9.5/10
Todos tenemos una película que en algún momento de nuestra vida nos impacta de un modo especial, una película que se incrusta en nuestra cabeza y que cada noche nos hace soñar, sentir que estamos dentro de ella como sus protagonistas. A finales del 77, es decir, hace muchos años en una galaxia cada vez más lejana, estaba pasando las navidades en La Coruña y fui a ver Star Wars con mi padre y mi hermano al cine Avenida, que por supuesto ya no existe: Ahora es un banco. La que podía haber sido una película más, se convirtió para mí en una especie de obsesión que por suerte se difuminó con el tiempo, pero que incluso hoy en día mantiene un magnetismo que he visto reflejado en las caras de mis cuatro hijos. Cuando la ven —lo que ha sido muy frecuente a lo largo de los años— yo me siento a su lado y no puedo evitar quedarme allí, extasiado, siendo todavía ese niño de ocho años alelado. En estas páginas sin tinta intentaré transmitir qué es lo que genera ese sentimiento tan poderoso.
(NOTA) Tengo que aclarar que en esta crónica hablaré solo de la primera Star Wars que se filmó y que ahora corresponde al Episodio IV – Una Nueva Esperanza, porque la verdad es que ni siquiera sé cuántas más se han hecho. La segunda trilogía me alejó para siempre de ese universo.
Vayamos a la elucubración hiperespacial, sin la cual no somos nadie. Si el Star Wars de George Lucas entró casi instantáneamente en los anales de la leyenda cinematográfica es porque en muchos aspectos, la historia que se despliega ante nuestros ojos pertenece a la mitología clásica. Absorbió mucho más que sus contornos y líneas; abrazó a sus personajes de siempre con sus fuerzas motrices, a los que dio un escenario —literalmente un universo entero— y los actualizó y engrandeció. El niño que yo era esos días al verla por primera vez no lo sabía, pero sí lo entendía, como lo entendieron todos los demás. El ser humano y sus emociones, miedos y anhelos es universal y por ello siente cosas similares ante los mismos estímulos.
Si bien los clásicos no previeron la representación de las espadas láser ni los viajes a la velocidad de la luz, sí analizaron la dinámica de la tragedia con un rigor y una agudeza que encontramos reflejados en el destino de Darth Vader y su descendencia. «Yo soy tu padre» (no salió en esta, pero no me pude resistir). Uno de los mayores méritos de la película es haber demostrado que la ciencia ficción era el último bastión de la narrativa mitológica. Es el único género capaz de abarcar de forma natural historias tan vastas y expansivas como la humanidad a la que están dedicadas. Este poder temático casi siempre deslumbra a los jóvenes espectadores (mi yo de ocho años), pero no es el único logro de la película. Su guion, a menudo criticado por su simplicidad, es una obra maestra de escritura concisa y narración exquisita. Lucas solo necesita una secuencia directa, sin adornos, para presentarnos a cada uno de sus personajes y que todos los identifiquemos de inmediato como si fueran conocidos de siempre. Y no tiene ni un solo tiempo muerto, ni un segundo de descanso, siempre pasa algo, y cuando acaba no comprendes cómo has pasado dos horas sin respirar cuando el récord mundial de apnea son veintinueve minutos…
Algo que nos sorprende a todos la primera vez que lo vemos es la enorme riqueza de este universo inventado, así como su coherencia: personajes, naves espaciales, uniformes, criaturas, etc. Pocas obras me han dejado con la sensación de haber abierto una ventana a un mundo autónomo que de algún modo intuía previamente. Durante casi cincuenta años, este universo creado por George Lucas ha influido en la ciencia ficción y cautivado a los fans de sus aventuras. Sin embargo, Star Wars estuvo a punto de no ver la luz. Rechazada por United Artists y Universal, su director tuvo que aprovechar el éxito de taquilla de American Graffiti para conseguir financiación para este proyecto con 20th Century Fox.
Como decía antes, es esta una obra mucho más compleja de lo que parece a primera vista. Con innumerables influencias como Flash Gordon o Isaac Asimov, George Lucas se inspiró en muchas fuentes para crear su propio universo. Esto explica la sensación de familiaridad que emana de esta primera película, siempre en lucha contra la novedad que a su vez supone. Con familiaridad me refiero a la forma en que logra que el espectador se siente en un terreno conocido mientras descubre algo completamente nuevo. Al contrario que las posteriores trilogías y sus esperpentos sacados de quicio, esta cinta basa su gran efectividad en un trazado básico que narra una sencilla historia de fantasía y aventuras — bien podría haber estado ambientada en el medievo o en el oeste americano— mezclándola con un contexto de ciencia-ficción de forma muy habilidosa.
Y como en toda buena novela o película, la evolución de los personajes es fundamental. El inexperto Luke aprende y se convierte en un tipo duro; el cínico Solo resulta no ser tan cínico; y la suave princesita a quien van a rescatar es a la postre quien les rescata a ellos. En la siguiente veremos que hasta el malvado Vader tiene su corasonsito… pero eso será otro día.
Este sentimiento de familiaridad que tenemos los de mi generación quizá no es compartido por quienes descubrieron la película mucho más tarde como parte de una serie, como un IV capítulo, cuando la franquicia ya se había convertido en un engendro de la ciencia ficción y del mercado en su peor acepción. Star Wars podría haber sido fácilmente una película independiente sin secuelas, pese a un final que a todas luces presagia continuación. O finalizar con la primera trilogía, que toda ella fue extraordinaria y aún coherente. Lo que vino después fue prescindible. Quizá esto sea lo que le confiere a la película uno de sus aspectos más interesantes: su constante búsqueda de sí misma, sin saber si seguirá siendo la única creación de su autor o si debería mirar hacia el futuro y reservar algunos de sus recursos para posibles secuelas. Vemos que optó por lo segundo, para desgracia de la humanidad.
