Sentado en uno de esos bancos que hacen oficio de reposo, leía con atención una breve obra pastoril que me ilumina por primavera, sobre todo cuando me pierdo por el Parque del Retiro. Lo prefiero entre semana, porque en días festivos es una eclosión de cuerpos en busca de tréboles de cuatro hojas.
Leer y observar. Escuchar y tamizar los ruidos de quienes nacen sabiendo cantar, ya sean abubillas, mirlos, gorriones, herrerillos, entre otras especies, trasladan lo que el ojo no suele ver ni el oído puede captar cuando somos asfalto. Por esta época en el Retiro no es raro que algún grupo de alegres chicas y chicos transite haciendo valer su osada juventud de final de curso. Sin duda, una nota de color con esa nostálgica época de la vida. Es en primavera cuando el admirado parque madrileño se muestra generoso, exuberante, abriendo sus brazos a un olimpo del jardín de jardines. Es un miércoles al azar. Un nuevo día donde la representación primaveral pone a disposición de cada cual la obra de la Creación, lugar donde todos somos actores.
Un hombre se sienta en el extremo opuesto al mío. Huye de algo, pienso que no de alguien, ya que lleva un bastón para apoyarse, de esos que ayudan a los años y a la cojera. Le oigo decir algo sobre la soledad en compañía. Me hubiera gustado preguntarle de qué tipo de soledad hablaba. Quizás de esa que ningún gobierno hace nada para remediarla, o de otra, la que si mueres en casa viendo la televisión, nadie llama a tu puerta hasta pasados dos meses o tal vez dos años. Bien vestido y aseado, no se queja, pero se lamenta de que el hombre actual necesita más abrazos en directo y menos mensajes de texto. Razones no le faltan. Intuyo que odia los móviles. Yo también. Quizás no tanto como él, pero estoy de acuerdo en que vivimos aislados, en compañía, pero ignorados. Ahora sí, me dirijo hacia él y le pregunto si se encuentra bien.
—Hace dos meses perdí a mi santa esposa. Desde entonces me he convertido en un nómada. En ese instante me hubiera gustado echarle un cabo de amarre, de esos que pueden salvar a quien corre peligro. Pero no tenía más que un libro de bolsillo, mis gafas de leer y unas pocas palabras de consuelo. —Créame que lo siento de veras —le dije. Hay veces que la industria de los favores hacia los demás no fabrica antídotos. No podía hablarle de lo bucólico que resultaba estar envueltos en aquél cantar de los pájaros, en la grandeza de lo que nos rodeaba y el ulular de los árboles. Pero no encontré el remedio capaz de curar la herida de los vacíos del corazón.
Le imaginé levantándose muy temprano, allá en cualquier lugar de la ciudad. Salir de casa y mezclarse con la insaciable muchedumbre. Cada cual a lo suyo en ese infiel tráfago capaz de devorar a los tímidos de vocación. Al menos, me dije, ahora está aquí, en este vivo y a su vez anónimo rincón en donde respirar está permitido y sin límites. Entonces me acordé de que todos soñamos despiertos con hacer lo único que cambiaría las cosas. La situación creada entre ese hombre y yo me había conducido a la llamada del vacío, una decisión inevitable incluso cuando no hacer nada implica decidir. ¿Y si sentirte perdido en la vida fuera una señal? —me pregunté.
Una de las teorías del filósofo danés Søren Kierkegaard nos acerca a la realidad de nosotros mismos cuando nos dice que las cosas más sublimes y bellas de la vida no se deben desaprovechar, solo se deben vivir actuando de inmediato. Eso nos anima a conducirnos sin miedo a caer en el error de convertirnos en seres teóricos de la vida. Fue entonces cuando me acerqué a aquel hombre y lo abracé como un náufrago puede abrazar un salvavidas. Me agradeció, y yo le devolví el gesto debido a que este artículo cobró vida gracias a él.