Opinión

Los golpistas, de Jaime Bayly: docere et delectare

RESEÑA

Alejandro Bellido | Lunes 04 de mayo de 2026

Jaime Bayly (Lima, 1965), que nos ha venido contando su biografía en múltiples entregas desde que publicase No se lo digas a nadie, ha decidido dejar de hablar de sí mismo en los últimos años. Él mismo lo ha confesado en alguna reciente entrevista: “Ahora es que soy feliz”. Nada queda que desentrañar de la propia vida, ya todo ha sido contado y ahora lo que queda es vivir y vivir, desintoxicado del pasado. Pero el genio de Bayly ha encontrado otro caladero distinto del yo del que extraer material para contarnos nuevas historias: las biografías ajenas. Y esta nueva faceta narrativa nos la ha mostrado en un único sello editorial que ya se ha convertido en su casa: Galaxia Gutenberg.

Fue, de hecho, Galaxia Gutenberg la editorial que se atrevió acoger su anterior novela, Los genios, una obra en la que Bayly parte de una anécdota conocida por todos —el puñetazo que Mario Vargas Llosa propinó al que había sido su gran amigo: Gabriel García Márquez— para tratar de desentrañar los motivos ocultos tras aquel suceso. La ficción como herramienta para tratar de entender lo incomprensible, de la misma manera en que lo hizo en su última película, El cautivo, Alejandro Amenábar, tratando de explicar cómo pudo salir vivo de su prisión en Argel el gran genio de las letras españolas. La ficción, ya decimos, como única herramienta posible para tratar de entender un poco. Y es justo este mecanismo, el que había empleado ya en Los genios, el que vuelve a utilizar Bayly en su nueva novela: Los golpistas (Galaxia Gutenberg, 2026).

En esta ocasión la incógnita es la siguiente: ¿por qué Hugo Chávez, tras recibir aquel golpe el 11 de abril del año 2002, no fue trasladado a Cuba como así quería su buen amigo Fidel Castro? Y todavía más importante: ¿por qué los golpistas no llegaron a matar al presidente depuesto?

Estas son las preguntas que Jaime Bayly pone encima de la mesa. Así, para responder a estas cuestiones, da forma a un artefacto narrativo que va a bascular de principio a fin en dos líneas temporales, las cuales se irán intercalando lo largo de toda la obra: un presente narrativo, troceado en capítulos muy cortos, que da comienzo con el golpe militar que dan los confabulados contra Chávez, y que finaliza con el instante en que este recupera el poder; y, por otro lado, un flashback que recoge, también en capítulos muy cortos, diversos momentos en la vida del presidente depuesto: desde su nacimiento y crianza, pasando por el inicio de su carrera militar, sus encuentros con Fidel Castro y sus dos golpes de estado fallidos en el 92 y terminando por los instantes previos a su victoria en las elecciones del 98.

A través de todas estas instantáneas a lo largo de la vida de Chávez, Bayly trata de dibujar a aquel hombre que salió ileso de un golpe de Estado que buscaba ponerle fin. Así, nos presenta a un hombre seductor, tan seguidor de políticos como de presentadores de televisión, ambicioso, adulador, mentiroso y, como se ve al final, traidor. Un hombre que, en un principio, quería dedicarse a ser pelotero (jugador de béisbol), lo cual le llevó a desoír la petición de su padre de mudarse con él a Mérida. Semanas después, sin embargo, cuando una delegación de la academia militar de Caracas se cruzó en su camino buscando cadetes, Chávez se alistó en el ejército. Estaba decidido a quedarse por un tiempo limitado para luego centrarse en lo que realmente quería: su carrera deportiva. Pero, ya lo sabemos, no sucedió así. Y a partir de aquí son muchos otros los azares que Bayly nos relata para explicarnos cómo Chávez pudo llegar a hacerse con el poder. Como si el mundo conspirase para llevarlo a la cima.

