Basta leer el titular de El País para ver por dónde van los tiros. El subtítulo que completa al título permite que un ojo vea lo que se le impide ver al otro. Si se lee el título, “Los golpes de Estado que puede intentar Trump”, no hace falta imaginación para entrever qué está intentando, no solo amagando, su homólogo Pedro Sánchez. Según el articulista “la preocupación principal del presidente de Estados Unidos es preservar su poder si los republicanos pierden las elecciones de noviembre”. Habría que entrar en las intenciones de Trump para verificar si esta es o no su principal preocupación, pues también pudo serlo cómo explotar el éxito del Artemis II mientras todo el mundo está pendiente del estrecho de Ormuz; o bien, cómo salir del callejón de Ormuz sin aparentar haber fracasado en el intento de derrocar a los ayatolás. Pero, aceptemos que la interpretación del comentarista da en el clavo de las ocultas intenciones presidenciales, y que, en consecuencia, puede ser lo que motive a viajar a Pekín al presidente Sánchez para preservar su poder si el PP gana en mayo las elecciones en Andalucía. Cuando alguien se tapa astutamente un ojo para que el otro no pueda ver lo que está a la vista de todos, posibilita que se pase por alto lo que ven los ciudadanos cuando miran con los dos ojos. Abiertos los dos ojos se puede ver que lo mismo que se dice de lo que está dispuesto a hacer Trump para preservar el poder puede decirse desde hace tiempo de lo que está dispuesto a hacer Sánchez para mantenerse en el sillón curul.
Lo que cuentan con motivo o sin él cuando solo ven con un ojo al mirar a Trump podrían contarlo sin necesitar lentes de aumento si destaparan el otro para ver lo que hace Sánchez en su estrategia de preservar su poder en minoría, sin presupuestos, sin Parlamento, achicando el agua del Estado oara satisfacer a lo que lo acosan, para luego llamar a rebato a su rebaño justiciero y hostigar a la justicia. Es cierto que el lenguaje de Trump es tan estrafalario que acaba desconcertando a muchos de sus seguidores, mientras que el de Sánchez es tan obvio que no engaña a los suyos, sino que los arredra. No es nada nuevo, pues precedentes como el asalto al Congreso en Washington, la llamada a las turbas y los indultos colectivos, son más que indicios de lo mal que digiere una derrota electoral un personaje tan lleno de sí mismo como Donal Trump. Aquellos precedentes no desentonan de los actuales consecuentes.
No sabemos hasta dónde es capaz de llegar Trump para mantener el poder, porque todavía no ha llegado ese momento para comprobarlo. Pero hace tiempo que comenzamos a saber hasta dónde puede llegar Sánchez porque lleva tres años que maniobra para conservarlo. Lo que pocos dudarán es que está tan lleno de sí mismo que puede empacharse saboreando sus deleites como Trump de los suyos, o acaso se empache más. Del americano no hay atisbos que vaya a retirarse a reflexionar cinco días para anunciar por carta su empeño de salvarlos por amor durante una retirada fingida. La escena de asalto al Congreso en Washington se repite estos días en la Moncloa con una comparecencia del Gobierno más plena de lo que suele alcanzar su presencia en las Cortes, para sacudirse la decisión del juez Peinado. Nunca se vio a un juez de un país democrático en medio de tal vendaval de difamaciones y atosigamiento como el que se ha originado contra su decisión de llevar a juicio a la administradora de una empresa de prostíbulos cuya pericia en la tarea de dio el paso a la maestría universitaria para administrar una cátedra. Como es la principal aportación personal que figura en su curriculum de méritos, llama la atención que ninguno de los ministros que han salido a pontificar sobre sus excelencias para devaluar al juez, se haya referido a la más relevante pieza de su experiencia para justificar un viaje presidencial a China.
Los corifeos de Begoña que alimentan su hodio al juez escribiéndolo con la H del hodio presidencial, no parece que hodien tanto a Trump, un presidente equiparable a Sánchez por su empeño en aferrarse al poder y su amor a la justicia, como hodian al juez Peinado, a quien tratan de despeinarle como sea. No sabemos que hará Trump, pero lo que hace Sánchez con sus corifeos para preservar el poder no desmerece del asalto congresual que patrocinó su homólogo americano. Alguien dirá que esta comparación es exagerada. Puede parecerlo, pero hay que recordar que, para asegurar el asalto, Trump contó con tan enardecidos seguidores que estuvieron dispuestos a seguirlo cuando alzó la voz, pero a Sánchez son los que no están dispuestos a seguirle, los que le alzan la voz en la calle. Si Trump, emulando a Biden, todo hay que decirlo, blanqueó el asalto con indultos, Sánchez blanquea a los independentistas llamando indulto general a una amnistía encubierta e incitando al Consejo General del Poder Judicial a que intervenga a un juez en nombre de la autonomía de la justicia, como dice el ministro de esa cosa que Bolaños llama justicia mientras la arrolla.
Cuando el afán de poder toca la campana para frenar a la justicia es porque está dispuesto a acelerar el golpe de Estado que se lleva gestando para preservar el poder antes de perder las elecciones. Desgraciadamente de esta iniciativa no nos ilustra El País cuando mira con un ojo mientras tapa la mirada del otro.