Cultura

Elige todo, de David Fraguas: un compendio de la naturaleza humana

RESEÑA

Javier Mateo Hidalgo | Miércoles 29 de abril de 2026

Que el mundo es un constructo fruto de acumulaciones históricas y culturales es algo bien sabido. El ser humano, en su empeño por dominar todo lo que le rodea —incluso a sí mismo—, ha ido conformando su propio relato y el del medio en el que vive. Cada habitante del mundo se quedará con una parcela de todo este tratado en función de sus intereses o afinidades. Otros, los menos ambiciosos, se conformarán con no saber, buscando la felicidad en contra del sufrimiento que provoca el acceso a la información. El madrileño David Fraguas (1976) es consciente de todo ese dolor, pero también del gozo que reporta la curiosidad y la sensibilidad. Su profesión —es jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital Universitario Príncipe de Asturias de Alcalá de Henares— le permite ahondar en los procesos de creación que surgen en la psique humana, asi como en los sentimientos que llevan al individuo al acto creativo. Una especie de catarsis de sus pasiones. Así, nos propone un poemario que se erige como una pequeña enciclopedia para los sentidos.

Este nuevo número del sello El sastre de Apollinaire —el 109, concretamente— incluye en su título dos términos que en apariencia se anulan mutuamente. El oxímoron Elige todo puede hacer referencia al totum revolutum del que se compone el volumen; un cajón de sastre que nos habla de la herencia cultural y del presente, mezclado como un buen cocktail postmoderno. Así, encontramos explicaciones del mundo a través de diferentes filósofos y científicos clásicos, figuras de la política de la Antigüedad y la modernidad, artistas de la pantalla y del lienzo, poetas y aviadoras, música clásica y popular, personajes literarios, museos y murales al aire libre. Todo puede caber y congeniar si se conoce y sabe tratar, haciendo uso de la inteligencia y del arte. Estos dones los posee Fraguas, que ejerce como perfecto maestro de ceremonias o director de escena, poniendo en orden a sus intérpretes y haciéndoles sacar lo mejor de sí mismos. Pero el autor no solo exigirá profesionalidad a su elenco, sino también a su público, de quien esperará la instrucción y delicadeza mínimas para saber apreciar el libreto que aquí presenta.

La primera parte del libro lleva por título Algunos días felices, si bien veremos que en ellos estará también su reverso oscuro. Compuesto únicamente de tres versos, el primer poema se erige enigmático. A pesar del eslogan que le nombra y da a su vez título al libro —procedente de una compañía telefónica—, nada hay menos frívolo que lo que se nos cuenta: “Todo cuanto desees de este mundo. / Elige todo. / Todo, menos la vida que soñaste”. Un primer análisis puede darnos a entender, desde este último y demoledor verso, dos cosas: que lo soñado resulta irrenunciable y nunca puede formar parte de un bloque de cosas a elegir —pues pertenece por derecho propio a quien lo ha conformado— o, por contra, que lo que uno sueña acaba volatilizándose y nunca puede ser atesorado por su soñador. El nuevo poema, que se construye por párrafos en prosa y tiene por título El secreto de la felicidad, parece de nuevo erigirse como frase comercial, teniendo como protagonista la bebida Coca-Cola —cuya empresa utilizó el término “felicidad” para sus campañas publicitarias—. Un desfile de personalidades pertenecientes a la política desde sus diferentes ideologías —incluyendo dictadores—, así como figuras célebres del mundo del cine —Liz Taylor y, sobre todo, Marilyn Monroe— consumen este producto. Estas dos últimas fueron retratadas por Andy Warhol, quien también utilizó el mentado refresco en sus obras, haciendo de la sociedad de consumo su objeto plástico, elogiándola y criticándola ambiguamente. La vida trágica de la protagonista de Niágara, al igual que la crueldad de determinados autócratas, parece contrastar con la imagen idílica del mundo y la felicidad que promete este producto refrescante a quien lo ingiere: “Stalin, Pinochet y Mao Zedong beben, frente a un jardín en llamas, miles de botellas de Coca-Cola, botellas frías, simétricas, perfectas, dispuestas para saciar su insaciable sed. […] Marilyn Monroe —las mejillas con lágrimas de rímel, los ojos hinchados de vivir, hinchados de llorar— bebe Coca-Cola”. Concluye el poeta, haciendo extensivo el discurso hacia nosotros: “Todos, todos, como si ello nos hiciera un poco menos infelices o le aportara algún sentido a nuestras vidas, bebemos Coca-Cola”. Con Los imperios se describe, mediante una serie de paralelismos poéticos, la lógica caída de cualquiera de los regímenes más esplendorosos: “como espigas de trigo en la cosecha, como gotas de lluvia que destiñen las lágrimas, como plumas de un ave que muda su destino”. Suceden en Consejos para noches de insomnio imágenes poderosas de aliento con las que derrotar las tinieblas y vencer cualquier temor de la vida: “Caer de pie / o no olvidar / que un árbol crece / en tu sangre”.

