Traducción: Celia Filipetto. Libros del Asteroide. Barcelona, 2026. 312 páginas. 22,95 €. Libro electrónico: 10,99 €.
Por David Lorenzo Cardiel
Antes de la Segunda Guerra Mundial, Viena era la capital de la sofisticación. En sus calles coincidió una suerte de hombres y mujeres que habría de cambiar el destino del viejo continente. Hitler, Stefan Zweig, Freud, arquitectos y artistas de la Bauhaus alemana, revolucionarios marxistas, escritores, bohemios, príncipes de adineradas dinastías burguesas.
Aquella Viena representaba, en silencio, la capital de Europa, una Europa que todavía soñaba con hacer bueno su modelo de imperios, aunque nunca tuvo definido qué clase de imperio quería construir, si uno adaptativo o uno opresor. Quizás esa fue la mayor de las tensiones subyacentes a los dos conflictos mundiales: las viejas naciones —menos España, que sólo aspiraba a guardar las formas— querían dominar el mundo, pero no sabían cómo.
La llegada de Hitler y los nacionalsocialistas al poder alemán a partir de 1933 supuso una derrota social para el orbe germánico, que no se limita a Alemania, sino a toda su esfera cultural (buena parte de Suiza, Austria, el oeste de Polonia, partes de la República Checa o el sur de Dinamarca, por ejemplo). Los nazis derogaron la pusilánime República de Weimar, nacida a partir de las vejaciones impuestas en el Tratado de Versailles; el regreso del exiliado emperador era una posibilidad que prácticamente nadie se atrevía a situar encima de la mesa.
En medio de aquel caos económico, social e identitario, los nazis crearon un partido populista de cuyos tentáculos, conforme avanzaban los delicados años treinta del siglo pasado, era difícil escaparse. Este proceso sibilino, pero rotundo, de ocupación y modelación de la sociedad civil trajo una postguerra muy complicada para la Alemania ocupada y dividida. También lo sigue proporcionando ahora a algunas familias que, roto el silencio con el avance generacional, no saben si arriesgarse a revisar la actividad de sus ancestros recientes o ignorarla.
Algo parecido sucedió en Austria, salvo que el país, fruto de la desintegración del próspero imperio, cargaba con una doble herida: el Anschluss y la imposibilidad de regresar al estado imperial previo a 1914. Su papel de víctima en las aspiraciones alemanas le permitió ser «liberada» de la ocupación aliada antes que a sus vecinos del norte. Sin embargo, en medio de aquel retorno a la república había titubeo, cuentas pendientes y miedo, un exceso de temor a las consecuencias de quienes escaparon de la tragedia nazi y querían regresar a su patria.
Descubierta póstumamente por su nieto en 2013, El regreso de los exiliados, de la aristócrata y académica, Elisabeth von Ephrussi (De Waal, en su apellido de casada) abarca el delicado regreso de miles de personas a Austria, cada una portando consigo su historia y su carga de dolor. Aquella Viena de la segunda postguerra no se parecía en nada a la bulliciosa y cosmopolita urbe continental.
A través de las páginas de esta novela, a mi juicio, escrita con la elegancia magistral de los mejores escritores de mediados del siglo XX, De Waal ofrece al lector la vida de una serie de personajes que, más allá de su realismo o su dimensión ficticia, representan arquetipos: desde el científico, de la mano de Kuno Adler, hasta Marie-Theres, una adolescente rebosante de la melancolía propia de la edad.
El punto fuerte de la narración es su calidad y su estrecho marco temporal, de apenas año y pico, en los años cincuenta. Es el momento del aperturismo, de la desocupación y del levantamiento de la sospecha. Pero, en aquella Austria en ruinas, aquella Austria repleta de fragilidad, ¿quién podría sentirse seguro? En la novela pasan aristócratas arruinados, oportunistas, intelectuales que persiguen reconstruir la Viena que recuerdan que fue, pero que no podrá volver a ser jamás.
Basta un pequeño fragmento para que el lector o lectora se convenza: « (…) Sin embargo, Zúrich iba quedando atrás. No se había bajado del tren, de modo que esa explicación de sus movimientos ya no era defendible. ¿O sí? El Arlberg Exprés en el que viajaba no paraba hasta Buchs, en la frontera. Pero Buchs estaba en Suiza, a este lado del Rin, que en ese punto era apenas un pequeño río que formaba la frontera real entre dicho país y Austria. Podía bajarse en Buchs si lo deseaba y esperar el siguiente tren de vuelta a Zúrich. Nadie se enteraría. Y aunque se enterasen, ¿qué más daba? Había estado enfrascado en la estructura química de ciertas secreciones, no se había enterado de que el convoy entraba en Zúrich y, de repente, se había visto en Buchs. Eso mismo diría. Era un profesor distraído, de esos que buscaban afanosamente las gafas que llevaban ensartadas en la nariz. Entonces sonrió. ¡Qué ridículo era! ¿Con quién discutía, a quién intentaba convencer? No debía rendir cuentas de sus actos a nadie, a nadie en el mundo. Ni siquiera a Melanie. A ella menos que a nadie. Jamás lo había entendido ni había hecho el menor esfuerzo por comprenderlo. Desconocía sus sentimientos y, de haberlos conocido, no les habría prestado la menor atención».
La editorial barcelonesa Libros del Asteroide ha apostado fuerte, pero seguro, por esta obra que paladea, en primera edición, la lengua castellana. Una novela que se disfruta desde la calma y la seguridad de saber que nos están contando una de esas historias que merece la pena recordar, a la vez que disfrutamos de literatura de muy alta calidad. Les invito a descubrir esta novela fascinante.