Opinión

No se haga el inocente

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 07 de mayo de 2026

Nuestro país se hunde en la desesperación pero entre terrazas atestadas y centros comerciales hasta la bandera, entre automóviles deportivos y gimnasios de gente guapa que se mira en los espejos luciendo un cuerpo tallado según las exigencias del mercado. Debemos flotar sobre una economía sumergida que se me figura un importante océano.

Sobre la depravación de las élites no hay que insistir, basta el insano hábito de ver u oír a los formadores de opinión. Elija el énfasis que desee: izquierda o derecha más o menos centrada o más o menos extrema, busque emisora y disfrute de la ciénaga. A los que me importan les recomiendo, con escaso éxito, que abandonen la mórbida costumbre de escuchar la radio o ver la televisión, que se alejen de las pantallas cuanto les sea posible y callen: sólo el silencio puede oponerse a ese griterío atronador e incesante.

Me parece, sin embargo, que azotar a los señoritos es más popular que delatar la descomposición del común que enrarece la atmósfera moral de nuestro tiempo: consumidores subyugados por el botón del comprar en 1-clic, amamantados por la pornografía, espectadores de folletines en nuevos formatos y ansiosos de toda novedad, narcisos erráticos, desvelados e incrédulos pero fascinados por el brillo metálico del más reciente adminículo para menesterosos: mierda digital en la gran escombrera de nuestro tiempo. Cegados por la paradójica luz de las pantallas que está ensombreciendo la tierra. Arrimados al subsidio en permanente baja laboral, jóvenes contables del expediente académico y ensoberbecidos pregoneros de la décima que les permitirá cursar prometedoras carreras en acelerada pendiente hacia la nada. Médicos de nada, ingenieros de nada, juristas de nada, administradores de nada en el soñado mercado laboral del mañana…

Del presidente al conserje, del director al camarero pasando por el escribiente de todo esto – no hay excepciones – vivimos en la decadencia extrema. La decadencia consiste en la anteposición de las partes sobre el todo: descomposición, disgregación o pudridero que tiene tomada incluso la médula de nuestras conciencias. La rebajada sintaxis y el léxico miserable construyen un pensamiento en parihuelas del que no es dueño el mismo sujeto hablante que vive sometido a su dictador interior. Son tiempos de abundancia para todo tipo de terapias psicológicas que tratan de atender a la muchedumbre de acosados por su propia voz, incapaces de advertir que su enemigo es su propio psiquismo descompuesto.

Neuróticos encerrados en el saco de su piel que coexisten en esas terrazas atestadas, en esos multitudinarios centros comerciales o en esos gimnasios de gente guapa donde se miran de soslayo tomados por la más pavorosa desconfianza. ¡Cómo podría sorprendernos la depravación que vemos en la Audiencia Nacional si no nos ofrecen otra cosa los espejos! No declamemos el canto de los puros y los indignados en mitad del estercolero sobre el que diariamente nos sentamos sin querer ver nuestra propia mendacidad, que es el signo más visible de este agónico hundimiento.

Empecemos por recuperar alguna rectitud, yergámonos de nuevo. Cumplamos con nuestros compromiso de modo que podamos esperar que valga la palabra dada, rescatemos los oficios que fueron nuestros y defendamos las aptitudes que todavía conservemos, arriesguémonos a confiar y atendamos al prójimo.

No se trata de proponer ningún ideal social sino de empezar sencillamente por sentir todo el mal en el que naufragamos para restaurar más tarde nuestra confianza en los seres humanos. Descreamos lúcidamente de los profetas de mundos nuevos que piden votos para continuar el devastador camino del progreso. Restauremos, frente a ellos, el sentido común necesario para orientarnos hacia el Bien que oscuramente conocemos. Si alguna vez tuviéramos que armarnos, el único escudo que podría defendernos sería el potente sentido común que ignoran esos demandantes del voto que jamás entendieron lo que “común” significa. Es un término prostituido desde hace siglos por los filisteos propagadores de la sospecha y los críticos hipercríticos. Nuestros puteros y sinvergüenzas son sólo un resultado de la acción sostenida y sistemática de un infinito escepticismo.

La revolución que ha de hacerse hoy diariamente y en cada casa consiste en la restauración del orden que descompuso la absoluta hegemonía de los mercaderes, el dominio técnico del Estado total, el señorío insufrible del cálculo, la potencia incontestable de una razón desquiciada. Rehacer la vida real está a su alcance y el combate comienza cada mañana. No se haga el inocente: todos sabemos de qué se trata.