Este artículo de Luis María Anson, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y...
Este artículo de Luis María Anson, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, apareció en El Cultural, la revista de referencia de la vida intelectual española. Fue reproducido íntegramente por Google. Lo publicamos a continuación.
Hace unos años escribí sobre Benigno Pendás: Se encuentra en la cumbre de su prestigio intelectual. Es además un escritor de calidad, un jurista que ha reflexionado lúcidamente sobre cuestiones filosóficas, artísticas, constitucionales y políticas, autor de uno de los libros grandes escritos en el último medio siglo: Democracias inquietas. Académico de Ciencias Morales, catedrático de Universidad, Benigno Pendás, rendido siempre a la libertad, ocupa lugar de cabeza en la vida cultural española.
En su extenso ensayo sobre Gaspar Melchor de Jovellanos, Benigno Pendás conduce al lector por la vida y la obra del hombre que encarnó en España el espíritu de la Ilustración. Ocho verbos certeros le permiten organizar la vida de Jovellanos: estudiar, disfrutar, triunfar, organizar, gobernar, fracasar, luchar y morir. Goya le pintó cuando estaba soleado de sabidurías, los ojos minerales, marchitos los labios, agresivas las sienes, pálido el recuerdo de la sangre encendida que supo dominar siempre para mantenerse en la moderación. Conocía a fondo Jovellanos la realidad bovina de la clase política española, el esfuerzo de los corderos en busca del carnero adalid, del dictador que hiciera madurar las uvas de la ira. Pordiosero de las metáforas, Jovellanos escribía con una prosa artesanal en la que obsequiaba al lector con algunas caricias literarias.
Era un intelectual inconsútil, esquinado, pero no híspido, la palabra encanecida. Borbolleaba sus discursos con la voz opaca y el gesto contenido. A lo largo de su vida tuvo amores, amistades, partidarios, rendidos admiradores y algún rival zámbigo que zanqueaba. Benigno Pendás se da cuenta de lo que significaba Godoy en aquella España, todavía imperial, ya decadente. Algunas de las cartas que Jovellanos dirigió al Príncipe de la Paz demuestran inteligencia y prudencia. “Le pido alguna señal de no estar en desgracia”, le escribe a Godoy en abril de 1797. Se refiere también el autor a las opiniones que Galdós tenía sobre los Reyes y su entorno: “Nada se debe esperar de ellos”. Desdeña los méritos
políticos de Godoy y subraya su habilidad con la guitarra y las castañuelas. Reproduce, en fin, el escrito de Jovellanos en el que narra la escena tragicómica que vivió en el palacio del dictador de las Españas: “El príncipe de la Paz nos llevó a comer a su casa: vamos mal vestidos. A su lado derecho, la princesa de la Paz, su esposa desde el 29 de septiembre, contaba entonces diecisiete años; al izquierdo, la Pepita Tudó, su amante. El espectáculo acaba en mi desconcierto, mi alma no puede sufrirle. Ni comí ni hablé ni pude sosegar mi espíritu”.
A Jovellanos le irritaba el incienso que en su alabanza quemaban algunos de sus agradaores. Fue siempre un hombre sereno, un enamorado de la libertad, un político liberal que gobernó durante solo nueve meses. Huyó después de los turbios compromisos. Fue en esa época, cuando Goya pintó la psicología de Jovellanos en un cuadro admirable. Retrató su alma. Se trata de un cuadro que hace pensar. Como su amiga la condesa de Montijo, Jovellanos fue jansenista. La cuestión religiosa le azotó el alma, pero con látigo de seda. Tal vez le hizo padecer tanto como su etapa gubernamental que fue “gloria efímera y desprecio duradero”. Establecido más tarde en Valldemosa, Benigno Pendás le describe entonces en su máxima grandeza espiritual: “Piensa, escribe, trabaja, ayuda, disfruta… Se gana el afecto más sincero de sus guardianes y de toda la gente de bien que tiene oportunidad de tratarle. Es el mejor Jovellanos por su grandeza de espíritu ante la adversidad”.
Propone, en fin, Benigno Pendás que se haga una serie audiovisual sobre la vida y la obra de Jovellanos y su “proyecto ilustrado de construir la nación y el Estado”. Y concluye el autor con una bibliografía crítica en la que muestra los principales ensayos que sobre Jovellanos se han escrito. No se arrepentirá el lector que dedique un fin de semana a leer este libro admirable. Y aleccionador.