Cada hora se publican en España diez libros nuevos, es decir, 240 al día, y al año 73.000, si las cuentas no me engañan demasiado. ¿Se editan demasiados títulos? Parece que sí, que demasiado arroz para tan poco pollo, y que en las cunetas se apilan libros podridos por la lluvia, y por el orín de los perros desvencijados, esto último por el interés que parecen concitar los elegidos por ellos para ciscarse encima. Es tal vez esta una forma un poco melodramática de decirlo, pero en Argentina o en México, sobre todo, las cumbres de ejemplares apilados por toneladas y caóticamente encimados unos sobre otros son tantas y tan himalayescas, que ni los gordos ratones dan abasto para roerlos. No hay lectores para tanto papel impreso, ni ratones para comérselos, ni gatos para zamparse a los ratones, una pura entropía que sin embargo no anula la ilusión por escribir por parte de quienes siguen haciéndolo en busca de la fama, o siguiendo el ideal.
Según el Cegal/ Congreso de Librerías El País, el 49% de los autores de los libros editados en España vende cero ejemplares a lo largo de un año, dos tercios no venden más de un ejemplar, sólo el 5% más de 100 ejemplares, y el 13%. de 11 a 100, casi como si se tratara de best sellers. Estas cifras abarcan novelas, ensayos, cómics, novedades y de fondo técnico, también libros de autoedición en establecimientos independientes, así como en grandes cadenas. Resulta evidente que en España se venden libros para parar un tren, e incluso para hacerlo descarrilar sin el concurso de Adif. En consecuencia, tampoco extrañará que no falten cacos -entre ellos no pocos estudiantes- que los “distraen” con más intención de robarlos que de leerlos, creyendo además algunos de ellos que con tal gesto se convierten en izquierdistas antisistema. En este terreno la casuística es muy extensa, pues al menos mis alumnos universitarios a los que regalaba mis propios libros una vez leídos por mí no siempre los aceptaban, alegando que “pesaban mucho”, o que no tenían tiempo para tanto mamotreto, algo intolerable en su opinión porque según su criterio la sabiduría no pesa ni ocupa lugar, y a estas alturas del partido hay que huir del lema “quien añade ciencia añade también cansancio”.
Por volver a las cifras, unos 76 millones de obras impresas se publicaron en la España de 2025, un 4% más respecto al año anterior, es decir, una barbaridad en cuanto a la correlación edición-lectura. El mercado está saturado, salen más novedades de las que se venden y de las que un librero es capaz de seleccionar y de justipreciar profesionalmente. Puedes dar las gracias si aguanta una semana en la mesa de novedades, es fácil que al mes lo devuelvan, al año destruyan la tirada y quede en el olvido. No hay lector para tanto libro, ¿tiene en tales circunstancias sentido meter en el canal editorial un libro que genera cero ventas? Uno de cada diez españoles no ama la lectura, o la aborrece, no teniendo en su casa ni un total de diez libros, jardines sin flores. Están peleados ferozmente con la letra impresa enemiga, dedicando su tiempo para otros menesteres más gratificantes. El 64% de la población lee una vez al año, que no hace daño, un tercio semanalmente. La mitad de la población (48,8%) tiene menos de 50 volúmenes en casa. He tenido la oportunidad de ver casos patéticos en los domicilios de algunos universitarios que sólo manejaban fotocopias, y en algunos casos fotocopias de fotocopias entre los bocadillos grasientos. Y este feísmo no siempre se debe a la causa de los precios, aunque a veces resulten muy abusivos.
De otro lado, ¿qué clase de lecturas se ofertan por lo general? Aquellas que se “leen” por el oído, di sentito dire, según va y viene la publicidad, según tocan las campanas, o algún influencer lo promueve. Influyen muchos factores en la venta: desde la editorial en que se publica (si pertenece o no a un gran grupo, su prestigio, los recursos para la promoción, el interés en medios, la fidelidad del público), si a las librerías les gusta, el boca a boca, pero muchas veces juega también el azar. Siempre ves los mismos autores en la mesa de novedades y en los suplementos culturales, todos leemos idem de idem. Si quieres algún libro de verdad clásico, abstente, no hallaras la aguja que buscas ni siquiera en un catálogo desmesurado del pajar: demasiado como para cuidar las viejas perlas. En librerías y en las grandes superficies de nuestro país, más del 40% de las copias vendidas corresponde a dos grupos, Penguin Random House y Planeta. Los establecimientos independientes duplican a las cadenas en variedad, sin pasarse. En los EEUU esta lectosofía rebasa todos los colmos, basura sobre personajes y personajillos, a la que se llega, más que por el autor, mediante las opiniones de amigos y familiares, o las inefables redes sociales. Como dijera Santiago Ramón y Cajal en Charlas de café, “o se tienen muchas ideas y pocos amigos o muchos amigos y pocas ideas”.
A veces se juntan el hambre y las ganas de comer. No pocos autores se consideran mejores que Cervantes porque no les falta un brazo. Cualquiera puede editar un libro, pero no significa que sea un autor; hay quien publica por su cuenta, o a través de una supuesta editorial que solo ejerce de imprenta. Este boom de la autoedición explica en parte por qué tantos libros no venden nada.
Por si vale algo el testimonio personal, creo que soy el español que más libros ha editado, a la sazón 320, motivo por el cual algunos me zahieren apodándome el Tostado. Conozco el asunto del que hablo antes, durante y después del parto de la censura obligatoria de Fraga Iribarne. Vayan sin embargo ustedes a cualquier librería si quieren llevarse una decepción (o una alegría, claro): yo no existo. En el pasado he llegado a escribir best sellers de más de cincuenta mil ejemplares por tirada, hoy soy, como diría Amando de Miguel, un “evaporado”. España me ha llevado por delante con su riada y sus cauces tradicionales se han convertido en torrentera. No está mi horno para esos bollos. Yo ya estoy “amortizado”, aunque no muerto, y no reclamo lastimosamente limosna alguna para pagar mi ataúd, ni hago mío el “miré los muros de la patria mía,/ si un tiempo fuertes, hoy desmoronados/ de la carrera de la edad cansados,/ por quien caduca ya su valentía”, ni el despecho me lleva a escribir ningún mural de grandísimo tamaño como el de Tel Aviv Thank you God & Donald Trump”. Acepto mi sino con humor y temblor: cada vez me vuelvo más famoso con cada obra que no publico.
Pero me duelen las posiciones culturales flojas, las batallas políticas y los transformismos de toda índole que quieren hacer historia y cultura desertizándolo todo a su paso. La civilización termina al parecer donde comienza la carne asada. Y, volviendo al motto de este escrito, también pude pagar el alquiler, como he hecho machadianamente hasta hoy, con el traje que me cubre y la mansión que habito, el pan que me alimenta y el lecho en donde yago, converso con el hombre que siempre va conmigo… y contigo.