Roma no paga a traidores nos recuerda herederos de la antigua civilización, con sus luces y sombras, pero también nos hace hijos de quienes la hicieron caer: “Nosotros somos Roma, nosotros: los traidores que aún esperan la paga prometida”. Falta una estrella recrea los tiempos gloriosos y legendarios a través de un capitán que lee poemas de Robert Louis Stevenson “frente al fuego”, añorando “volver a navegar”, mientras “recuerda las palabras de Esquilo” que, desde su tiempo, afirmaba: “ya no hay naves”. Únicamente el navegante que protagonice el poema podrá personificar al que menciona F. Scott Fitzgerald en la cita previa que da título al poema: “Solo el ojo experto de un capitán advirtió que faltaba una estrella”. Otra mítica travesía —sobre cuatro ruedas y no por mar— fue la que protagonizaron las cinematográficas Thelma y Louise. El poeta recuerda de forma exclusiva en el film “el descapotable —el soberbio Ford Thunderbird descapotable—, la carretera polvorienta, los moteles en el borde del abismo” y no “quién era Thelma o quién era Louise, ni qué perseguían a través del desierto”. En ocasiones, la memoria es quien decide qué imágenes conservar. La felicidad de los dioses remite a esos instantes de felicidad mortales que “los dioses admiran con envidia, / con la envidia cobarde de la fascinación, / pues la felicidad es siempre inmerecida / y siempre es un reflejo de sombras que se extinguen”. Con Argonautas, el poeta dedica un “día monótono” de domingo al héroe mitológico Jasón y a quienes se embarcaron con él en el Argo; personajes con los que soñar, haciendo que con ellos la vida valga la pena, incluso en los días más insustanciales. También se dedica a la pareja de quien escribe y, en concreto, a sus manos, “que en las noches / frías, irremplazables, / escriben partituras / en la piel de mi espalda”. Dos imágenes bien diferentes pero que cobran idéntico sentido para el autor, haciéndolas igualmente memorables. Desvelo se inicia con el principio de una frase shakesperiana, “mañana en la batalla piensa en mí” —perteneciente a Ricardo III—, que a su vez fue tomada por Javier Marías para el título de su novela homónima —como era su costumbre, con títulos tan poéticos como Corazón tan blanco, de Macbeth—. En este poema, se refiere a la falsa esperanza de las revoluciones por su carácter cíclico (“repitan su historia”) y a las vanas ilusiones generadas con cada una por la sociedad: “descorcha otra botella / y bebe, bebe, bebe / hasta que el mundo sea / una caricatura / de su falsa promesa”.

Después de Auschwitz nos recuerda la frase de Adorno, quien afirmaba la imposibilidad de crear poesía después del holocausto. A ello se une otro imposible: que este tipo de hechos no vuelva a repetirse, dada la condición cruel del individuo. Y de Hitler a Stalin en una Canción de cuna tarareada por “un coro de fantasmas”: los exiliados en Siberia. Así se conocía popularmente a Kolimá, donde la belleza también parece imposible: “La nieve como un manto que bendice la tierra, como un rumor de bosque que cesa de repente”. Otra tragedia histórica surge en La exposición del Titanic, donde “todo transcurre” como en “un cuadro de Hopper”, “como si el mundo no tuviera más sentido que una orquesta tocando en un barco que se hunde”. Otro lugar que parece irse a pique será La Habana, “ruina exuberante de un futuro soñado, extraña apología del desmoronamiento”; también un “derrumbe de espejismos, una danza de alcoholes y naufragios, un eterno apagarse hacia el origen”. La tumba de Apolo muestra otra ruina, en este caso la de la escultura de un dios rumbo a desaparición en “las costas de Naxos”.

