Cultura

Mr. Nobody contra Putin: un alegato de amor a un país podrido

CRÍTICA DE CINE

Joaquín del Palacio | Jueves 30 de abril de 2026

7.5/10

Siempre es interesante conocer otras realidades que de algún modo eliminen —o alimenten— el prejuicio que todos llevamos dentro. Si eso ocurre a través de un documental, lo normal es que la experiencia sea superior porque no hay actores sino personas que viven su vida y alguien les graba para que sean ellos mismos. En Mr Nobody contra Putin —ganador de un Oscar al mejor documental en la última edición del certamen— Pavel Talankin nos muestra desde un amor verdadero por su país y sus gentes, cómo Rusia está generando un obligatorio régimen de glorificación patriótica que sirva de excusa para convertir a toda una generación de jóvenes de provincias en carne de cañón triturable en la lejana guerra de Ucrania. Veremos el antes y el después de ese lavado de cerebro; veremos a sus madres y hermanas; veremos los oscuros cementerios; veremos, en definitiva, una sociedad resignada, miedosa, incapaz de luchar contra una injusticia que siempre fue parte del ADN de ese país.

Pavel Talankin era profesor, coordinador de eventos y cámara de la escuela primaria de Karabash, una pequeña ciudad industrial en medio de los Urales conocida por ser la más contaminada del mundo. Eso mismo podría ser el motivo de este documental, pero no, se señala como aspecto anecdótico, se muestra la fábrica de cobre manando muerte por sus chimeneas y la cosa queda ahí. Como todo en Rusia, es un mal menor y que la gente viva veinte años menos que el resto de un país con baja esperanza de vida no es reseñable, es como si te dicen que hace mucho frío o que nieva a menudo: Gajes de vivir ahí.

Pavel es un tipo simpático que va con su cámara a todas partes y graba todo aquello que pueda ser de interés directo o indirecto, proporcionándonos una mirilla a través de la cuál descubrir su universo local. Reconozco que me fascinan los países del este, tan parecidos en algunas cosas y tan alejados en otras. El comunismo supuso un destrozo tan enorme a tantos niveles que incluso treinta y siete años después se percibe en mil pequeñas cosas, no solo físicas, sino en formas de entender y encarar la vida. La fisonomía de las ciudades, las casas, los supermercados, las carreteras, los coches, la vestimenta… todo está aún anclado en otra época que rebosa cutrerío y escasez. Y a eso hay que añadir el temor al Estado, a la policía, a hablar, a decir lo que piensas… un temor incrustado en las caras y cerebros de todos ellos. Por eso este documental es tan interesante, porque nos mete en las tripas reales de una sociedad inaccesible y oculta bajo varias capas de miedo. A menudo podemos ver la fachada pública del régimen, con sus tanques, misiles, aviones, uniformes y rictus de todo tipo, pero es menos común ver la vida real y diaria de quienes lo sufren, la censura lo impediría sin piedad. En este caso ha sido el propio régimen quién ha generado estas imágenes.


Cómo se hizo

Los hechos comienzan poco antes de la invasión de Ucrania en febrero del 22, llamada allí «Operación Militar Especial», un eufemismo que no evitó la cruda realidad de la guerra abierta. La historia de Talankin es la de un simple ciudadano anónimo que de incógnito desafía el poder absoluto del presidente Putin y se vale de las órdenes dadas por el departamento de propaganda del Kremlin para poder rodar sin llamar la atención cientos de horas de metraje. En cierto modo podríamos decir que todo esto nace del azar. A raíz de la guerra, el gobierno quiere reeducar a los ciudadanos y generar mejores patriotas. Se vale para ello de profesores entregados y de manuales de obligado cumplimiento, y graban cada evento para comprobar que se ejecutan las órdenes dadas. Como en todo buen trabajo documental las cosas van poco a poco y el espectador se va sumergiendo en algo denso que se atisba peligroso para quien lo está grabando. Pavel está obligado a filmar sin parar lo mismo que en realidad quiere denunciar, con lo que a priori tiene a las autoridades de su parte. Y además lo hace en primera persona, con decenas de tomas en las que sale él mismo y nos cuenta todo lo que ve y lo que pasa. Es una persona muy comprometida con su trabajo y muy amigo de sus alumnos. El trabajo final está muy bien montado y musicalizado, recoge muchos centenares de horas grabadas en solo una hora y media de documental. Nos pone en situación intercalando episodios costumbristas con otros más íntimos y alterna el drama con la comedia para aliviar el peso de un relato que, en su epílogo, nos pellizca emocionalmente cuando la guerra termina por extender los tentáculos de su horror a un lugar tan alejado del frente.

