Cultura

Tatiana Țîbuleac: "No se admite en público que un hijo pueda odiar a su madre"

ENTREVISTA

Francisco A. Estévez Regidor | Lunes 27 de abril de 2026

Hay novelas que buscan conmover y otras que prefieren herir para decir la verdad. El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Țîbuleac, pertenece sin duda a las segundas: bajo la historia de un hijo que recuerda el último verano junto a su madre late una indagación implacable sobre el odio, la culpa, el cuerpo y la posibilidad misma del perdón. Hablamos con la autora sobre la maternidad, la crueldad, la corrección literaria y su prosa cortante que no admite dulcificaciones.

Empezaré esta entrevista con una impresión muy concreta: la lectura de El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes no parece nacer de un argumento, sino de una combustión interna. Antes que una historia, surge como una sensación que se traslada de una manera muy viva al relato. Entonces, la pregunta sería: ¿cómo sabe que una voz merece convertirse en novela y no quedarse en un puro temblor interior?

La verdad es que un escritor nunca sabe eso, porque, cuando escribe, el primer impulso nace de qué quiere decir algo. Y luego encuentra una manera de decirlo. A veces esa manera es la escritura. Para los escritores, supongo que esa voz surge como una necesidad, casi como una necesidad física. En las primeras redacciones de esta novela tenía simplemente la sensación de que, si no escribía, no sería capaz de hacer ninguna otra cosa. Recuerdo escribir en una especie de frenesí. Ni siquiera sabía adónde me llevaría la historia, porque al principio ni siquiera había una trama. Era sólo la idea de mostrarle a ese papel que estaba enfadada, o que tenía miedo o, en fin, que todos aquellos sentimientos debían de ser evacuados de algún modo. Y, es muy cierto, llegado cierto momento, un escritor tiene que pensar en la estructura, en la forma literaria, en lo que quiere hacer, en la poesía. Pero en este caso no fue así. Eso vino después, en mi escritura, pero aquí funcionó bien porque, al escribir este, mi primer libro, de algún modo iba respondiendo a muchas de mis propias preguntas biográficas. Y sabía que ese libro lo leería mi familia, ésa era una de las razones.

Su novela plantea un tratamiento poco habitual de la crueldad: no comparece sin justificación. Es un inusual punto de partida el suyo, en el cual la literatura deja de consolar y empieza más bien a mirar sin coartadas, con una lucidez que alcanza incluso el dolor. Por concretar, hay frases en el texto que, más que describir una situación, si me permite la imagen, la dejan clavada en la cruz, de otra manera, un tratamiento constante del cuerpo. En esta construcción tan cuidada del libro, tan pensado el estilo, ¿cuándo da por terminado un fragmento, un capítulo?

Me gusta que mencione lo corpóreo y la no dulcificación de la experiencia. Creo que, en el momento en que estaba escribiendo, yo me hallaba muy marcada por lo físico, porque acababa de ser madre, y eso supuso para mí un cambio enorme, también en el plano corporal. Una se siente extraña, disminuida, casi estúpida, porque necesita un cierto grado de renuncia, ya que el primer papel de una madre consiste en sacrificarse por ese niño pequeño. De modo que, si no aparta la mente de la ecuación, nunca entenderá por qué tiene que sufrir dolor, por qué tiene que no dormir, por qué tiene que darlo todo a alguien que no le da nada a cambio, salvo estar ahí. Así que creo que, para una mujer, ése es un momento transformador de la vida. Pienso que, sin esa frustración interior —porque yo era como cualquier otra mujer que ha tenido un hijo: no dormía, tenía mal aspecto, me sentía inútil—, no habría escrito así. Y todo eso hizo que mi escritura fuera, en efecto, muy corpórea y muy física. De modo que tomé aquello que me resulta más fácil hacer, escribir, y compuse esa mezcla entre mis sentimientos y la escritura. Por supuesto, no lo dulcifiqué, porque ¿qué sentido tendría dulcificar una escritura de esa índole? Está usted escribiendo sobre un adolescente y su madre, y, si pretende que un hijo no puede odiar a sus padres, si pretende que el niño no puede desear en algún momento que su madre desaparezca porque le molesta o porque no le da lo que necesita, entonces no hacen falta, ¿verdad?, esta clase de novelas. Para mí era importante que estuvieran esos conflictos, porque mi idea era que mi hijo, cuando creciera, leyera este libro y entendiera que nadie enseña a una madre a ser una buena madre. Nadie le enseña a una a querer lo suficiente a un hijo. No sabemos amar como personas; no lo sabemos, porque cada persona necesita formas distintas de amor. Así que yo quería que él supiera que, si para él no era bastante, yo hice lo mejor que pude. Pero, en el fondo, es una especie de explicación del amor. Pero sin dulcificaciones pues hablo del maltrato infantil, de palizas, de violación, de personas despojadas de su identidad, incapaces de hablar su propia lengua.

Todo ello remite también a una cuestión espinosa: qué espera un escritor de sus libros. El prestigio, el éxito, los premios, incluso cierta corrección del gusto o de la sensibilidad contemporánea. ¿Hasta qué punto todo eso pesa en la escritura? Y, en su caso, ¿cómo vivió la recepción polémica del libro?