En Tertulia, el poeta refiere al “asombroso y sobrecogedor” cuadro homónimo que Ángeles Santos pintó “con solo 19 años”; también al Museo Reina Sofía que lo custodia, “un museo absurdo” situado “en un antiguo hospital […] lleno de pasillos interminables y salas pobladas de sombreros, de luciérnagas y de paraguas abandonados”. Sus cuadros “mejor estarían en los salones de baile de la Rusia del s. XIX, adornando las veladas de la agonizante aristocracia, advirtiendo del futuro que nos espera a todos”. De nuevo, el arte sirve como toque de atención a la sociedad como vimos con Warhol, quien también figura junto con Marilyn en el poema y no por casualidad. A diferencia de otros lienzos, el de Tertulia sí estaría fuera de lugar “junto a las botellas de champán descorchadas por los sirvientes de los Románov […], tan diferente de la belleza implacable […] de la vida”; una vida “que late y resplandece” en esta obra pintada como si su autora tuviese “91, y ya lo supiera todo de la vida”.

Retorna —nunca se fue— la actriz de Con faldas y a lo loco en el título del segundo bloque del libro: La ciudad sin Marilyn. Aparecen dos citas: una, extraída de un diálogo de la novela L. A. Confidential de James Ellroy, donde el personaje del corrupto capitán Dudley Smith conmina al de Sonny a marcharse de la ciudad de Los Ángeles, jugando con el nombre de la ciudad y la naturaleza del interlocutor, carente de “alas” para estar en ella. La ciudad es un lugar hostil que expulsa a seres inocentes, como lo fue Norma Jeane Mortenson. La otra cita pertenece al poema de Leopoldo María Panero Marilyn Monroe’s Negative publicado en su libro Teoría (1973): “Cabellera rubia que en la nada se extiende”. El primer texto, La ciudad a oscuras, se construye mediante la información prosaica contenida aparecida en el New York Mirror el 6 de agosto de 1962, anunciando el suicidio de la estrella de cine. Su luz parece dejar, como reza el título, La ciudad a oscuras. En los siguientes dos poemas, surge un dúo de gobernantas de la Antigüedad que se confrontan con el mundo actual: la primera, Cleopatra en Las Vegas, se juega su riqueza en un casino de la ciudad más grande del estado de Nevada; el lugar “le horroriza y fascina”; Marilyn —“abatida” y “con los ojos hinchados”— le sirve “otro Martini” y Cleopatra “acepta, sin levantar las cartas, / la derrota que cumple / y venga su destino”. La segunda gobernanta, Palmira, “reina de un reino devorado por cuervos moribundos, llora, llora por su reino perdido”. En el poema Velar tus sueños, el poeta parece dirigirse a una nueva semidiosa —o al ser amado e idolatrado— para ofrecerse a la acción que describe el título. Tal vez en otro mundo describe la escena en un café donde dos personas —probablemente una pareja— se sientan a conversar, si bien una no escucha a la otra cuando habla pues una pena que les corroe por dentro lo impide.

