En enero de 2023, Alberto Núñez Feijóo debió negociar con Santiago Abascal un acuerdo de colaboración política. En lugar de ver las cosas claras, el presidente del Partido Popular creyó que podía borrar del mapa a Vox. Craso error. En toda Europa progresaban partidos armonizados ideológicamente como la agrupación de Abascal. Y Feijóo, en lugar de pactar, se dedicó a fustigar a un Vox que crecía imparable.
La realidad se impuso. Salvo alguna excepción, el PP no puede gobernar sin Vox. Estaba claro que el acuerdo en Extremadura terminaría por producirse, pero también era evidente que Abascal negociaría hasta la extenuación para obtener el mayor número de concesiones. Así ha sido. Así será en otras Comunidades Autónomas. Así, tras las elecciones generales. Lo que se pudo pactar íntegramente hace tres años se ha complicado por falta de visión política.
Vox envalentonado, a pesar de los zarandeos intenos, ha apurado los tiempos para obtener de la incertidumbre los mejores réditos. Y en los minutos de descuento se ha producido un acuerdo completamente lógico. Si el PSOE sanchista ha pactado con los secesionistas catalanes y vascos, si se ha entendido con el Partido Comunista, si se ha abrazado a los herederos del terrorismo etarra… cómo se podía apestar a Vox, que respeta la Constitución. Pero así ha sido. Los aliados de la extrema izquierda, de las agrupaciones secesionistas y proetarras han conseguido imponer el relato contra Vox. Entre el partido de Abascal y el de Feijóo son muchas y evidentes las diferencias. Bastaba con subrayarlas explícitamente y acordar las coincidencias, y sobre todo la necesidad que tiene el Partido Popular de contar con Vox en muy varias Autonomías y con toda probabilidad en el Gobierno de la nación.
Bien, en fin, por Extremadura. Es el primer paso de lo que resultará imprescindible hacer en una buena parte de España.