Las guerras actuales son extraordinariamente costosas debido a la sofisticación tecnológica, la logística global y el mantenimiento de sistemas de armas avanzados. En el caso de un conflicto bélico como el reciente en Irán, sus costes estimados (según diversas fuentes oficiales) son: a) Estados Unidos (despliegue naval y aéreo, apoyo logístico, inteligencia) puede incurrir en costes diarios de entre 150 y 300 millones de dólares. b) Israel, por operaciones militares directas, movilización de reservistas y uso intensivo de sistemas de defensa, asumiría entre 200 y 400 millones de dólares diarios. c) Irán soporta una carga significativa en movilización militar, infraestructura dañada y operaciones ofensivas, de entre 100 y 250 millones de dólares diarios.
En conjunto, cada día de guerra en este conflicto puede costar entre 450 millones y 1.000 millones de dólares. Y esto sin incluir los costes indirectos y derivados como reconstrucción, atención a veteranos, impacto económico global o crisis humanitarias originadas.
Estas gigantescas cifras adquieren una dimensión especial cuando se comparan con intervenciones de salud pública y nutrición infantil en el contexto mundial.
En alimentación, los programas de emergencia de UNICEF y otras agencias humanitarias estiman que una ración terapéutica lista para usar (RUTF), diseñada para tratar la desnutrición aguda severa en niños, cuesta aproximadamente 0,30 a 0,50 dólares por unidad, lo cual conlleva que el tratamiento completo de un niño con desnutrición severa durante varias semanas puede costar entre 40 y 60 dólares. Esto significa que con un millón de dólares se pueden tratar entre 16.000 y 25.000 niños, y por tanto que con 100 millones de dólares (menos de un día de guerra) se podrían tratar unos 2 millones de niños.
Por otra parte, las vacunas siguen siendo una de las intervenciones más coste-efectivas en salud pública. Si consideramos tres enfermedades infecciosas especialmente letales en contextos vulnerables: A) Sarampión (altamente contagioso, con mortalidad significativa en niños desnutridos): El coste por dosis es de 1 dólar. B) Polio (erradicable pero aún persistente en numerosos territorios): El coste por dosis oscila entre 0,15 y 0,20 dólares C) Neumonía (vacuna neumocócica), coste por dosis: entre 2 y 3 dólares Todo ello significa que vacunar completamente a un niño contra estas enfermedades puede costar entre 10 y 15 dólares considerando múltiples dosis y costes de logística.
Si tomamos un escenario conservador, podemos concluir que con 500 millones de dólares en un solo día de guerra, se podría: a) Proporcionar tratamiento completo contra la desnutrición a 8 a 12 millones de niños, o b) Financiar hasta 500 millones de dosis de vacunas contra el sarampión, o vacunar completamente a 30 y 50 millones de niños contra múltiples enfermedades. En otras palabras, un solo día de guerra equivale potencialmente a salvar decenas de millones de vidas infantiles o prevenir enfermedades a una escala global masiva.
Los defensores del gasto militar argumentan que la seguridad nacional no tiene precio. Sin embargo, esta afirmación ignora que los recursos son finitos. Los economistas postulamos la necesaria consideración del concepto de coste de oportunidad (aquello a lo que se renuncia o deja de hacer cuando se toma una decisión) pero rara vez los políticos lo aplican con un mínimo rigor en el ámbito militar; no tienen en cuenta que cada dólar asignado a la guerra es un dólar que no se invierte en salud, educación o desarrollo. Si ello se hiciera, el debate público y social sobre los enormes gastos bélicos sería radicalmente distinto.
En resumen, hemos de tener presente que el coste anual para erradicar el hambre extrema a nivel mundial se estima en decenas de miles de millones de dólares, siendo esta cifra equiparable a unas pocas semanas de guerra de alta intensidad. Ello pone de manifiesto una injusticia distributiva estructural a nivel global: el mundo no carece de recursos, sino de voluntad política para asignarlos de forma equitativa.
Frente a esta realidad, no basta con la indignación. Creemos necesario adoptar medidas concretas como:
1) Impuesto global sobre el gasto militar: Una pequeña tasa (por ejemplo, del 1 o 2%) sobre el gasto militar de los países podría generar miles de millones destinados a programas de nutrición y vacunación.
2) Fondos vinculantes para desarrollo humano: Organismos como el Banco Mundial o el FMI podrían exigir que una parte del gasto militar se compense con inversiones equivalentes en desarrollo humano.
3) Transparencia obligatoria: Los gobiernos deberían publicar de forma detallada y accesible los costes diarios de sus operaciones militares, incluyendo comparaciones con necesidades sociales.
4) Refuerzo de agencias internacionales: Organizaciones como UNICEF, la OMS, ACNUR, y el Programa Mundial de Alimentos necesitan una financiación estable y predecible, y no dependiente de crisis puntuales.
5) Incentivos a la paz: La comunidad internacional podría establecer mecanismos económicos que premien la desescalada y penalicen la prolongación de conflictos.
El contraste entre el coste de la guerra y el coste de salvar vidas no es solo una cuestión técnica, sino profundamente ética. No se trata de negar la complejidad geopolítica ni los riesgos reales de seguridad, sino de reconocer que las decisiones presupuestarias reflejan prioridades. Hoy, el mundo demuestra una capacidad extraordinaria para financiar la destrucción. La pregunta es si será capaz de demostrar la misma determinación para financiar la supervivencia y la vida.
La guerra de Irán no solo representa una gigantesca tragedia humana directa, sino también una pérdida masiva de oportunidades para mejorar el bienestar global. Cada día de conflicto consume recursos que podrían alimentar, vacunar y salvar a millones de niños. La comparación no es retórica: es medible, tangible y verificable, y precisamente por eso resulta incómoda para una gran parte de los políticos y mandatarios, viniendo a demostrar, en definitiva, que el problema no es la falta de recursos en el mundo, sino las decisiones políticas que se adoptan sobre cómo utilizarlos.