Falstaff en Buenos Aires nos vuelve a crear un imposible: el diálogo entre un personaje de otro tiempo —en este caso imaginado— y un lugar y época distintos. En este caso, un personaje canta tangos —como el que hizo célebre Gardel y que figura en la cita previa— “en un garito sombrío de la Boca”, mientras “bebe jerez viejo, como el Falstaff de Shakespeare”. Su personalidad encaja perfectamente con el ambiente y su acción recreadas en el poema. También habla “de un verano con Marilyn, cuando el mundo era joven”. Su nombre aparecerá finalmente en una esquela tras volverse quijotescamente cuerdo, tras perder su apuesta —como en la canción— “por solo una cabeza […], como todos nosotros”. Praga evoca un recuerdo amoroso del poeta en la capital de la República Checa, como quien invoca “fantasmas / que habitan las fronteras de la muerte de Marilyn”. Sucedió uno de esos días “que no aceptan su lugar en la historia” y que “acuden, como arrugas demasiado sinceras, / a velar nuestros miedos”. El capitán Ahab recibe una llamada nos lleva ahora hasta el perseguidor del famoso cetáceo Moby Dick para remitir a lo efímero, como la misma existencia; en su transcurso lucharemos por conseguir lo que anhelamos: “Todo se desvanece / como luz descuidada a medianoche […]. / Todo es límite / y calor / y renuncia”. Puede que perdamos la vida en ello, viendo imposible alcanzar lo propuesto. Así, el poema finaliza enlazando con el título: “¿Qué número marcó Marilyn una noche de agosto?” Búsqueda desesperada de algo o de alguien en este caso y toque de atención en el otro, que pone en marcha al sujeto y su obsesión. Respiración describe la profunda conciencia de estar en el mundo: “Pulmón que inhala / y grita. / Tierra que llena el aire / de ti”. Agenda muestra en un primer poema la enigmática y fugaz naturaleza de las relaciones, construidas en base a actividades que se vuelven rutinarias (“pasa todo tan rápido / y es todo tan confuso”), mientras que en un segundo texto se subraya la conciencia de soledad del individuo. Los ángeles terribles convierte a los seres alados en habitantes “de este mundo”. Tal vez como lo fue Marilyn, de nuevo protagonista del poema así como su muerte —“nombre / escrito junto a un cuerpo / desnudo / en el depósito”. En Otra luz el poeta busca una nueva oportunidad para dirigirse a la amada, ahora lejana: “si otra luz me alcanzase, / si otra luz como el cuerpo / hacia el labio besado, / hacia el labio que ahora / es naufragio sin música”. Ese amor queda reflejado en la última estación del año, asociando su frío con Siberia en la tercera de las cuatro partes (“Siberia es lo que pudo / haber sido la vida en otra vida) y en la cuarta: “No hay invierno, mi amor, que no te nombre”. La muerte de Sócrates nos lleva al momento en que el filósofo griego ingiere la cicuta en un acto de coherencia —prefiriendo la muerte que retractarse de su búsqueda de la verdad y la justicia—, asociando su suicidio al de Marilyn nuevamente, recordando los días que disfrutó de la felicidad de estar viva: “Sócrates saborea su copa, / su íntimo refugio, / y brinda, / solemne, canallesco, / por las noches que Marilyn / arrebató al olvido”. El amor, con sus claridades y penumbras, experimentado en toda su profundidad, surge en True Love: “Amor en carne viva, / en golpes, / en aullidos / de luz / y de abandono”.

El tercer y último apartado del poemario lleva por título Las revoluciones. Le acompaña una curiosa cita de Copérnico, perteneciente a su obra cumbre Sobre las revoluciones de los orbes celestes (1543), con la que —nunca mejor dicho— revolucionó la astronomía estableciendo tres leyes matemáticas que describían el movimiento planetario; en esta cita se afirma que la naturaleza nunca llevará a cabo una revolución similar a “la del arte” o el “ingenio humano”, capaz de dispersar “la Tierra y todo lo terrestre”. El primer poema lleva por título el de la obra mentada en latín —De revolutionibus orbium coelestium— y dice así: “Nicolás Copérnico dio sentido a las revoluciones: / la aurora / que expulsó a la Tierra / de su trono celeste”. Nefertiti refiere a cómo el poeta conoce a la esposa del faraón Akenatón a través de su efigie en el Neues Museum de la capital alemana, próximo a la simbólica pintura efectuada en un vestigio del Muro, conocida como Beso fraternal socialista: “Conocí a Nefertiti en Berlín, frente a Honecker y Brezhnev”. A continuación, la antigua egipcia —que puede convertirse en una mujer real, como veremos más tarde en el poema Primera ley de Newton— habla al autor, afirmando “enigmática” que “el amor es mortal” y que “sólo el Nilo, impasible, permanece”. De Copérnico llegamos a Kepler, quien explica en su “breve tratado de principios del siglo XVII que La nieve “está formada por pequeñas estrellas de hielo de seis puntas”; añade el poeta una imagen donde dicha descripción convierte en una pequeña galaxia cada cristal de hielo único: “Cada copo de nieve, cada copo que cae —como plumón de abrigo o luz de desamparo— es un perfecto y efímero universo de pequeñas estrellas atrapadas en la fría quietud de las revoluciones”. Volviendo a las de Copérnico, fueron la Promesa “de un mundo mejor, el paraíso / de los cuerpos celestes”, descritas en su naturaleza y funcionamiento, demostrando su movimiento en elipses y no en órbitas circulares perfectas como aseguraba Platón.

