Los Lunes de El Imparcial

Carlos Abella: De Cracovia al Vaticano. Juan Pablo II

Ensayo

Lunes 04 de mayo de 2026

Tulibrería. Madrid, 2026, 144 páginas. 17 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar



En De Cracovia al Vaticano. Juan Pablo II. Los cimientos de un pontificado que cambió el mundo, Carlos Abella recupera la experiencia que vivió en el otoño de 1978, cuando acudió como enviado especial del periódico Ya a Polonia. La razón de este viaje aludía a cuestiones de actualidad política y religiosa: conocer de primera mano, para transmitirlo después a la opinión pública española, datos e informaciones sobre el recién elegido pontífice, Juan Pablo II. Esto le permitió entrar en contacto numerosos individuos anónimos que se convirtieron en fuentes solventes para una serie de artículos publicados en el mencionado diario.

La llegada a Polonia del autor aconteció en plena guerra fría, constatando que este país mostraba unos mayores niveles de rebeldía frente a la tutela soviética, en comparación con el resto de las naciones integrantes del Telón de Acero. En efecto, existía un movimiento sindical que había llevado a cabo varias huelgas en los 70s y, aunque sufrió por ello la brutal represión del régimen, no se amilanó. Además, estaba la Iglesia, notablemente vigilada por las autoridades gubernamentales, pese a lo cual figuras como el propio Juan Pablo II o el padre Jerzy Popieluszko pronunciaron sermones en los que condenaban la tiranía comunista ante una multitud de fieles: “él conoce la tiranía nazi y la comunista, y reitera en su discurso que es la fe en Cristo lo que ha permitido al pueblo polaco y a su iglesia superar los desafíos totalitarios” (p. 53).

El nombramiento de Juan Pablo II suponía, en primer lugar, un cambio importante ya que era el primer papa no italiano. En palabras de Camilo José Cela, con quien el autor coincidió en Polonia en una recepción ofrecida por el embajador español, “ya era hora de que la Iglesia apostara por un tipo duro, un polaco de los que tanto elogiara Napoleón y no por un, con perdón, meapilas italiano que al final se arrugan ante los conflictos, no resuelven ninguno y agravan los que hay por su pavor a perder fieles” (p. 67). A partir de ahí, Carlos Abella nos describe rasgos del entonces aún desconocido pontífice, como la capacidad para superar los múltiples obstáculos que irrumpieron en su vida, por ejemplo, los fallecimientos de su madre y de su hermano cuando era niño.

Asimismo, cobra máxima relevancia la minuciosa descripción del escenario polaco del momento, el cual responde a las características de un régimen totalitario: escasez, mercado negro, espionaje e intimidación permanente (el propio autor lo sufrió) y ausencia total de libertad (por ejemplo, se prohibió que el futbolista Deyna fichara por algún gran club europeo). En íntima relación con este argumento, en sus conversaciones nos traslada aspectos que no han tenido la publicidad suficiente en occidente, como la matanza de Katyn, perpetrada por Laurenti Beria, uno de los principales lacayos al servicio de Stalin, en plena segunda Guerra Mundial.

Con todo ello, en esta Polonia de los 70s, la Iglesia era el principal bastión opositor al régimen comunista impuesto por la URSS, realzando al individuo frente a la todopoderosa ideología marxista que sacralizaba el colectivismo. Igualmente, también nos anticipa el nombre de alguien que será fundamental en los años venideros: Lech Walesa, sindicalista de los astilleros, católico y contrario al comunismo soviético. En este sentido, Carlos Abella tuvo la posibilidad de conocerlo y de realizarle una entrevista clandestina, en la que reflejó su sintonía con Juan Pablo II, en quien había depositado todas sus esperanzas para que Polonia pudiera ser libre.

Finalmente, conviene detenerse en las conclusiones que extrajo el autor en tiempo real y que aluden a que Polonia se iba a convertir en la clave del futuro en la confrontación Este-Oeste, lo cual se debió, entre otras razones, a la actitud mostrada por Juan Pablo II. Su famoso “¡no tengáis miedo, no tengáis miedo!” resultó determinante a la hora de desenmascarar al comunismo y su permanente erosión de la dignidad humana.

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