Opinión

La casa del terror

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 06 de mayo de 2026

Hacienda, también conocida como la casa del terror, se ha gastado 415.000 € para dejar claro en su campaña de publicidad que los impuestos sirven para «construir colegios, hospitales y carreteras». Unidad didáctica que debería servir para aleccionar a los contribuyentes desde sus primeros pasos de guardería. Otra cosa es el sentido del humor que cada niño o niña tenga a bien aplicar a dicha asignatura. A los que están en el segundo ciclo de Educación Infantil, también se les hace bola. Pero esta es una cuestión aparte.

Para los que tenemos una vida laboral plena, llama la atención esa práctica tan rancia que utiliza Hacienda para infundir al contribuyente el amor patrio en campaña de renta de las personas físicas. Permitan la comparación, algo banal, pero me recuerda a Corea del Norte haciendo sonar el himno nacional a diario y a primera hora de la mañana. Por supuesto, de forzoso cumplimiento. Todos firmes, ya sea en la calle, en el trabajo o donde proceda. En caso contrario, el rodillo comunista procede de inmediato a “depurar” malentendidos. Vuelvo al tema principal para no caer en mayores desvaríos.

Por obligada conciencia hay que colaborar con Hacienda porque ir contra esa avidez recaudatoria es una guerra perdida. Quizás alguna batalla de las de cuerpo a cuerpo lideradas por mi admirado amigo Tomás Llorente nos permita recuperar parte del territorio perdido, pero Hacienda, antes o después, te la cuela doblada. Te hacen un mataleón y te quitan hasta el abono transporte.

El Ministerio de Hacienda insiste en que «ningún ciudadano en solitario podría financiar ni una autovía, ni un hospital, ni las nóminas de los bomberos». Lo que no dicen es que buena parte de la ciudadanía de este país no puede llegar a fin de mes. Es decir, ¡¡búscate la vida, ciudadano solitario!! ¡Pringao, que no puedes construir carreteras ni hospitales! Y, por supuesto, eso se suma a las tasas de desempleo y al hecho de que los jóvenes no pueden encontrar un trabajo que les brinde la posibilidad de ahorrar para poder conseguir una solución habitacional. Por lo tanto, ni el espíritu ni la letra de la campaña del Ministerio de Hacienda justifican ese gasto. Campaña tan infantil como si intentaran hacernos creer que los niños ya no vienen de París.

Hablando de niños, conviene resaltar que la pobreza infantil en España está al nivel de Rumanía y Bulgaria, donde uno de cada tres niños está en riesgo de exclusión. Lo que significa que muchos menores no pueden acceder a actividades extraescolares o carecen de recursos básicos. Esta lamentable circunstancia nos sitúa entre los peores países de la Unión Europea. Lo cual es motivo de preocupación, y mucho. Si a eso le sumamos que la mitad de los mayores de 55 años ya tiene que ayudar económicamente a sus hijos y nietos para gastos básicos, pues la cosa no es tan pastoril como el eslogan de los 415.000 euros.

Por cierto, me olvidaba de ampliar eso de los gastos básicos referidos hace un instante. Las principales ayudas económicas a la familia son para pagar la vivienda, la alimentación o suministros esenciales como el gas o la luz. Total, una serie de caprichos tontos. Por ejemplo, lo de comer a diario, ya saben, una de esas costumbres que viene de antiguo. De tal manera que un pensionista, ya sea por jubilación de bajas emisiones o por viudedad rigurosa, ¿cómo diablos pretenden que además puedan financiar el sueldo de los casi mil asesores que tiene el actual gobierno de coalición? ¿De qué manera puede un autónomo de una empresa pequeña financiar la reparación de las vías férreas que causaron 46 muertes en Adamuz? ¿Acaso es posible que un paciente de esclerosis múltiple, quien está obligado a declarar su pensión de invalidez total, tenga la capacidad económica para financiar las obras del barranco del Poyo que hubieran salvado parcialmente la vida de cientos de personas?

Por supuesto que tenemos que pagar impuestos; somos conscientes de lo que esto significa para una sociedad como la nuestra. No obstante, otra cosa es el manejo de los fondos, que debido a esa febril debilidad de meter la mano en la hucha ajena, hacen que la carne se vuelva débil. Por eso no les importa cómo se vista el diablo: ya sea ministro, vicepresidente, secretario general de aquel o aquella, asesor de asesores o consortes con derecho a vistas.

Para no aburrirles, les diré que me quedo sin espacio. Algo muy socorrido. Lo hago para no entrar en la enorme bacanal de la corrupción, con sus mareantes cifras, sus comisiones o mordidas, sus puteríos y sus execrables vicios a costa del dinero de los contribuyentes.

Qué lejos queda aquel eslogan con estilo vintage: «Hacienda somos todos». Y aún hay personas que piensan que los burros vuelan.