En La torre junto al río, los poetas quedan “desterrados de las revoluciones”, impidiéndoles —como se afirma en La República platoniana— su estancia en la ciudad, ajenos al mundo terrenal por encontrarse sujetos siempre al de los sueños evocado por Hölderlin. Lo perdido compara ese amor caracterizado por la “furia” e “indiferencia” y ostentado por los mortales con el de las revoluciones. Se ama “aquello que podemos perder y que quizá ya perdimos al volver a una casa —después de años de ausencia— que no nos reconoce”. Aquí resulta inevitable pensar en el regreso de Ulises a su hogar, bajo la amenaza de que, tras tanto tiempo transcurrido, su amada Penélope no le identifique. Alepo nos trae al poeta y dramaturgo ruso-soviético Vladímir Maiakovski recitando “un poema de amor” ante “un patio de butacas vacío”. Dicho famoso poema (¡Escuchen!, 1913) dice así: “Las estrellas se encienden / porque nos hacen falta, porque necesitamos / su luz”. Mientras tanto, se produce un hermoso e inesperado contraste: Alepo permanece en el poema “sitiada / bajo miles de estrellas”. En Electra se refiere al avión bimotor utilizado por Amelia Earhart en su intento para dar la vuelta al mundo en 1937, con el cual desapareció el 2 de julio de ese año: “La luz cae en silencio —eco débil de nieve hacia la aurora— sobre la pulida carrocería […] y hace girar las hélices, resignadas, como un aletargado ventilador del trópico, con la ilusoria determinación de las revoluciones”. Como vemos, hay una asociación entre la vuelta al mundo de este aparato aéreo y el movimiento planetario copernicano. Con los dos poemas de Salmos se continúa el viaje utópico de esta pionera, asociando el cántico y oración lírica de alabanza hacia Dios con el elogio hacia dicha aventurera. J. S. B —iniciales del afamado compositor alemán Johann Sebastian Bach— supone una nueva loa, en este caso hacia el músico, quien “desordenó el silencio. / Un zumbido de abejas: el origen del mundo”. Con él nació la belleza gracias a la sencillez y naturalidad que plantean sus composiciones.

Primera ley de Newton regresa a Nefertiti, a quien el poeta reencuentra “algo más de 10 años” después en el Museo Thyssen. Como ya planteamos en el análisis del poema que llevaba su nombre, es más que probable que el autor aluda a una mujer que conoció y que poseía una belleza similar a la de la mujer del faraón. Tras llevársela a su piso, donde beben “vino joven —brillante y perfumado—“, hablan del ave zancuda con pico curvo venerada en el antiguo Egipto: “Los ibis —explicó, enigmática— pueden mantener el mismo rumbo durante años o siglos, si nada o nadie los reclama—“. Parece como si con ello se estableciera un paralelismo entre dicho pájaro y el personaje histórico egipcio, que permanece vivo siglos para que el poeta lo encuentre y convoque. Esto se refuerza con la frase dicha por Nefertiti, quien confiesa al poeta que “a menudo forzaba insólitos reencuentros sólo por […] revivir la distancia, la pérdida”. Y repite una frase que le encanta, “de ciega juventud: nosotros, los de entonces”. Con ella, puede a su vez remitirse a un amor de juventud entre quien escribe y ese personaje enigmático que personifica a Nefertiti. Los visitantes contrapone la frivolidad de los turistas, quienes fotografían edificios aparentemente hermosos que ocultan auténticos dramas, como la iglesia de la Sangre Derramada, construida en el s. XXI en el mismo lugar donde estuvo la casa en que llevaron y asesinaron a los últimos Románov. También se fotografía la cinematográfica estación de ferrocarril de Soria, “la que fue, y será siempre, la solitaria estación de Yuriatin, ciudad de la tragedia y el amor de Yuri Zhivago, patria de los fantasmas de las revoluciones”. Madre es un hermoso homenaje a la progenitora del autor, personificadora —incluso “generadora” o “hacedora”— del tema tratado por encima de los demás asuntos: “¿Cómo hablar de las revoluciones / sin hablar de tus manos / consumidas de luz, / sin hablar de los días / —año tras año— / entregados al viento, / a la urdimbre del rumbo de los cuerpos celestes?”