Eso depende de lo que uno entienda por prestigio o por recompensa que espera obtener de sus libros. Porque, en el fondo, ¿qué quiere uno recibir de sus libros? Si quiere dinero, sabe que puede escribir un cierto tipo de literatura que se vende muy deprisa y con la que puede ganar mucho dinero. Si lo que quiere son únicamente premios literarios, entonces también escribirá sus libros de una determinada manera, porque existen fórmulas para alcanzar el éxito o la fama; siempre hay asuntos de moda, siempre hay tendencias. Uno sabe cómo escribir, para ir marcando todas las casillas, por así decirlo. Yo creo que la mejor escritura nace cuando no piensa en nada más que en la propia historia. Si uno quiere decir algo, aunque no sea popular, aunque no sea políticamente correcto, aunque trate de personas ambiguas o de personajes poco simpáticos, y está verdaderamente comprometida con escribir sobre ellos, entonces lo hace; y, si su voz tiene bastante fuerza, la gente amará ese libro. Creo que mis libros no gustan a todo el mundo, El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, en particular, y su publicación en Moldavia, en un país donde resulta bastante difícil decir cosas como las que yo dije en el libro sobre una madre, en un lugar donde la madre es una figura muy importante, donde, incluso si la odias, no puedes decírselo a la cara. No se admite en público que un hijo pueda odiar a su madre y que eso siga siendo normal, como parte de toda una cultura. Cuando uno hace algo al límite, sabe que con los lectores sucederá lo mismo. Quienes amaron el libro lo amaron precisamente por aquellas cosas por las que otros lo odiaron: porque era una descripción honesta de la transformación de una persona, del paso del odio al amor, al perdón, a la comprensión. Quienes dicen que ‘es un niño malcriado, que debía haber sido castigado por lo que le hizo a su madre, siempre tendrán enfrente a otras personas que dirán: pero, en realidad, era un niño problemático y no fue lo bastante amado. De modo que yo creé a Aleksy lo mejor que pude y luego lo dejé así, para que la gente lo quisiera o lo odiara. Y creo que hago eso con todos mis personajes. No se me ocurre ahora mismo ningún personaje de mis novelas que sea enteramente amado o enteramente odiado. No creo tener ninguno así.

¿La transformación no es tanto personal en este libro, sino de algo más valioso?

Sé que suena complicado, pero no creo en las transformaciones en literatura. No creo que un personaje pueda convertirse por completo en otra persona al final de un libro sólo porque uno le haya fabricado un final feliz. En esta novela hay una transformación entre Aleksy y la madre, sí, pero no dentro de ellos mismos, sino en la relación entre ambos. La muerte de la madre los acerca. Pero Aleksy sigue siendo el mismo, y la madre sigue siendo la misma; lo único que cambia en el libro es la manera en que se miran el uno al otro. No es que hayan cambiado el uno por el otro: simplemente empiezan a ver a la persona que hay en el otro con ojos distintos. La madre se vuelve menos fea, menos estúpida, menos gorda sólo porque Aleksy empieza a ver en ella a la mujer que es. Ya no ve únicamente a la mujer que no le prestó bastante atención o que no estuvo pendiente de él cuando era niño, sino que comienza a escuchar quién es ella, por qué la vida la modeló del modo en que llegó a ser. Ése es un mensaje importante del libro: a veces el cambio empieza dentro de uno mismo, simplemente dando a la otra persona la oportunidad de explicarse, de hablar por sí misma. Y eso es, de algún modo, el cardiograma del libro, porque lo único que a Aleksy le gustaba de su madre, fea y gorda, eran sus ojos verdes. Desde el principio lo admitía: de acuerdo, es gorda, pero tiene algo bueno, esos hermosos ojos verdes. Y, a través de esos ojos verdes, fue descubriéndola poco a poco. Y creo que eso ocurre mucho en la vida real: cuando hay una persona a la que uno odia, pero encuentra en ella una sola cosa buena, y, a partir de esa sola cosa buena, empieza a abrirse hacia esa persona. Y eso suele ser la comunicación. Creo que eso es lo que hice en este libro. Hice las paces con ella después de su muerte, sólo mediante la memoria, mediante la comprensión y la comunicación.

En este libro la prosa es dura, casi cortante. Obliga por momentos a detenerse y respirar. Hay capítulos brevísimos, o frases aisladas, que cumplen una función muy singular. ¿Es una voluntad poética o más bien una pausa, una respiración dentro del drama?

Creo que la escritura de este libro fue una experiencia muy dura. Y, cuando uno lo lee, siente como si necesitara detenerse y respirar. Y quizá esas frases que constituyen capítulos separados, y que algunos dicen que son poesía, fueran mi manera de tomar un poco de aire; tal vez actúan como una especie de lugar de descanso dentro del libro. Porque, como decías antes, cada capítulo deja una determinada sensación y luego hace falta una cierta luz. Y creo que esos ojos verdes, y la manera en que él recuerda a su madre a través de esos ojos verdes, le dan al libro una suerte de esperanza. Hace falta, quizá, una especie de inyección de belleza en medio de todo ese drama.

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