Cultura

Adiós a Sidonie

RESEÑA

José Manuel López Marañón | Viernes 01 de mayo de 2026

Nueve años después de su tercera reimpresión recuperamos para El IMPARCIAL Adiós a Sidonie, trágica historia de la niña gitana Sidonie Adlersburg que a modo de crónica, con lenguaje preciso, escueto –y de una gran efectividad para lo relatado–, ha escrito el austríaco Erich Hackl.

Tras la judía, la raza gitana fue la más masacrada por el nazismo. De un millón de gitanos romanís que vivían en Europa antes de la Segunda Guerra Mundial aproximadamente murieron entre 220.000 y 500.000 (el 25-50% de su población). Considerados inferiores racialmente, desde 1935 las Leyes de Núremberg clasificaron a los gitanos como enemigos de la pureza de sangre, justificando su persecución. «Por su condición de pueblo mestizo afín a la población no aria de la India», fueron víctima de encarcelación y trabajos forzados, y, en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, deportados a campos de concentración (Auschwitz, Chelmno, Belzec, Sobibor, Treblinka). Además, los equipos móviles de matanza (Los Einsatzgruppen) masacraron a decenas de miles de gitanos en los territorios orientales ocupados por los alemanes.

En Auschwitz se creó el «campo de las familias gitanas». En él familias enteras eran encarceladas juntas. Mellizos y enanos eran separados y sujetos a experimentos seudo-científicos conducidos por el SS Capitán Dr. Josef Méngele. Los médicos nazis también usaban prisioneros romanís en experimentos médicos de otros campos.

El bebé gitano de dos meses y medio de edad, Sidonie Adlesburg, abandonado a las puertas de un hospital de Steyr (importante ciudad de Alta Austria) el 18 de agosto de 1933 fue entregado a un matrimonio de Sierning (localidad a 7 km de Steyr). Formado por Hans Breirather, hombre de ideas socialistas empleado en una fábrica, y su esposa Josefa, ambos tenían ya un hijo suyo, Manfred.

Esta niña, a la que todo el mundo llamaba Sidi, tenía un talante desenvuelto y era hermosa pese a tener piernas encorvadas. Criada con amor y cuidado por sus padres de acogida (quienes decidieron sacarla adelante con sus propios y escasos medios, sin contar con ayudas estatales), sin embargo, desde muy pronto, se vio perjudicada por pertenecer a la raza gitana. El médico Schönauer se negó a tratarla de unas infecciones y fue curada por una mujer no titulada pero con poderes curativos.

Sidi jugaba como una niña más y la Sección de Tutelas de Oficio del ayuntamiento de Styer vigilaba que estuviese sana, bien cuidada y que recibiese adecuada alimentación («Los Breirather son una familia de bien», testimonió un gendarme). Pero, al mismo tiempo, este organismo buscaba a los verdaderos padres de la gitana (Maria Berger, hembra gitana de edad y orígenes inciertos, acompañaba a Roman Plach, un gitano vagabundo).

En la escuela Sidonie, pese a sus esfuerzos y entusiasmo, demostraba problemas de concentración y síntomas de dislexia. Incapaz de seguir el ritmo lectivo, la maestra le obligó a repetir curso. Tras la lectura de una redacción, un compañero le dijo que sus padres «no eran sus padres de verdad» y empezó a ser llamada «recogida» y «gitana» por los alumnos de su clase. Sidi, que quería a sus padres de acogida, a veces estaba convencida de haber sido concebida por Josefa. Su tez cobriza se debía solo «a pasar muchas horas al sol». Un matrimonio nacional-germánico de los Sudetes que se había instalado en el edificio de los Breirather increpaba a Sidi.

Erich Hackl nos descubre en el capítulo VII de Adiós a Sidonie, con incuestionables evidencias, cómo el Estado nazi movilizó todas las instancias a su alcance para exterminar la raza romaní. En Viena creó un ente llamado «Central internacional para combatir la lacra gitana» que recopilaba todos los datos, nacionales e internacionales, sobre individuos de la etnia. Este organismo registraba sus huellas dactilares, fichaba los antecedentes penales y configuraba sus retratos para, así, tratar de apartar de inmediato a tales elementos indeseables.