De nuevo, la épica de la Antigüedad llega con Ilíada, donde la “revolución” entendida como lucha para derrocar lo vigente vuelve a ser puesta en entredicho: “¿Qué necesitas para conquistar un reino inexpugnable? […] ¿Una revolución? // Escucho / una vez más —bajo otra lluvia, / después de tantos años— tu voz / al despedirnos: no esperes / nada nuevo / de las revoluciones”. La misma impresión tiene lugar con Los mismos errores, donde el personaje de Nefertiti, convertido definitivamente en ser mortal y cotidiano, “prepara el desayuno” mientras el narrador relee los versos de Carver: “Viviría mi vida otra vez? / ¿Con los mismos errores imperdonables? La biografía del individuo se asocia a la revolución —por ser precisamente éste quien la inicia— en las acciones equivocadas que dan al traste con la utopía. Así, Nefertiti le confiesa al autor su amor mientras “arden / en sus ojos / la amarga indiferencia / y la resignación / de las revoluciones”. Andrómaca, esposa de Héctor en la mitología, recuerda aquellos fragmentos dolorosos de su vida que son sin embargo “certeza de la luz” —pues con ellos se llega a la verdad y a la conciencia—. Dichos responsables de lo bueno y malo de su vida —el amor, la traición, la violación— serán “los poetas, los héroes, los imprescindibles” que paradójicamente proclamarán en su nombre la revolución. La sonora noche recuerda a las poetas suicidas —que representaron la lucidez y el entusiasmo, la lucha y la crítica y que, sin embargo, dieron fin a sus vidas— y se pregunta “qué límite o palabra / anuncia la derrota de las revoluciones”. En 2020 “Nefertiti prepara dos tazas de café” con todo lo que evoca de acogedor, pues son también de “calor, piel desnuda y refugio”. Esa cifra tan concreta de 2020 —a buen seguro, un año feliz para el poeta— se trastoca en otra pesadillesca, la de 1984 imaginada por Orwell y donde la revolución vuelve a ser esgrimida, buscando su forma completa a través de una lengua perfecta. Aquí el autor se pregunta si tal vez ese ideal estará en los orígenes del mundo y no en su “perfeccionamiento” por parte del ser humano: “¿qué quiere decir completa? / ¿Que habremos llegado al paraíso, al punto de partida?” Hay un “empeño” inútil por racional de “vivir como si la vida tuviera algún sentido”. Hasta la victoria siempre toma la frase del revolucionario “Che” para aludir al concepto de revolución —volver a pasar por el mismo punto—. Así, en cada vuelta o giro de la Tierra sobre su eje “arden […] / los días luminosos y tristes, / los más puros, / los que mueren o triunfan / como revoluciones, / cuando son verdaderas”. Todo desaparece y vuelve a empezar, sin importar su belleza u oscuridad. También hay espacio para los primitivos habitantes de las “extensas praderas de Norteamérica”, aniquilados junto con sus ambiciones guerreras, sus promesas y también sus revoluciones. ¿Qué fue de todo ello?, se preguntará el poeta como guiño a las Coplas de Jorge Manrique. En Otros recuerdos, “los sueños” —con sus ambiciones— “se parecen demasiado al verano”. Las distintas formas de imaginar “otras formas de amar, de vivir la impostura y las revoluciones” acabarán convirtiéndose en “renuncias”. Es ahora, con “el fin de las revoluciones”, cuando verdaderamente se podrá amar, como nos cuenta La bella del Nilo. No obstante, nunca renunciamos a un nuevo día, evitando ese anunciado fin del mundo, como en Mañana será otro día —que recuerda la mítica frase de Scarlett O’Hara—. Esa “ciudad de Los ángeles sin alas” tomada de L.A. Confidential seguirá ardiendo al caer la noche, festejando un apocalipsis diario quienes la habitan y “bailan” sin descanso, demostrando estar vivos.

El libro se cierra con Algunas deudas, apartado donde se exponen las distintas influencias del autor; referencias que le llevaron a componer los diferentes poemas, lo que habla de su honestidad con el lector. Allí encontramos, por ejemplo, el nombre de “María” oculto tras la enigmática Nefertiti. Otros estarán más claros durante la lectura de los propios textos. Con ellos se cierra esta caja de Pandora benéfica para todo buen lector que se precie, quien sin duda habrá disfrutado de este completo viaje literario y cultural. Y es que, pudiendo quedarse con la totalidad de las cosas, ¿por qué tener que optar por unas pocas?

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