Opinión

Caos en Grecia

Lunes 22 de diciembre de 2008
Pasan los días y las aguas siguen sin volver a su curso en Grecia. Los disturbios originados por la muerte del adolescente Alexandros Grigoropoulos, que parecían remitir, han vuelto a recrudecerse en estas últimas fechas. El resultado: millones de euros en pérdidas materiales, una fractura social evidente y un país, cuna de la democracia, que ve cómo su clase política no es digna del pueblo al que dice representar. En este sentido, el desprestigio de los políticos griegos parece algo generalizado, ya que un sondeo del centro demoscópico “Focus” muestra que Nueva Democracia ha perdido cinco puntos porcentuales de apoyo en los últimos 20 días y el PASOK, un 2,5%. Por su parte, el primer ministro democristiano, Costas Caramanlis, ha intentado aplacar los ánimos todo lo que ha podido, sin éxito.


Bien es verdad que le habría venido muy bien contar con el apoyo de la oposición ante una situación de emergencia nacional. Pero Caramanlis es democristiano y la oposición la conforman socialistas y comunistas. Ellos han sido los principales agitadores de esta revuelta, deseosos de obtener unos réditos electorales que les negaron las urnas. Al mismo tiempo, se han aprovechado de la actual situación de crisis económica e institucional que vive Grecia, donde han aflorado más casos de corrupción últimamente de lo que la ciudadanía podía digerir.


Con todo, la actual situación es totalmente inaceptable. El policía que disparó sobre Alexandros Grigoropoulos está detenido, el Gobierno ha pedido perdón y la justicia actuará. No es bastante. La memoria de un adolescente muerto vale muchísimo más que todos los escaparates rotos, contenedores incendiados y piedras arrojadas. Nada de eso le devolverá la vida. Antes al contrario, quienes cometen actos de vandalismo en su nombre lo mancillan. Ninguna sociedad democrática debe tolerar las conductas salvajes de individuos que se dedican a destrozar a la mínima ocasión. Quien así protesta, pierde la poca o mucha razón que pudiera asistirle. Por muy comunista que sea.