o enfado.. Era algo más parecido a la vergüenza de quien ve utilizada, como coartada, una de las cosas que más quiere y respeta del mundo.

Seré preciso porque el asunto lo merece, aunque creo que ya les suena la historia. La testigo en cuestión trabajaba, o debía trabajar, en Logirail, empresa pública del sector ferroviario en la que tanto usted, querido contribuyente, como yo, otro paganini más , ponemos el huevo. Al preguntarle el presidente del tribunal si aquellas visitas a la biblioteca las realizaba en horario laboral, ella respondió que sí. Que iba a formarse. Que quería saber todo sobre los trenes. Sin rubor ni bochorno.

Un periódico local, con fina ironía, publicó el catálogo completo de libros sobre trenes disponibles en la Ramón Pérez de Ayala. Ahí estaban: desde Alta velocidad en el ferrocarril hasta Peppa Pig viaja en tren, pasando por Trenes rigurosamente vigilados, deliciosa novela recientemente reeditada y que, para más casualidad, leí, hace años, por una recomendación de Fernando Menéndez, mi primer profesor en esto de escribir.

A la biblioteca pública de Oviedo he ido a matar tardes, a esperar a que mi hija fuera a clase de música, a dar una conferencia sobre literatura y jazz. Allí recibí mi primer taller literario y vi mi primera película en formato digital. Allí descubrí a Mañas, Cortazar, Loriga y Blanca Andréu. Escribí mi primer haiku en el taller de Menéndez. Podría ir con los ojos vendados y llegaría a la estantería donde está la obra completa de Lem. He ido, también, a estudiar pasando un calor infernal. He sufrido sus sillas poco ergónómicas y he leído en sus sillones mullidos He esperado a que abrieran y me han avisado que era la hora de cerrar. Es algo parecido a un hogar que tengo en el casco viejo de Oviedo.

Me llama la atención enormemente que la cultura se convierte en excusa o decorado. En que los libros pasen a ser no el lugar donde ocurren las cosas importantes, sino el telón de fondo que da respetabilidad a lo que no la tiene. Cuando alguien dice estaba en la biblioteca formándome con el mismo tono con que podría decir estaba en el bar tomando un chato, sin que haya diferencia real entre ambas afirmaciones, algo se ha roto en nuestro contrato social en tanto en cuanto el respeto por la cultura desaparece.

Las bibliotecas públicas son uno de los pocos lugares que quedan donde nadie te pide que justifiques tu presencia. Entras. Lees. Piensas. Escribes. A veces no haces nada y eso también cuenta. Son territorio neutral en un mundo que ha declarado la guerra al tiempo no productivo. No es necesario tener dinero. No generan informes de rendimiento. No saben si lo que estás leyendo te va a servir para algo o simplemente te estás resguardando de la luvia y el frío.

Esa es exactamente su grandeza. Y es, también, la razón por la que una biblioteca no puede ser jamás una coartada.

En tiempos en los que apenas hay tiempo para formarse en la profesión que uno desempeña, no sé si pasar el tiempo allí sin hacer nada o mentir sobre pasar el tiempo allí es corrupción en sentido técnico o pérdida de los valores esenciales en sentido estricto. Los jueces lo determinarán, y yo, mientras, pienso que es una profanación a la cultura en general. Y para mí, que la biblioteca fue refugio, que aparezca en un caso tan farragoso me da lástima y vergüenza ajena. Poner de eximente la lectura, la cultura, o una biblioteca de forma pública sin ruborizarse me parece algo sumamente amoral e irrespetuoso.

Por cierto, Peppa Pig viaja en tren está disponible en préstamo, por si alguien necesita seguir formándose.