Opinión

Las edades del hombre en Zamora

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 17 de abril de 2026

La vida es un suspiro, o así la sentimos cuando nos hacemos mayores. Quizás el niño la vea larga, pero el viejo siente que mismamente ayer era también niño. El programa castellano-leonés de arte sacro Las Edades del Hombre ya es cuarentón, y eso que nos acordamos nítidamente de su arranque en Valladolid. Gracias a este programa de la Iglesia castellano-leonesa los españoles no sólo hemos admirado los tesoros artísticos que esconde nuestra Iglesia castellana, sino que hemos aprendido el Gran Arte de España, pues que absolutamente todos los grandes artistas españoles, independientemente de su ideología han sido inspirados por la religión católica, cuando no han vivido de ella misma vendiendo sus obras maestras a la Iglesia, el mayor mecenas de la Historia del Arte. Así, este año, teniendo a Zamora como sede, Las Edades del Hombre nos muestran, por ejemplo, “La Anunciación”, con sabor impresionista, de un joven Picasso de quince años, con una cierta influencia de Antonio Muñoz Degrain. No hay genio artístico occidental cuya imaginación no haya sido inundada de la fantasía católica, nuestra más identitaria mitología sagrada, y lo digo así, porque siempre he considerado la mitología como el mayor acrisolamiento de la religión clásica, sin el sentido despreciativo con que los grandes Padres de la Iglesia crearon el término. Todo mi respeto y veneración como creyente tanto a la mitología grecorromana como católica.

Este año se han repartido las obras de arte de la ya insoslayable y veterana Exposición en tres templos, San Cipriano, La Catedral y San Isidoro, lo que, además, obliga al visitante a recorrer las calles en donde se asienta una parte del románico zamorano ( Santa Lucía, San Pedro y San Ildefonso, La Magdalena ), además de ver el precioso baluarte que supone el castillo de Zamora, a pesar de la infame perpetración urbanista de Somoza. Ya en San Cipriano nos encontramos con un maravilloso rostro de Cristo, obra que se le asigna al Greco, y que a mí también me lo parece, por los ojos, la luz del rostro, el cuello, los colores y todas las características con que el gran Manuel B. Cossío identifica una obra de El Greco. Guarda también San Cipriano imágenes de Gregorio Fernández que representan La Esperanza, precisamente el tema iconográfico que organiza y estructura la Exposición de este año. La Esperanza fue ya una diosa alegórica para los griegos, Elpis, cantada por Teognis y representada en la escultura. Normalmente se la representa en la iconografía sujetando un ancla, por la que a veces suben seres humanos, pequeños seres humanos desnudos, que necesitan de una esperanza.

Ya en la Iglesia Catedral vemos varias obras del flamenco Gil de Siloé, el gran autor de los maravillosos sepulcros de la Cartuja de Miraflores, y padre de Diego de Siloé, que labró el sepulcro del Obispo Don Luis Acuña, y fue también uno de nuestros más grandes arquitectos del Renacimiento. Nos impacta el Resucitado de Venancio Blanco con el color natural de la madera. Es el momento mismo en que se inicia la Resurrección, la primera bocanada de aire del Cristo yacente, cuyos pies comienzan a levantarse, quedando su cuerpo en un inicio de levitación. También podemos ver algún Yacente del gran Gregorio Fernández, cuyo Yacente más prodigioso lo tenemos en El Pardo. El Greco también nos alegra con una pequeña Anunciación, el inmenso Zurbarán, que descubrieron y valoraron principalmente los hombres de la Generación del 98, nos muestra un Cristo con las ropas zurbaranmente inmaculadas. Una preciosa Inmaculada salida del taller de Francisco Pacheco, el suegro de Velázquez, y quizás del mismo Velázquez por un bergantín que sin venir a cuento se encuentra a los pies de la obra, y en cuyo cuerpo del barco podemos interpretar el acrónimo D.R.V., esto es, Diego Rodríguez Velázquez. Un precioso cuadro de un jovencísimo Pedro Berruguete, propiedad que fuera de la reina Isabel, y que su viudo Fernando no vendió por considerarlo de escaso valor. Pablo Gargallo nos presenta su Gran Profeta, escultura en bronce de estilo cubista, en donde el vacío en perfectos e intencionados vanos también modela la figura, elaborada en 1933. El Profeta grita con el brazo levantado mientras sujeta un gran bastón con actitud amenazante. Más que expresar una esperanza, el tema de Las Edades de este año, nos está advirtiendo de algo ominoso y apocalíptico, todo un Trump de la era atómica. Y entramos en el Coro catedralicio que merece mención aparte.

La sillería coral de la catedral fue ejecutada bajo el muy generoso obispado de Diego Meléndez Valdés que, residiendo en Roma, tuvo que gobernar la diócesis a través de vicarios. Esta fantástica sillería fue realizada por el artista tallador Juan de Bruselas, y en ella percibimos, junto a una belleza sin par y una técnica depuradísima, un espíritu crítico y mordaz hacia el clero regular al observar algunas procaces representaciones de la sillería. El artista flamenco permaneció en Zamora desde 1503 hasta abril de 1506, en que remató su asombrosa obra. También colaboraron bajo su singular batuta los grandes artistas Gil de Ronza, Giralte de Bruselas y Juan de Quirós. La sillería se estructura en dos grandes partes, el Coro del deán, a la derecha, y el coro del chantre a la izquierda. En el frente preside el estalo episcopal, al que se sube por una escalera. La sillería tiene dos pisos, un alto y un bajo. Cuando los asientos están levantados, aparecen ménsulas talladas en su parte inferior que se llaman misericordias, y en ellas podemos ver figuras curiosas. Los temas son heterogéneos y en ellos se percibe el gusto por representar aspectos de la vida cotidiana de aquel período. El mensaje mesiánico se ve desbordado por una imaginación menuda, fresca, desenfadada y, a veces, traviesa, en donde se desarrollan asuntos moralizantes, satíricos, burlescos y simbólicos. Niños con juguetes, escenas de cocina, disputas entre hombres, una mujer azotando el trasero de un hombre, Esopo sofaldando a la mujer de su amo, un maestrescuela enseñando a sus alumnos, una monja tocando el escroto de un fraile, etc. Entre los grandes profetas tallados magníficamente de la sillería está como último profeta Virgilio, recordando así su Égloga IV: “magnus ab integro saeclorum nascitur ordo”.

Nos despedimos de la Catedral saludando al fresco de San Cristóbal, atribuido a Blas de Oña, y realizado hacia 1540. San Cristóbal, al que la gente despedía para evitar la muerte súbita, es la cristianización de Hércules, al que las mujeres seguían sacrificándole gallos, y esa fue la razón para que Trento cubriese la mayor parte de esas pinturas murales, a cuyos pies se seguía realizando el rito pagano.

Finalmente, rematamos las Edades del Hombre marchando a la Iglesia de san Isidoro, situada en el entorno del Castillo, en donde aún hoy la perceptible sombra de la reina Urraca perfuma las flores de los bellos jardines. Allí nos encontramos, con la misma piedra arenisca de la Catedral, esa misma Catedral de Zamora a escala reducida, unos dos metros cuadrados, obra del gran artista pedrero Máximo Galindo.

Salimos a la calle bajo una radiante primavera, y nos inundó la tristeza. También nosotros tenemos que trepar quizás por el ancla de la Esperanza.