Pero Bayly no solo recopila los azares de una vida. También nos cuenta, utilizando procedimientos propios de la novela naturalista, cómo se forjó la personalidad de este hombre que logró, al fin y al cabo, lo más difícil: ganarse al pueblo y a buena parte del estamento militar, que decidió apoyarle a él en lugar de a los golpistas. Un hombre criado con su abuela, de la que aprendió que en la vida es preciso esforzarse hasta las últimas consecuencias, algo que, tal como muestra Bayly, aplicó muy concienzudamente. Un hombre, además, con una ambición desmedida por llegar a lo más alto: ser presidente de Venezuela. Algo que, para Bayly, parte de un anhelo íntimo: la necesidad de sentirse aceptado y querido por aquellos padres que lo desterraron del hogar para vivir con su abuela. A esto se atreve Bayly; esta es su visión del personaje. Algo que no sabremos si es o no cierto, evidentemente; pero precisamente para eso está la ficción: para aventurarse a explicar la realidad, que, como siempre, resulta escurridiza. O, por decirlo claramente, so riesgo de ser pedante: incognoscible.

La novela es, y esto es marca de la casa, principalmente dialogada. El narrador, omnisciente, apenas hace uso de la palabra. El grueso de la novela y de la historia consta de diálogos en los que Bayly logra un tono coloquial y un intercambio entre emisor y receptor que nos parecen magníficos. Bayly es probablemente uno de los narradores que mejores diálogos escribe. Como a lo largo de su carrera literaria, son diálogos frescos, divertidos y perfectamente creíbles. Cuando habla Fidel Castro, Hugo Chávez o Nicolás Maduro nos creemos que son ellos hablando en una conversación cotidiana, pues resulta llena de vida, verdadera.

En cambio, lo que no resulta del todo creíble son ciertos aspavientos de los personajes, que acaban por parecer excesivos. Como si Bayly los obligase a mirarse en los espejos del Callejón del Gato. Resulta grotesco imaginar a Hugo Chávez llorándole (literalmente se cuenta que derramó lágrimas) a Bill Clinton para que este le diese la visa para entrar en Estados Unidos. Sin embargo, todo esto Bayly lo hace de la misma manera que Valle-Inclán: muestra la realidad en clave de hipérbole para revelar la esencia de las cosas. Así, con este ejemplo que acabamos de poner, Bayly revela la personalidad mentirosa y manipuladora de Chávez. A la manera de un caricaturista, Bayly miente para decir la verdad.

Es esta misma técnica del esperpento la que utiliza Bayly para describirnos a los golpistas. Los militares Velásquez, Lucas Rondón y Rosado son, así, descritos de la siguiente manera: “[sobre Velásquez] Era gordo, sorprendentemente obeso para ser un general de división en activisad. Tenía la cara rechoncha, el hocico prominente, el morro abultado y un adefesio de pelusa sobre el labio superior. Miraba como miraría un jabalí ante el peligro. A su lado, se apandillaban dos altos jefes militares: el general Manuel Rosado, todavía más gordo que el amotinado Velásquez, tan gordo que su rostro parecía un globo y su cuerpo embutido en el uniforme daba la impresión de estar a punto de reventar [...]”.

Pero esta apariencia física en realidad resulta, como dice el refrán, un espejo del alma. Y es que Bayly los retrata como seres deleznables: estúpidos, viciosos, malvados y, sobre todo, enfermos de poder. Justifican el golpe para, a la mínima de cambio, gobernar de forma despótica, buscando su propio beneficio. Nada nuevo bajo el sol, pero resulta especialmente prístino todo cuando vemos las conversaciones de los intrigantes: esa lucha interna para ver quién se va a poner a la cabeza del gobierno provisional. Una incompetencia y un ansia de poder tan descarados que acabaron por hacer bueno al entonces presidente electo, logrando que saliese indemne y recuperando el cetro del poder.

Y es que uno tiene la sensación de que visto este golpe de estado, vistos todos. La satrapía, lo más infecto del alma humana, su ansia por alcanzar la cima y dominarlos a todos…; esto es lo que, explicando este golpe concretísimo que tuvo lugar en Venezuela, nos está contando Bayly a lo largo de estas 239 páginas.

Y es así como Bayly, una vez más, logra llevarnos al huerto, haciendo que disfrutemos con su forma única de narrar y contar la verdad. Ya nos esté hablando del puñetazo de Vargas Llosa, de las tribulaciones de un hombre bisexual, de los entresijos de la burguesía limeña o de un golpe de estado... Siempre es un gusto sentarse a leer a Jaime. Solo que, además, con esta nueva faceta que inicia con Los genios y continúa ahora con Los golpistas, Bayly logra a la perfección el tópico horaciano: docere et delectare. Enseñar y deleitar. ¿Qué más le podemos pedir al niño terrible?