I-Me es muy difícil no caer en la tentación de ocuparme de Albert Camus —y me sucede lo mismo con Virginia Woolf— cuando la ocasión lo permite. Vayamos entonces con Albert Camus, “el mejor hombre de Francia”, como dijera Hannah Arendt, a quien admirábamos por lo que escribía y, sobre todo, por lo que hacía: por su actitud ante el poder, denunciando sus abusos y convirtiéndose en guía para la conducta del común de los ciudadanos, que han de enfrentarse a su circunstancia concreta y tratar de ser felices en ella, en su propio ambiente. Compartimos, no habría ni que decirlo, el juicio de Tony Judt sobre Camus, cuando destacaba , en su edición de La Peste, la condición introspectiva de su produccion literaria. “Camus puso algo de sí mismo- sus emociones, sus recuerdos, y su sentido de pertenencia a un lugar-en toda su obra publicada; ese es uno de los rasgos que le distinguieron de los otros intelectuales de su generación y que explica su universal y duradero atractivo”.
El caso es que El extranjero, la novela de nuestro autor, acaba de ser llevada al cine por François Ozon, quien ha acertado plenamente, quizá con mayor fortuna que en una ocasión anterior —nada menos que la versión de Luchino Visconti—. Ozon, en palabras del crítico del Times Literary Supplement, Muriel Zhaga, “ha conseguido poner al día un clásico, dejando intacta su esencia perturbadora y enigmática: una película fascinante, perturbadora y enigmática”.
La película de François Ozon no descuida la significación existencialista de El extranjero: la situación absurda y fatal en la que se encuentra Meursault, que ha cometido un crimen sin motivación aparente, casi cegado por el sol. Se trata, en última instancia, de una muestra de que la vida carece de significado último: todo desemboca en la muerte, y el asesinato importa, sobre todo, por su persecución conforme a las leyes humanas.
El extranjero, de Albert Camus, es un texto filosófico clásico, apunta Zhaga, que forma parte de las lecturas obligatorias en los colegios de Francia, pues el destino de Meursault plantea cuestiones fundamentales como la responsabilidad, la libertad y el sentido de la condición humana.
Ahora bien, existe un plano de la situación que en la película aparece solo insinuado, pero que en realidad tiene una importancia que no puede ser ignorada, y menos aún en el universo mental propio de Camus. El crimen cometido por Meursault es el asesinato de un árabe —cuyo nombre ni siquiera se menciona—, miembro de una comunidad que vive en paralelo a la comunidad francesa a la que pertenece el protagonista. Nos situamos en la Argelia colonial de comienzos de los años cuarenta del pasado siglo: dos poblaciones que prácticamente no se relacionan.
La población indígena vive segregada. En la película aparece, por ejemplo, un cartel que prohíbe el acceso a un cine a “los indígenas”, y también se muestra una policía que trata con desconsideración a quienes no proceden de la metrópoli. La hermana del joven argelino asesinado expresa su convicción de que el verdadero asunto ventilado en el proceso —y la causa última de la condena— no tiene que ver con el crimen en sí, es decir, con la muerte de su hermano, sino con la conducta del acusado. Lo que verdaderamente escandaliza a los jueces, por encima del asesinato del árabe, es que alguien se duerma, fume o tome café con leche durante el velatorio de su madre. Así, el verdadero cargo contra Meursault es, en palabras del fiscal, haber “enterrado a su madre con un corazón de criminal”.
El problema, pienso con François Ozon, consiste en determinar si, más allá de los indudables méritos de la novela —su exposición modélica del absurdo, la primacía de lo sensorial sobre los sentimientos o la empatía, y la revelación de la rutina y frialdad de la administración francesa—, no hay también una cierta indiferencia ante la innegable opresión colonial.
Camus se sintió siempre profundamente argelino y consideró compatible su pertenencia, por decirlo así, a dos mundos cuya oposición demostraría irreductible la guerra de independencia. En los diarios de su viaje a América en el verano de 1949, refiriéndose a los barrios de Rio y Sao Paulo, su pobreza le recuerda la Argelia de su infancia, y exclama melancólicamente: “el aire de mi Africa, pobreza y abandono cuyo inmenso poder de seducción conozco”. Rechazó la violencia —también la de los movimientos independentistas, o sea el FLN que Sartre respaldó sin ambajes—, aunque defendió, como recuerda Ozon, la necesidad de hacer justicia a los argelinos.
II-Pero prometía al principio ocuparme de Virginia Woolf. Se trata de hacerme eco de la publicación de su colección de cartas no recopiladas, reunidas ahora en un volumen de mil páginas y más de 1400 mensajes, del que se da cuenta en una reseña de la New York Review of Books de este mes de abril de Hermione Lee. Estas cartas —como ocurre con la última, dirigida a Stefan Zweig , en 1936— muestran el asombroso alcance de conexiones y compromisos que recorren tanto este libro como su vida.
El encanto de Woolf, apunta la señora Lee, está en todas partes y juega con su imagen excéntrica: a un amigo le escribe que ha olvidado lo que iba a decirle; a otro le agradece unos bombones con humor extravagante. A veces es mordaz, aunque luego se arrepiente. Sabe ser compasiva y redactar cartas de condolencia con delicadeza. Su vida laboral aparece con claridad: negocia honorarios, controla derechos, trata con editores y traductores. Se implica en causas sociales y apoya a refugiados. Se queja de su vida social —de manera contradictoria—, pues también la fomenta. En su correspondencia informa sobre sus enfermedades: migrañas, insomnio, colapsos, tratamientos estrictos.
Aunque necesita tranquilidad para leer y escribir, no quiere renunciar a comunicarse con los demás, con los amigos a los que invoca: “¿No es una satisfacción querer cada vez más a los amigos con el paso del tiempo, incluso en medio de los rápidos de la corriente, ahora que son tiempos de guerra?”.
Esta conexión con el mundo que muestran las cartas sorprende en una escritora tenida por intimista y experta en el análisis exclusivo de los sentimientos. Así, en La señora Dalloway, me llama la atención cómo se capta la funcionalidad social de la religión: “la catedral ofrece compañía —pensó— porque invita a ser miembro de una sociedad”. En otra ocasión Woolf anota el gusto por la continuidad y la sensación de que las tradiciones del pasado se transmiten de generación en generación. Desde luego, escribe, “en la familia Dalloway imperaba la tradición del servicio a la nación”. Habla también del sentido de la proporción de los jueces, que no impide la discrepancia entre sí y que, “aun sin ver nada con claridad, mandaban e imponían castigos”.
Pero, como la propia señora Dalloway —o sea, la misma Virginia— nos dice: “Cuando perdía la esperanza en las relaciones humanas, pues la gente era muy difícil, a menudo salía al jardín y las flores le daban una paz que los hombres y las mujeres jamás le habían proporcionado”.