Star Wars supone una gran experiencia visual en la que podemos observar la influencia de los maestros que George Lucas admiraba, y especialmente la de 2001: Una odisea del espacio de Stanley Kubrick y La fortaleza escondida de Akira Kurosawa. De hecho, cada plano de una nave espacial o un planeta podría interpretarse como un eco de 2001, lo mismo que las peleas de espadas son calcadas al film japonés. A nivel argumental, Lucas se decidió por una trama mucho más al alcance de públicos —y mercados— masivos, con un hilo menos disruptivo que los de Kubrick o Kurosawa, solo aptos para expertos muy ensimismados. Las batallas espaciales son diferentes a todo lo que habíamos visto antes, y su éxito depende en gran medida de los avances en efectos especiales de los que se benefició esta película, muchos de ellos puestos en escena por primera vez aquí.
No voy a hablar del argumento, pues sospecho que todos los lectores lo conocéis de sobra, pero sí de la música, compuesta por un gigantesco John Williams. Steven Spielberg, que acababa de rodar Tiburón, fue quien le presentó a este compositor a Lucas. Y no hace falta decir que John Williams hizo otra vez historia componiendo este trabajo. La épica, la aventura, el drama, el humor, la acción, la tensión, y el suspense, se encuentra en cada nota de cada uno de los temas de Star Wars. Una banda sonora inolvidable, que siguió en el resto de las películas de la saga y que sin duda es imagen de marca. Quizá siendo ditirámbico, que siempre me llena de gozo, sea la banda sonora más reconocida por todas las personas de este mundo, vivas, muertas, o mediopensionistas, hasta el punto de ser más famosa que la propia película: es parte del acervo cultural mundial. Y si de nuevo volvemos a ese niño de ocho años, de nuevo nos encontraremos con esa nostalgia que quizá se agravó debido a esta música entonces desconocida.
Toda esta aventura en las estrellas no sería completa sin unos personajes a la altura. El casting se dividió entre Estados Unidos y el Reino Unido. Como gran parte del rodaje sería en Inglaterra, una parte se hizo allí para los secundarios sin rostro, que se decidió que hablaran con acento british. Anthony Daniels fue C3PO gracias a su estilo teatral de mimo inglés. R2D2 iba a ir por control remoto, pero eligieron a Kenny Baker y le metieron dentro de la lata. Peter Mayhew fue el peludo Chewbacca. Y David Prowse el malvado Darth Vader. El resto de los actores son bien conocidos: Harrison Ford (Han Solo), Mark Hamill (Luke), Carrie Fisher (Leia), Alec Guinees (Obi-Wan) y Peter Cushing (Tarkin) entre otros. Excepto los dos últimos (británicos y mayores), los tres americanos eran jóvenes y muy cool. A Carrie Fisher, Lucas la conoció cuando ella se presentó a la selección de Carrie, de Brian De Palma. Y Harrison Ford, en aquella época era carpintero y fue sugerencia de un productor que le había visto instalando una puerta. Eso es el destino, y muchos seguirán sin creer en él.
George Lucas terminó su cuarto borrador del guion cuando todavía no habían terminado las negociaciones con la 20th Century Fox. Y fue entonces cuando se cerró uno de los contratos más famosos de Hollywood, en el que el director prescindió de su sueldo a cambio de hacerse con los derechos para las secuelas, las licencias, y el merchandising. El resto lo conocemos y se convirtió en la persona que más dinero ha ganado en toda la historia del cine.
El 22 de marzo de 1976 comenzó el rodaje (Túnez, Reino Unido y Guatemala), ya con su título definitivo: Star Wars. Y se convirtió en toda una odisea. Sin llegar siquiera a la primera semana del rodaje, desde ILM (su empresa de efectos especiales) le dijeron que ya habían gastado la mitad del presupuesto sólo para un plano inicial. Quedaban trescientos más. Lucas ingresó en un hospital por un ataque de ansiedad y eso paró la producción. Pero los trabajadores de ILM consiguieron acabarlo a tiempo gracias a miles de horas extras que hicieron gratis y pudieron ajustar el presupuesto y salvar la empresa (nota a sindicalistas…) Pasados casi cincuenta años, es increíble lo bien que han envejecido todos los efectos especiales de Star Wars. Lo que Lucas consiguió en su momento supuso un salto de gigante con respecto a casi todo lo que se había visto hasta entonces en términos de trucajes, y desde el ataque inicial a la nave rebelde por parte del crucero imperial hasta el citado asalto a la estación de combate del imperio, el asombro era perpetuo y lo conseguido, majestuoso. En la segunda trilogía pasamos a la hecatombe digital y de ahí no nos hemos sabido mover. Todo es fácil y nada es autentico, se pierde realismo en aras del propio realismo que de tan realista es falso y no nos engaña.
Si hoy ese niño que ya no tiene ocho años sigue dando la matraca con esta película es por algo. Para que nos hagamos una idea cronológica, Franco llevaba dos años muerto cuando comenzó este idilio. La magia de Star Wars impregnó todo su ser y quizá esas navidades del año setenta y siete no imaginaba que tantos años después seguiría viviendo en él, pues siempre tuvo la sensación de ser parte de ella. Probablemente ese niño todavía no sabía lo que era el futuro, ese concepto aún más invisible que el pasado, porque con ocho años solo existe el presente inmediato. Quizá películas como esta solo se dan una vez cada cincuenta años y estamos a punto de encontrarnos con la próxima pero, siendo francos, creo que para que los mitos se entronquen hace falta tener toda la vida por delante y yo ya tuve la suerte de encontrar el mío en el 77.