Para dar con Maria Berger, madre biológica de Sidonie, tanto la Oficina del Menor de la comarca de Steyr (a través de la asistenta social Cäcilia Grimm y de su jefa Käthe Korn) como el ayuntamiento de Sierning (con su alcalde Eder a la cabeza) y la policía judicial de Innsbruck (capital del Tirol) unieron fuerzas. Las tres instancias han quedado plasmadas por el autor como piezas de un engranaje engrasado para localizar a una mujer soltera, apátrida y sin oficio, pero sobre todo, –y aunque no lo dijeran de entrada–, para poder disponer de alguien tan indefenso y querible como Sidi, una pobre cría. «De raza inferior y amable, lo que faltaba», decían algunos vecinos de la familia Breirather.

La separación familiar, el viaje de Sidi (acompañada por su madre de acogida y la asistente Grimm) a la estación de Steyr; y luego –separada ya de Josefa–, su traslado a Linz para formar parte de un tren que va recogiendo gitanos para agruparlos en un barracón de Hopfgarten (localidad del estado de Tirol) son dolorosos preámbulos a lo que aguardaba a los romanís (Sidonie y tantos otros) que subían a aquellos convoyes con destino a Auschwitz…

«Gracias a Dios Sierning estaba libre de judíos, negros y gitanos, esos parásitos extraños a la estirpe»

Este libro de Erich Hackl, imprescindible hoy con igual fundamento que cuando fue publicado, tiene como excepcional y trágico marco histórico la Austria de 1933-1947. Tomando la biografía de Hans Breirather, padre de acogida de Sidonie Adlesburg, como vector principal, Adiós a Sidonie da cumplido repaso a una década tan convulsa.

En efecto, siguiendo la vida de este incombustible obrero especializado (en rectificar superficies cilíndricas en una fábrica y, después, árboles de levas para la fábrica de automóviles de Steyr) muchos lectores españoles descubrimos las persecuciones que sufrió el partido Socialdemócrata austríaco; los interrogatorios de la Gestapo y las condiciones de las prisiones de allí; cómo el socialcristiano Dollfuss disolvió el Parlamento democrático y gobernó por decreto antes de morir, en 1934, asesinado por miembros del partido nazi austriaco; el papel de la Iglesia católica en la lucha contra el partido comunista, o cómo, con la llegada del Reich milenario y tras la anexión de Austria (1938), la policía tuvo que adaptarse y perseguir nuevos y extraños delitos como escuchar emisiones clandestinas de radio, descubrir a quienes contaban chistes insidiosos o a quienes embadurnaban banderas nazis con betún negro.

Tras el final de la guerra Hans, querido y respetado por su pasado antinazi, llegó a ser concejal en el ayuntamiento de Sierning. Desde allí pudo ponerse en contacto con el alcalde de Hopfgarten e iniciar una investigación personal sobre su hija Sidonia que empezó a desembrollarse el 17 de mayo de 1947 con un imprevisto testimonio.

Hans y su esposa Josefa murieron octogenarios sin haber superado nunca el dolor que les causó el destino de la niña que tanto quisieron.

Terminada Adiós a Sidonie me entero de cómo, tras la guerra, la discriminación contra los gitanos continuó vigente en la República Federal de Alemania. Alucinado, leo cómo sus democráticos gobernantes decidieron que las medidas tomadas para su exterminio antes de 1943 «eran políticas legitimas de Estado» (sic). Así, los gitanos no tuvieron derecho a ningún tipo de rehabilitación: la encarcelación, la esterilización –y hasta la deportación– fueron prolongadas. El canciller alemán Helmut Kohl reconoció el genocidio nazi contra los romanís…¡en 1982!... Por desgracia, para ese momento la mayoría de los gitanos que por fin hubieran podido optar a restituciones bajo la ley alemana había fallecido.

En la entrevista a Erich Hackl –que este diario publicará dentro de un par de semanas– nos enteraremos de cuál fue la política que la Cancillería Federal de Austria siguió, una vez finalizado el conflicto bélico, respecto a este delicadísimo asunto.