Opinión

¿Cambio de ciclo?

TRIBUNA

Fernando Maura | Sábado 25 de abril de 2026

Los historiadores aseguran que el siglo XX concluía con la desaparición, en 1989, del Muro de Berlín. Seguramente deberían transcurrir dos décadas para que la crisis, en el año 2008, de Lehman Brothers diera paso a fenómenos que apenas intuíamos con la alegría del desvanecimiento de las dictaduras soviéticas, y que algunos pensadores certificarían erróneamente como “el fin de la historia”. La polarización política destruía el consenso básico que había convertido las democracias en sistemas estables, los populismos de extrema izquierda y derecha recusaban el orden establecido, la ideología woke anticolonialista, del Me Too y del Black Lives Matter, inundaba la cosmovisión política, la creación cultural y el entertainment, y el mundo representativo veía cómo sujetos, en apariencia inofensivos, como Trump, Orban o Pablo Iglesias entraban en los gobiernos y se aplicaban en la demolición de los espacios que hasta entonces lo habían sido de convivencia… por supuesto que con desiguales condiciones y resultados.

Sería precipitado deducir consecuencias de fenómenos que pudieran considerarse como sucesos desconectados entre sí, pero que admiten una explicación que los integra de manera tal que nos facilitan una comprensión más cabal de que algo nuevo es posible que esté ocurriendo.

Se trata de tres fenómenos -dos exteriores, uno interno- que, desde mi particular punto de vista, abren una ventana a la esperanza para quienes deseamos advertir alguna certeza en estos inciertos tiempos.

El más significativo desde luego es el relativo a la desastrosa guerra iniciada por Trump y Netanyahu contra el régimen de los ayatolás en Irán y su satélite terrorista de Hezbollah en Líbano. Una operación militar iniciada sin un plan previo ni objetivos concretos -más allá de los específicos que en estas acciones ha puesto el gobierno de Israel-, que sitúa a la economía global en grave riesgo de recesión -según el FMI-, el espectacular incremento en los precios del petróleo y del gas y un aumento en la volatilidad financiera en los mercados.

Un presidente -un patán, lo califica Carlos Granés, en su ensayo “El rugido de nuestro tiempo”- comprometido a que Estados Unidos nunca se involucraría en ninguna guerra, ha desatado la reacción de su país. Su población, de manera abierta está rechazando el conflicto bélico en porcentajes que -según las diversas encuestas- oscilan entre un 55% y dos tercios de sus ciudadanos, como por supuesto rechaza las consecuencias que produce en sus economías particulares. Las próximas elecciones de medio plazo, que se celebrarán el próximo mes de noviembre, supondrán un test del impacto de la errática e histriónica gestión de Trump y es posible que hasta pongan en peligro la eficacia de la segunda parte de su mandato.

El segundo de los fenómenos se acaba de producir en Hungría, donde el candidato alternativo a Víktor Orban, Peter Magyar -salido de las filas de Fidesz, el partido de aquél- ha conseguido una victoria del 54% de los votos frente al 39% del primer ministro en ejercicio, y una mayoría parlamentaria de dos tercios. Orban, una piedra en el zapato de la UE, cercano a Putin y a la administración Trump, y contrario a la viabilidad de Ucrania como estado soberano y a la integración europea, concluye ahora un mandato que en total ha durado dos décadas.

Ya dentro de nuestras fronteras, cabe observar el inicio del deslizamiento de Vox en una peligrosa -para ellos- pendiente. El tratamiento que su equipo dirigente está haciendo de su disidencia interna, con casos tan sonados como los de Espinosa de los Monteros, Ortega Smith y otros, recuerda poderosamente a los que hemos conocido en partidos que emergían con la ilusión y la generosidad de sus militantes, y que muy pronto se veían reglamentados y controlados por los aparateros al uso.

Pero ocurre que en este periodo autonómico electoral abierto de una manera un tanto inconsciente por el PP, los espectaculares resultados obtenidos por Vox en Extremadura y Aragón lo han sido menos en Castilla y León y no auguran mejorar demasiado en Andalucía. Por supuesto que han conseguido colar en el debate nacional el asunto de las prioridades en la prestación de los servicios públicos, contribuyendo a levantar un muro -otro más- entre los españoles de origen -con arraigo, dicen los populares- y los procedentes de otros países. Una vez más, el PP deberá lidiar con este morlaco que quizás le proporcione un susto parecido al que han padecido los no menos populares diestros Morante de la Puebla y Roca Rey.

¿Está empezando Vox a pinchar cuando juega en beneficio exclusivamente propio a condicionar las investiduras de los candidatos autonómicos del PP? ¿Beneficia al PSOE sanchista más que a su sustitución? ¿Es esto lo que quiere su electorado o está éste ya tan harto que sólo pretende refugiarse en el voto que más le complace?

Decía el profesor Florentino Portero, en un podcast del foro LVL de política exterior, que resulta difícil imaginar cómo puede funcionar una internacional compuesta por nacionalistas. Es evidente que, si lo son -nacionalistas-, sus prioridades serán endógenas, y en momentos de crisis, la última razón de ser ya no guarda relación con fidelidades exógenas. Mucho menos cuando quienes las exigen ni les consultan ni tienen en cuenta los intereses que defienden.

En el caso de que quien firma este comentario no esté confundiendo deseos con realidades, no deberían las fuerzas políticas tradicionales considerar que la burbuja del populismo está estallando como una pompa de jabón y que la situación volverá a la normalidad anterior a la expresada de 2008. La sociedad está atravesando una situación de cambio permanente, la integración social e intergeneracional resulta cada vez más compleja: los jóvenes están insatisfechos, los mayores son incapaces de entender lo que está ocurriendo en un mundo y una tecnología que les supera, la clase media se encuentra cada vez más apretada y no todo el mundo -ya se ve- considera que la inmigración es positiva, aunque parezca difícil imaginar a nuestros ancianos sin cuidadores, a la hostelería sin camareros, a la construcción sin operarios, al campo sin recolectores… todos ellos foráneos.

No basta a la política tradicional con que la nueva política cree y extinga a sus propios vástagos. Es preciso que se despoje de su uniforme de toda la vida y se ponga el mono de trabajo, las deportivas y las gafas de ver más allá de lo más cercano y evidente.

Lo que nos ocurre es que, de esas gentes, andamos bastante escasos por nuestros pagos… y por otros.