Para la ultramodernidad no hay un Sentido mayúsculo que supere nuestra infianimalidad. Nada conviene menos a lo bueno y lo bello que la inalterable eternidad. No suspiremos por salir de esta caverna, seamos capaces de librarnos alegremente de la contaminación enfática. Lo único que tiene sentido es la risa, “la risa es el desgarramiento trágico que separa a nuestro querer de las obras que realiza, el agobio de la imposibilidad de lo posible que proclama lo necesario, la condena que nos imponen las verdades eternas, el parentesco sublevante de la cordura con la resignación, la incompatibilidad de alternativas que no son igualmente imperiosas y la pérdida. Sobre todo, la pérdida. Pensar es perder, perder pie, perderse” . Al menos hay que concede al autor de esta embolismática jerga de la inautenticidad que, en su caso, pensar es perderse entre epítetos encabalgados que forman un galimatías ininteligible que imposibilita cualquier comentario de texto; pastiche proteico y de gomosa labilidad, nada queda en él definido y todo embarullado. Pues ¿qué significa “el agobio de la posibilidad de lo posible”, da lo mismo que el agobio de lo posible de la imposibilidad, es lo posible lo imposible? En fin, que la nada nadea, y pare usted de contar. Si tanta risa produce esto, los psiquiatras se van a quedar sin trabajo.
Aunque es para reírse el visceral rechazo de las verdades eternas que son negadas con proclamas derogatorias por verdades aún más eternas frente a las cuales la salud mental consistiría en “enfatizar lo aparentemente trivial y en trivializar lo enfatizado sin necesidad ni racionalidad”. Verdades eternas de los demás no, pero las mías son intangibles, con su murga enfática y perdonavidas. Anatema sit quien niegue un mundo sin Dios ni Amo porque ya lo tiene: et in Arcadia ego.
Semejante aferrarse con temblorosa determinación a lo que puede desvanecerse entre risa y risa sería la alegría: “a esa plena aceptación sin condiciones ni remilgos de la vida que se manifiesta en el parpadeo del ser y el no ser llamaos alegría. La alegría ni justifica nada ni rechaza nada: asume lo irrepetible y frágil que se le ofrece como su único campo de juego. Optemos por el perfeccionamiento humildemente tentativo y resignadamente inacabable de lo que siempre nos parecerá de algún modo imperfecto, en lugar de rechazarlo con desánimo culpable o de intentar agigantarlo hasta que su enormidad humana nos abrume” . Vaya por Dios, la risa y la alegría se han vuelto cartujas, resignadas, humildes, buenas. De todos modos, esta nueva Orden de Cartujos la dirige el abate Epicuro: salud y buenos alimentos, la vida hay que tomarla como viene, malas noticias buenos tragos. El gran maestro y maestre de los discípulos sigue siendo Epicuro en su jardín, con una pequeña diferencia entre la posición de Epicuro y la de las alegres comadres de Windsor: que a éstas les gusta mucho rodar en exteriores.
Caronte aguarda, pero no nos lleva turísticamente de excursión. Para disimular la muerte decía Epicuro que ella no está cuando yo estoy y yo no cuando ella sí, pequeña tomadura de pelo porque la muerte, en su lento trabajo de lo negativo, mina la raíz de la vida sin posibilidad de conciliar la mueca de su negro gesto con la risa desbordante. ¿No será que la Parca se muere de risa ante la risa? Si la belleza de lo contingente es la que celebra tanto el temblor de lo que nos es dado como la sombra de lo que nos falta; si ni el Bien ni la Belleza son propuestas inalterables, eternas; si el precio del horror es el éxtasis y el precio del éxtasis es el horror, como postula quien ignora que la tragicomedia es la suma de tragedia y comedia, ¿dónde enterramos a la muerte para que la risa no muera?
No hace falta ser pesimista para comprender que toda situación mala puede empeorar y toda buena mejorar, y que recortar las alas a los valores de altura por miedo a la altura no es propio de quien se cree el águila de Patmos, sino más bien llevar permanentemente y con gusto los calzoncillos sucios.
No, no pasamos nuestras vidas como el Infante Lucanor, pero tampoco como Gargantua y Pantagruel. La gaya ciencia vive contradicha por la cirrosis hepática del borracho. La belleza de lo contingente no celebra tan solo el temblor de lo que nos es dado y la sombra de lo que nos falta, es también la que sigue a las aspirinas para concluir en un hospital de mala muerte. El Bien y la Belleza son el Sentido de la vida, propuestas inalterables, eternas; el precio del horror no es el éxtasis, ni el precio del éxtasis es el horror, ni éxtasis horroroso ni horror extático, menos lobos, Caperucita.
Cuando Caperucita habla de verdad, cuando la va a comer el lobo, lo que dice es esto: “soy fundamentalmente cobarde ante el dolor y la desaparición de lo que amo. Amo la vida, pero detesto sus leyes, sobre todo ésa, la de la muerte: me parece inicua tiranía. Más tarde me he llegado a preguntar si entonces puede definirse que reamen te amo la vida. Agradezco sus esfuerzos por ser optimista. La muerte es el enemigo. Renunciemos a la muerte, a sus pompas y a sus obras. Los dioses mueren sin pierde su inmortalidad. Nada tan azaroso, tan desprotegido, tan insostenible como la inmortalidad. ¿Muerte, ¿dónde está tu victoria? La muerte es el enemigo. Renunciemos a la muerte, a sus pompas y a sus obras. Los dioses mueren sin pierde su inmortalidad” .
¿Qué dónde está la victoria de la muerte? Pues está en ser negada, La victoria de la muerte no es la muerte de la victoria. ¿Qué dónde está la victoria de la muerte? Pues en el morir, hombre de Dios. Las grandes palabras sobre la muerte se avienen tan mal con la vida como con la muerte. ¿Qué diferencia hay, pues, entre la marmórea tenacidad de la muerte y la vigorosa heroicidad de la vida?, ¿dan lo mismo un panfleto contra el todo que un manifiesto pesimista, el mal radical y el bien insobornable, la salvación como mera salud y la condenación como indesasible enfermedad? Risum teneatis, amice, no te rías que se me parte el labio. Pretender no morir es morir de éxito, y como tal un malentendido. Una muerte victoriosa es una resurrección, la quiebra rotal de la muerte, y ese es el sentido y el poder de la vida. Descubrir la vacuna contra el mal de la muerte es descubrir la vacuna del saber vivir, es decir, del horizonte de sentido. Lo que como causa es derrota, como efecto es victoria.
¿Cómo encaja la muerte en todo esto? “Nosotros no sabemos nada de la muerte, nada salvo que morimos, pero ¿qué es morir? No lo sabemos. La fe verdadera dice: yo no sé nada de la muerte, pero sé que Dios es la eternidad, y sé además que Él es mi Dios. Si lo que llamamos tiempo permanece más allá de nuestra muerte, es algo que nos resulta muy poco importante en comparación con el hecho de que somos de Dios, el cual no es ‘inmortal’, sino eterno. En lugar de representarnos a nosotros mismos viviendo, aunque muertos, queremos prepararnos para una muerte real, que quizá sea el límite final del tiempo, pero que, si así ocurre, es ciertamente el umbral de la eternidad” .
El criterio de demarcación política entre derecha, centro e izquierda también ha padecido su dilusión; lo único fijo es lo de Péguy: “mística republicana había cuando se daba la vida por la república, política republicana cuando se vive de ella”. El rey ha muerto, viva el Rey. Todos son mercenarios, tránsfugas especialistas en puertas giratorias, y a vivir que son dos días, antes de que nos mate la Inteligencia Artificial.