De casi todas las calamidades que nos vienen sucediendo, cuya autoría tiene sobradas sospechas por posibles negligencias, nadie hasta la fecha, ha tenido voluntad ni vergüenza de poner su cargo a disposición de la justicia. Hay vidas humanas que se han quedado en el camino fruto del engaño instalado en nuestra sociedad. La mentira se ha convertido en uno de esos codiciados minerales que las tierras raras guardan en sus adentros.
En España se ha hecho de la virtud un indeseable exponente para quienes tratamos de nombrar las cosas de acuerdo a su nombre. Y es que se ha cruzado la línea que separa la cordura de la insensatez. Como digo, detrás quedan muertos sin justificar. Muchas víctimas que a día de hoy forman parte de ese limbo donde cohabitan las urnas y el chollo asociado al cargo. No hay otra. Estos actores son astutos, saben guardarse muy bien con eslóganes traídos para la ocasión: “Se van a depurar responsabilidades” o el tan frecuentemente utilizado comodín del “No a la guerra” son ejemplos de pacifismo postinero, o si no, y como caído del cielo, echan mano del acontecer con Donald Trump, cuyo rédito supera a cualquier fondo de inversión garantizado. El escapismo de Houdini en estado puro.
Lo que en tiempos fue gobernar con sentido de Estado, ahora se limita a sentarse en la bancada y a modo de coro interpretar la tradicional canción de CantaJuego: “Vamos a contar mentiras, tralará…Por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas, tralará…” No hay programa de gobierno, como tampoco existe el beneficio de la duda, pues a estas alturas —son ya ocho los años con Pedro Sánchez en la Moncloa— debería ser España un país sobresaliente; sin embargo, ese galardón tiene un solo nombre por encima de todo y de todos: don Pedro, el odiador honoris causa por excelencia. Hay que reconocerle que no odia por igual. Aborrece la democracia y también a la España de intramuros. Es decir, los nacionalistas y otros socios son los buenos, mientras que los partidos opositores y el resto de paisanos que pasábamos por allí en ese momento somos los malos. A los que, por encima de todo, hay que odiarlos y aislarlos del concierto social y económico.
El odio de Sánchez hacia España, o mejor dicho, a los españoles que respetamos la Constitución, que no silbamos al himno cuando suena ni despreciamos la bandera que nos representa a todos, es de lo más destilado; solamente dos gotas de rencor sirven para lograr millones de lágrimas, sean estas de ira, dolor, sufrimiento o injusticia. Si además el gobierno se encarga de polarizar este sentimiento profundo de aversión, la situación se vuelve alarmante por la manipulación emocional que germina en la sociedad en general y en particular en ciertos lobos solitarios mentalmente inestables. Peligrosa ecuación cuando, como antes mencioné, se cruza la línea que separa la sensatez de lo irracional, porque nada queda inmune al odio, que todo lo traspasa y permea, pues una vez que se abre paso, todo lo corroe y contamina.
Así las cosas, ninguno de los incondicionales de Sánchez va a reconocer nunca la verdad, porque de hacerlo se acabaría la ganga del becerro de oro al que veneran como el mejor de los planes de pensiones y demás rentas vitalicias; en cambio, al resto de los mortales se nos invita a la contemplación del desove de la farsa. Ni siquiera hay rubor, y es que la desvergüenza es la antesala de la indiferencia.
Lo peor son las víctimas que se cobran los desastres en cadena que, por insolvencia de los mandatarios, siempre quedan en el desamparo de las responsabilidades directas, indirectas y circunstanciales. Es terrible cuando la vida queda a merced de la mentira y la indolencia. Lo único que nos falta es que alguien nos diga que tenemos el mal hábito de morirnos por encima de nuestras posibilidades.
En fin, frágil sueño ese de las urnas untadas de empeño, pues cuanto peor, mejor, a decir de quienes prefieren seguir en Babia contemplando el engaño manifiesto.