Pedro Sánchez ha decidido financiar la Fundación Largo Caballero. El Gobierno sanchista ha promocionado de entrada con 35.000 euros, a cargo de la memoria democrática, el seminario sobre la presidencia del que fuera líder socialista en los años 30 del siglo pasado.
Y bien. Largo Caballero no quería una República parlamentaria. Aspiraba a instalar en España una República socialista soviética. Como en la Rusia de Stalin. “La clase obrera -proclamó Largo Caballero- tiene que hacer la revolución. Si no nos dejan, iremos a la guerra civil declarada”. El PSOE de Largo Caballero reaccionó ante la victoria del demócrata cristiano en las elecciones generales, Gil-Robles, con un golpe de Estado contra la República en 1934. Fracasó tras dejar un reguero de sangre, de muerte y de violencia.
Largo Caballero declaró: “La clase obrera debe adueñarse de todo el poder político. Estoy convencido de que la democracia es incompatible con el socialismo”.
A este “demócrata” singular, a la Fundación que lo encumbra todos los días, Pedro Sánchez le está financiando copiosamente. Ortega y Gasset, Marañón y Pérez de Ayala, los tres primeros firmantes del manifiesto “Al servicio de la República”, tuvieron que escaparse de España y exiliarse en el extranjero para salvar la vida porque los milicianos republicanos de Largo Caballero los hubieran asesinado, como hicieron con Melquiades Álvarez. Que el dinero público, aportado por todos los españoles a base de esos impuestos que los sangran hasta la hemorragia, se destine a propagar y robustecer la figura de Largo Caballero resulta a muchos indignante.
Recuerdo, en fin, que Salvador de Madariaga me dijo en Oxford: “Me fui de España porque no podía soportar la dictadura que se avecinaba: la de uno de los dos Franciscos. España caminaba hacia la dictadura de Francisco Largo Caballero o hacia la dictadura de Francisco Franco”. No estaría de más que Pedro Sánchez reflexionara sobre el despropósito que la democracia española está protagonizando al financiar la figura de Largo Caballero.