Opinión

La eutanasia: ¿libertad y solidaridad de género?

TRIBUNA

Pedro Gago | Lunes 20 de abril de 2026

Las corrientes de pensamiento que influyen en el proceso bioideológico del que forma parte la eutanasia son el posthumanismo ―“la fe inherente a la religión secularista del hombre nuevo”, (D. Negro) ―, el humanitarismo nihilista, nacido del radicalismo psicológico de Nietzsche y el biologismo darwinista. Estas corrientes, junto al consenso político de la postguerra y la influencia de pensadores como Popper, Hayek, Camus, etc. tenían la intención de debilitar el Ser e impedir que el individuo se adhiriera a cualquier dogma metafísico, a fin de que no fuera considerado más allá de un ser biológico, prescindiendo de la cualidad esencial del ser humano: la espiritualidad. Uno de sus efectos ha sido la extensión de las bioideologías humanitarias, promotoras de la eutanasia, cuyo propósito es que los padecientes acepten voluntariamente liberarse del dolor y del sufrimiento de la vida (A. Schopenhauer). Siendo un sintetizador de las bioideologías, el progresismo considera a la eutanasia como una afirmación de la libertad humana y un rechazo (momentáneo) a la “ley severa”, una especie de escape espacio temporal a la imposición cruel de la naturaleza. Las bioidelogias evolucionistas y naturalistas ante una naturaleza indiferente (R. Dawkins), ponen el mayor interés en la progresiva desaparición de los que dejen de ser socialmente útiles.

Motivo por el que la eutanasia sería una intervención deliberada para la mejora social, al librarse de quienes han dejado de tener interés para la colectividad. La corriente progresista ha influido para que el Estado –el monstruo más frio de los monstruos fríos (Nietzsche)—sea cada vez más eugenésico, y fomente la idea de que deberán desaparecer los adultos que no sobrevivirían sin ayudas sociales ―¿progresar desprendiéndose de los débiles?―. Estas ideas han partido del enfoque de K. Marx defensor de que lo propio del sujeto no tiene importancia. Lo fundamental es el ser genérico, para quien la muerte no es el final, aunque lo sea para cada persona –¿el exterminio macabro de la naturaleza?―. ¡Qué importa que cada individuo fallezca mientras el género siga existiendo! Se colige que la muerte voluntaria sería un acto de solidaridad con la humanidad, contribuyendo al bienestar psicológico de otros individuos. Mejor aún. El eutanásico aumentaría su cuota ecologista y solidaria si donara sus órganos y fuera reciclable.

La eutanasia está abriendo la vía a otra situación de graves consecuencias: el derecho a la eutanasia colectiva, que puede llegar a ser un proyecto humano extraordinario. Los derechos colectivos consisten principalmente en la obligación de que los individuos, salvo los que integran la clase privilegiada, habrán de desaparecer de la sociedad cuando ya no estén en las condiciones adecuadas. La relación individualismo, colectivismo y solidaridad, ha asumido los principios éticos del humanitarismo práctico, lo que permitirá justificar la eutanasia. Con ella se pretende administrar la muerte con un sentimiento benévolo, por amor al género humano, y naturalmente por solidaridad –arsénico por aparente compasión-. De esta manera, la axiología jurídica en la que se asienta la Ley de la eutanasia remarcará el sacrificio humano sanitario como un progreso de la “moral médica”. Al mismo tiempo que un grupo de médicos se adaptarán a los nuevos tiempos, recurriendo a utilizar la muerte por ser el mejor tratamiento probado científicamente para curar las dolencias extremas.

Sea de forma colectiva o individual, la práctica eutanásica requiere no solo que la persona haga lo que quiera con su vida, sino la voluntad del médico, que pondrá en práctica la ética biológica, haciendo de ejecutor compasivo a los enfermos que no deseen seguir sufriendo. La Ley de la eutanasia española, ajena al garantismo del Estado de Derecho, habilita a un médico a desproveer a cualquier persona del derecho a continuar con la vida y proyectarse al futuro. Por ello, para conformarse al derecho, el médico solo necesita la habilitación legal para decidir lo que estime oportuno, estando respaldado por los demás intervinientes de la supuesta rama médica. Solo se negaría a matar legalmente el médico objetor de conciencia mientras la ley lo permita. Los apoyos sociales e individuales a la eutanasia, prefieren ignorar que en el futuro su vida quedará en un aparato con función exterminadora, dedicada a poner fin a una persona en su tránsito por el tiempo. Los integrantes voluntarios de esta sección decidirán sobre la vida humana bajo el espíritu del darwinismo social.

El personal sanitario sentenciador y el ejecutor, verdugo burocrático sostenible, en nada se parecerán a los excelentes profesionales de cuidados paliativos, que son modelos de ética profesional, cuyo objetivo radica en hacer llevadera la vida de una persona desahuciada, enfrentándose a una situación dramática con una predisposición ejemplar de ayuda humana, y con los medios disponibles, tratará de aliviarle el dolor corporal y espiritual, Desgraciadamente, al legalizar la eutanasia posiblemente desaparecerá esta formidable unidad médica, sustituyéndola por una única sección que se encargará de poner en marcha el mecanismo que conducirá al individuo a la muerte.