Opinión

León XIV y Trump

TRIBUNA

José María Méndez | Lunes 20 de abril de 2026

Me repelen, como imagino sucede a la mayoría de las personas normales, los aires de matón o chulo de barrio de Trump. Pero no por eso dejo de reconocer que es un político práctico y realista. A mi juicio, posee lo que se suele llamar prudencia política, el arte de calibrar los conflictos sociales en sus verdaderas dimensiones y calcular sin excesivo error la propia capacidad para resolverlos.

El problema mayor de la humanidad hoy día es el convencimiento de que los ayatolas de Irán no dudarán en usar bombas nucleares en cuanto las posean. Los países que disponen de armamento nuclear se han atenido hasta ahora al viejo principio si vis pacem, para bellum, si deseas la paz, prepárate para la guerra. Y justo por eso ninguna bomba atómica o nuclear se ha descargado sobre la población civil después de la Segunda Guerra Mundial.

Por el contrario, los fanáticos religiosos que mandan en Irán siguen ateniéndose al precepto de la Guerra Santa hasta el exterminio, tal como consta en el Corán. Matadlos hasta que la idolatría no exista. (Ed. Debolsillo. Barcelona 2008. Trad, Juan Vernet. Página 78). En cuanto tengan bombas nucleares las emplearán.

La tensión actual nos obliga a recordar otra vez lo obvio. El precepto supremo no matarás está intacto en su vigencia sobre las conciencias humanas. Pero no menos intacto está el derecho a la legítima defensa. En el artículo “¿Abolir la pena de muerte?” (El Imparcial 17/09/2020) escribí: “Casualmente, hemos asistido hace poco al suceso de una mujer policía en Cataluña que no ha dudado en disparar su metralleta cuando el enorme cuchillo de cocina en la mano del terrorista iba a ser descargado contra ella. Sería absurdo pensar que la atacada debía dejarse acuchillar a muerte, pues la única arma a su alcance en ese preciso momento era una metralleta”.

¿Cómo poner de acuerdo el principio moral no matarás con la legítima defensa?

Sin duda hay ciencia ética de los preceptos generales o valores. Se pueden conocer con total claridad por la Regla de Oro. Si nadie agrediese físicamente a nadie, todos saldríamos ganando y nadie perdiendo. La paz, o respeto a la vida ajena, es ciertamente un valor ético fundamental e indiscutible.

Pero en cambio no hay ciencia ética de los casos concretos. Para todo principio moral es fácil encontrar el caso concreto que lo contradice. Cómo o de qué manera hay que aplicar los valores al conflicto preciso en que yo me encuentro aquí y ahora, eso no está escrito en ninguna parte. En estricto rigor es la primera vez que tal cosa sucede en este mundo. Cada persona humana es única en la historia universal. Nunca antes hubo un Miguel de Unamuno, ni lo volverá a haber, repetía nuestro gran pensador.

Justo en esto consiste el drama de la libertad en sentido positivo, crear el bien y el mal ex nihilo. Como en el caso de la mujer policía antes citado, a veces tenemos que resolver un grave problema moral sobre la marcha, instantáneamente, tomar una decisión en que nos va la vida y sin tiempo para pensar en los principios generales de

la Ética. Pero ésa es la condición humana. Estamos en este mundo a prueba. Dios juzgará nuestra conducta en los casos concretos. Mientras tanto, nadie puede estar completamente seguro de haber acertado en su decisión. Sólo en el Juicio Final nos enteraremos de ello. La misma justicia humana también está a prueba.

Dicho esto, pasemos a nuestro tema. El Papa León XIV clama no a la guerra. El Presidente Trump ordena bombardeos masivos, algo más elocuente aún que gritar sí a la guerra. Pero ¿hablan exactamente de lo mismo?

Aparentemente, sus posturas no pueden parecer más opuestas. El mismo Trump así lo ha entendido, al atacar inmediatamente en su típico estilo zafio y grosero al Pontífice romano. No digamos ya la versión interesada en uno u otro sentido, que nos dan los periodistas de lo ocurrido.

Sin embargo, la distinción entre principios morales y casos concretos podría en principio evitar el pretendido choque frontal de criterios. Las posturas podrían acercarse en vez de ser exacerbadas. Bastaría que León XIV aclarase que habla del indiscutible principio moral no matarás y no pretende inmiscuirse en viscoso terreno del caso concreto que ahora se ventila. Y por otra parte, sería suficiente que Trump expusiese con datos convincentes que invoca exclusivamente un caso concreto y justificado de legítima defensa. Estarían hablando de cosas distintas.

No voy a entrar obviamente en la cuestión de si la amenaza nuclear iraní justifica o no las actuales acciones bélicas de Trump. Cada cuál tendrá su propia opinión sobre este tema. Como en todo caso concreto, la solución es siempre discutible. Nadie posee la solución exacta. Sólo Dios la conoce. Yo también tengo mi opinión y coincide con la de Trump. Pero puedo equivocarme como todo el mundo. También podría equivocarse León XIV, si comprometiese su opinión personal en este asunto tan vidrioso y polémico.

Quizá dentro de algún tiempo los historiadores puedan juzgar el asunto con mejor perspectiva y mayor imparcialidad. En rigor, es una cuestión que sobrepasa de suyo la inteligencia humana. Sólo en el Juicio Final nos enteraremos con toda precisión de de hasta qué punto Trump estuvo o no justificado en sus decisiones, como parece haberlo estado la mujer policía antes mencionada.

Mi intención es únicamente recordar lo obvio. Hay ciencia ética de los principios generales, pero no hay ciencia ética de los casos concretos. En éstos sólo hay las decisiones de la libertad positiva de una persona, que carga con toda la responsabilidad de lo que hace. Para eso el espíritu pensante y valiente tiene delante el arco de los valores éticos, y es fácil reconocerlos gracias a la Regla de Oro.

Por eso es posible en principio un acercamiento entre dos posturas, que aparentemente están en oposición frontal. No son tan inconciliables como parecen a primera vista. León XIV pudiera instalarse en el nivel intelectual de los principios morales, sin involucrar su autoridad moral en un discutible caso concreto. Y Trump pudiera reconocer que toma sus decisiones en el nivel intelectual de los casos concretos, sin cuestionar principio moral alguno.

Lo que trato de enfatizar aquí es la capital distinción entre el principio general no matarás y el caso concreto de legítima defensa. He tomado como pretexto los criterios del Papa León XIV y del Presidente Trump, tan aireados como radicalmente opuestos por los medios de comunicación. Los periodistas más bien se han limitado a

considerar este enfrentamiento dialéctico como una noticia morbosa para el gran público, sin aludir por supuesto a la mencionada distinción.

Sin embargo, la racionalidad ética exige distinguir entre los principios éticos y su siempre discutible y arriesgada aplicación a los casos concretos. En último análisis esa distinción equivale a respetar la libertad positiva de cada persona, que está a prueba en este mundo. Se juega nada menos que su destino eterno, según sea su elección en las vicisitudes de su vida, que serán siempre casos concretos.

Esa es justamente la grandeza de ser libres en sentido positivo, “ser creadores ex nihilo del bien o el mal de nuestras acciones”, como decía Nicolai Hartmann.