La evolución de los personajes que intervienen es manifiesta. Chicos que juegan a cosas de chicos unos años después han sido convencidos de ir a la guerra, y como el documental narra eventos que pasaron en varios años, ves los cambios, y ves como esa guerra destruye familias enteras. Ves la desesperación, porque detrás de los eufemismos, hay muertos reales que fueron niños poco antes. Y entonces entiendes que los que mueren en las guerras son siempre los mismos. Pobres chavales que pasan de reponedores o mecánicos a soldados. Y a cumplir órdenes peligrosas sin adiestramiento adecuado. Porque sus vidas no valen nada, son la misma carne de cañón, la misma sangre que riega los campos de todo el mundo por ideologías impuestas. Ellos no piden más que tener un trabajo, una mujer, y dar nietos a sus tristes madres y pan a sus hijos futuros. Son gentes sencillas que dan su sangre obligados por una causa ajena y lejana, no como sus rivales que luchan por su propio país en su propio país. A lo largo de la hora y media que dura Mr nobody contra Putin conoceremos bien ese entramado de patriotismo forzado que tras los himnos y las banderas lleva a la muerte. Los chicos al principio son chicos sin más. Luego comienzan con cánticos y soflamas y pronto van a verles soldados de las fuerzas especiales, de Wagner, de infantería de marina o paracaidistas y les cuentan la parte épica, les enseñan sus armas y sus cicatrices. Son hombres fuertes y valerosos —héroes rusos—, y los niños sueñan con ser iguales a ellos sin comprender una realidad mucho más cruda. Allí van a tener que matar a niños como ellos, niños que defienden su país de una invasión y donde la heroicidad es muy escasa mientras la brutalidad y la salvajada son diarias, y al cabo de cometer varias, el hombre dejará de serlo para siempre, como esos que presumen de cicatrices ante los niños.

Pavel también sufre su propia transformación: Quiere a su país. Quiere su nieve, su frío, sus grises pisos comunistas, sus mujeres ancianas, su escuela destartalada pero digna, y no quiere tener que dejarlo todo por algo impuesto por otros. Putin decide quién es el buen ruso: un ruso comprometido con el patriotismo imperante, un ruso que no piense, que no cuestione las decisiones tomadas por el poder. El régimen dice que quien no esté de acuerdo con esas reglas debe irse del país. El país solo quiere a los que no sean críticos, a los que denominan los buenos rusos. Y en esa escala de valores, él ya no es un buen ruso, no soporta las mentiras ni la barbarie, se rebela con pequeños gestos que le ponen en el punto de mira y debe escapar.


Sucedió el milagro

Pavel entra por casualidad en contacto con David Borenstein, un productor americano, y toma una decisión muy difícil. Sacará todo el trabajo que ha filmado y se irá a vivir fuera del país. Las leyes son cada vez más duras en Rusia y lo que está haciendo podría suponer una tremenda paliza y muchos años de cárcel. Incluso la muerte. Es evidente que una vez el documental se ha hecho famoso en todo el mundo, Talankin es considerado un agente secreto al servicio de occidente. Quizá nada haya cambiado tras la guerra fría y la ruptura del telón de acero. Los argumentos y acusaciones siguen siendo los mismos, y si antes eras enemigo del pueblo, ahora lo eres de la Rusia Imperial, pero el efecto es igual: Torturas, cárcel, muerte.


Una última reflexión

Según muchos medios de comunicación y muchos viandantes de medio pelo aquí tenemos una dictadura terrible que lo impide todo si eres de los otros —sean quienes sean esos otros—. La verdad es que si eso fuera así, todos los periodistas, peluqueros, taxistas, cuñaos e influencers que se pasan el día criticando y poniendo a parir el modelo desde la izquierda y la derecha deberían estar siendo torturados y encarcelados, y me da en la nariz que eso no está pasando. Es fácil criticar desde la impunidad, y así debe ser, pero sin mentir. Tenemos un país libre y seguro y en vez de admirarlo y defenderlo más allá de toda ideología, preferimos denigrarlo y procurar convencer al vecino de que aquí todo va mal y que esto es un desastre. A todos esos agoreros les recomiendo que vean este documental. No van a sanar, para eso hacen falta años de terapia, pero al menos les quedará la duda. La falta de libertad hay que ganársela cada día y somos poco constantes.

Mientras aquí se cuestionan memeces, allí el suelo se tiñe de vergüenza y de lágrimas rojas de esas pobres madres que pierden lo único que han amado de verdad. Madres que son todas las madres del mundo y que reciben a sus hijos mutilados o muertos en la flor de la vida. Vidas deshechas por una gloria que nunca llegará. Nadie, ni siquiera Putin, se atreve a mirar a la cara a esas mujeres, porque a diferencia de las madres de sus enemigos, estas no tienen un país que comprenda las razones de esta barbarie.

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