El rey británico Carlos III y la reina Camila emprenden mañana un viaje a Estados Unidos en el momento más bajo de la relación bilateral entre el Reino Unido y Estados Unidos, agravada particularmente por la negativa británica de sumarse a la guerra contra Irán y prestar ayuda a su tradicional aliado estadounidense.
Es una visita donde hay "mucho en juego, muchos riesgos y muchas oportunidades", dijo una fuente de Palacio a la emisora pública BBC, reconociendo el complicado momento en que se produce una visita programada con mucha antelación dentro de los festejos por los 250 años de la independencia de Estados Unidos; es decir, mucho antes de que estallara la guerra.
La negativa del primer ministro británico Keir Starmer a "dejarse arrastrar a una guerra" -según sus palabras- enfureció al presidente estadounidense Donald Trump, que proclamó que Starmer "no era Winston Churchill", antes de burlarse de él imitando su voz en público.
Tras esa negativa, Trump describió la flota aérea militar británica como "dos aviones medio rotos" y dijo que su armada no tenía buques sino "juguetes".
Antes de que estallara la guerra contra Irán, Trump había desatado la indignación nacional al decir en enero que los británicos "se habían echado atrás" y habían dejado solos a los estadounidenses en la guerra en Afganistán, ignorando que los británicos perdieron a 457 soldados en ese conflicto.
El pasado viernes, una comunicación interna del Pentágono echó de nuevo sal en la herida al proponer que Estados Unidos podría reconsiderar su postura sobre la soberanía de las islas Malvinas (de titularidad británica pero reclamadas por Argentina) en represalia por las distancias tomadas por el Reino Unido en la guerra de Irán.
Pero el descontento de Trump con el Reino Unido no acaba ahí, sino que se suma a muchas otras discrepancias: el viernes, el presidente Trump dijo en una entrevista que piensa evocar ante el rey Carlos III -pese a que el monarca carezca de competencias políticas- la cuestión de la tasa digital del 2% impuesta por el gobierno de Londres a las grandes empresas tecnológicas.
Amenazó con imponer a los británicos "un gran arancel" si no revocan esa tasa -que ha procurado al tesoro británico 800 millones de libras o 920 millones de euros en 2024-25-, evocando una de sus armas preferidas.
En otra entrevista esta semana, Trump evocó dos temas más que le molestan del Reino Unido: uno es su política migratoria que él considera laxa -ha dicho con frecuencia que "a Londres no hay quien la reconozca" por la cantidad de inmigrantes-, y otra es la moratoria del gobierno británico a abrir nuevas exploraciones petroleras en el mar del Norte.
Ambas cuestiones, pese a ser de política interna británica, son vistas casi ideológicas por parte de Trump, que ha hecho del control migratorio y del negacionismo climático pilares de su gobierno.
El diario británico The Guardian escribía ayer que son pocos los que envidiarán a Carlos III en su visita a Estados Unidos, entre otras cosas porque él es un hombre criado en las más estrictas reglas de un protocolo que su interlocutor se empeña en destrozar en cada ocasión.
"Lidiamos con un presidente muy imprevisible, pero si alguien puede ejercer alguna influencia en Trump, ese es el rey Carlos", dijo por su parte a la BBC el historiador Andrew Lownie, experto en la casa real británica.
Lownie se refería al 'poder blando' que despliega la monarquía británica y al que es particularmente sensible Donald Trump, quien no ha ahorrado elogios hacia Carlos III, "un gran hombre".
Ahora bien, que Carlos III sea capaz por sí solo de restañar las profundas heridas de una relación antaño privilegiada, eso está por ver. Después de todo la 'relación especial' que el Reino Unido se ha jactado de tener con Estados Unidos es cada vez más una quimera, sobre todo vista desde el lado estadounidense, donde el Reino Unido es solo un país europeo más.