Opinión

Herodes el Grande y Netanyahu

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 08 de mayo de 2026

Aunque de la rama del burlado Esaú salió el linaje egregio de Herodes el Grande, varias veces viudo como Netanyahu, éste ha sido el mejor rey de los judíos que la historia registra. Mejor incluso que David y Salomón, que surgen más de la épica bíblica que de la historia-ciencia postucididea. No ha habido rey de los judíos que haya sido un mecenas tan espléndido, demostrando una liberalidad única en aquella época, y también en las posteriores, como Herodes el Grande con tantas ciudades del Mundo Clásico: Atenas, Pérgamo, Nicópolis, Damasco, Trípoli, Tiro, Laodicea, Rodas, Pitio, Antioquía, Olimpia, Roma, le deben parte de su belleza y su muy generosa sensibilidad. De las obras que hizo en su propio reino no acabaríamos de citarlas todas en este artículo. Sólo citar los “pólder” con que arrancar tierra al mar a la altura de Cesarea. Y respecto a las grandes batallas de las que salió victorioso frente a árabes y persas – entonces partos – en Joppe, Masada, Idumea, Dafnis, Caná... ni tan siguiera el mismo Netanyahu belígero llega a sus coturnos.

A pesar de que tuvo que ejecutar a dos de sus hijos – con permiso de César Augusto -, porque trataban de defenestrarlo con un atentado por culpa, en parte, por sus ambiciosas mujeres, Herodes el Grande siempre mostró mucho cuidado con los niños de su Reino que se quedaban huérfanos, y a los que socorría con instituciones parecidas a hospicios, que imitaría un siglo después el emperador Trajano. ( No casa esto bien con el relato evangélico de la muerte de los Inocentes y los alaridos de Raquel ). En realidad, fue su hijo Antípatro, hijo de su primera mujer, Doris, el que envenenó el corazón de Herodes para decidir matar a sus otros hijos y a su propio hermano Feroras. Descubiertas todas sus malas artes poco antes de morir, Herodes mando matar a su malvado hijo Antípatro. Y, por cierto, la influencia que ha tenido Netanyahu sobre Donald Trump recuerda mucho la de Antípatro sobre su padre. Infiltrados árabes intentaron varias veces matar a Herodes, movidos más de una vez por conspiraciones internas, pero de todos los conatos de magnicidio salió libre. Las amistades de Herodes, primero con Marco Antonio, y luego con César Augusto, que no le importó nunca que hubiese sido buen amigo de su enemigo Antonio – la Torre Antonia en Jerusalem recuerda a Marco Antonio - explican su suerte política, su largo reinado y la relativa estabilidad de su gran Reino. Y lo mismo le ocurre a Netanyahu, el nuevo Herodes el Grande, sus buenas relaciones con los presidentes de los EEUU, y especialmente su amistad con el singularísimo Donald Trump, explican que sea el presidente de gobierno judío con más años en el cargo desde el nacimiento del nuevo Israel. También tuvo Herodes el Grande muchas mujeres, concretamente nueve, porque le gustaba mucho el número de las Musas.

Netanyahu perdió en combate patriótico a su hermano más querido, exactamente igual que Herodes el Grande, y ambos hechos hicieron que los dos protagonistas de la historia nacional tomasen el amor a la patria de un modo muy personal. La crueldad en ambos llegó con la vejez. Pocos días antes de morir, Herodes llamó a su hermana Salomé y al marido de ésta, Alejo, y les dijo: “Muy bien sé que los judíos han de celebrar fiestas y regocijos con mi muerte; pero podré ser llorado por otro motivo, y alcanzar gran honra en mi sepultura, si hicieses esto que yo os mando: matad a todos estos varones que he hecho poner en la cárcel en la hora que yo fuese muerto; para que toda Judea y todas las casas me hayan de llorar a pesar y a mal grado de ellas.” Pero gracias al Dios de Israel, muerto Herodes, Salomé, antes de que supiese el ejército la muerte del Rey, mandó dar libertad a los presos que Herodes había mandado matar, y diciendo que era la última voluntad de su hermano, mandó que cada uno se fuese a su casa. Y, efectivamente, los judíos lo lloraron, porque a pesar de sus desgracias familiares, había sido un gran Rey.

Nadie podrá jamás poner en duda el amor vitalicio de Netanyahu por Israel, pero en estos últimos años feroces ha sido acusado por la Corte Penal Internacional de crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. 74.000 personas murieron en los bombardeos que Isreal perpetró en Gaza, impidiendo la entrada de la ayuda humanitaria. En sólo un mes el ejército israelí, siempre en posición de gato panza arriba, ha masacrado en Líbano a 2.500 personas. Uno entiende que Isreal tenía derecho a la venganza tras el criminal y monstruoso ataque de Hamás en octubre de 2023, en donde, entre otras burradas, vimos a niños judíos metidos en pequeñas jaulas como animales. Pero hasta la venganza más comprensible tiene sus límites, y Netanyahu, más cercano, desde luego, a los saduceos que a los esenios, los ha sobrepasado todos, igual que Herodes el Grande. Y con ello ha empequeñecido la imagen del admirable pueblo judío.

La reciente y desoladora imagen de un soldado judío profanando y mutilando a un Jesucristo crucificado al sur del Líbano nos revela que la paz y la humanidad, hijas del Nuevo Testamento y proclamadas por el Santo Padre, hieren todavía el corazón de muchos israelitas. Los judíos siguen viviendo la fraternidad carnal ( familiar-nacional ) en tanto que Jesucristo fundó la fraternidad humana ( espiritual-universal ). Jesús no representa a un Dios que ha colmado de desmanes y crímenes la historia. Que es un azuzador de guerras. En los Evangelios Jesús invoca la restauración de la verdadera ley, la del principio, ensombrecida en el judaísmo, y es San Pablo quien radicaliza la contraposición entre la Ley mosaica, étnica y nacionalista, y la Ley del Nuevo Testamento que regula a todos los hombres. El Dios de Netanyahu y de Herodes el Grande es un Dios solamente justo, pero no un Dios de amor, que es lo que hace falta, es decir, un Dios salvador. Deus optimus et ultra bonus”. “Aquí no hay más pueblo elegido que el nuestro”, así habla el espíritu mosaico a través de Herodes el Grande y Netanyahu. Pero ese Jesús profanado es el principal disidente de ese Dios judío atronador y patriarcal, arbitrario y fomentador de separaciones aberrantes entre los hombres, separaciones antifraternales, separaciones que se creen justificadas en todos los órdenes por las doctrinas colectivas del “primero, nosotros”, los elegidos, los mejores…Amamos a ese Cristo profanado, de nuevo crucificado por el soldado judío, porque es el Hijo de Dios y hermano del hombre. Separar al Cristo de todo régimen de carnalidad y etnicidad, de parentesco de sangre orgullosa y de soberbia de elección divina, es limpiar y desenvenenar la imagen del Cristo, hacerlo resucitar.