Desde sendas esquinas peninsulares que son bañadas y acompasadas por la batuta del mar, me llegaron las lecturas de estos dos poetas que se estrenaron el año pasado, coincidiendo ambos también en que las publicaciones de sus respectivos libros sucedieron en pleno verano y a finales del mismo. Con los trasfondos gallego y gaditano, las páginas de estos libros han acordado matices sosegados, más elegíacos que tendentes a complicaciones estilísticas y lingüísticas, para ocupar sus puestos en el ir y venir semanal de novedades, en el que uno desea siempre, no que algo suceda, pues lo hace y mucho, si no que algo quede.
Bruno Pardo Porto es un habitual, por no decir una firma asentada, en el periodismo cultural madrileño, pero en su primera obra, El rumor de la ceniza, que obtuvo el XXXI Premio de Poesía Cáceres Patrimonio de la Humanidad, se ha decantado por los tópicos literario-poéticos tan útiles como peliagudos a la hora de su manejo. Infancia, primera madurez, amor y desamor en una sola jugada. Sus poemas revelan una voz que puede equipararse a la de contemporáneos como Mary Oliver o clásicos como Blas de Otero, con ecos, incluso, de Pedro Salinas. Influencias, en cualquier caso, peinadas por una voz homogénea, en ocasiones demasiado temerosa de su intensidad. Es su mar el norteño de todos los veranos y de todos los regresos que sus versos obligan para restituir algo de lo que ya se ha vivido, pero deja espacio también para el mar pagano de los griegos, ese que aporta una luminosa plegaria frente a todas las esperas en las que su yo poético se encuentra. ‘Un espejo se devora en su curva./ El polvo crece/ en el mismo lugar en el que muere la vida’, dice en el titulado Un mal sueño, y hace bien en recordarse esa vitalidad, en este caso, de los amantes y de los afectos familiares y amistosos, que devuelven al otro lado de nuestro reflejo una ligereza casi milagrosa.
Con la misma luz que implica el bagaje religioso y reivindica una belleza que rechaza el cinismo, el primer libro de Manuel J. Pacheco, El carmín y la ceniza, divide sus poemas en los caminos que el propio título indica. Una primera parte, más breve, que aboga por una cercanía sensual y melancólica; una segunda que vuelca todo su sentir en el recuerdo del padre, y una tercera, más honda y conseguida, que unifica las anteriores. Pacheco, al igual que Porto, siguiendo el hilo de las coincidencias azarosas, procura al lector una serie de creaciones que no desvelan abruptamente sus orígenes, aunque, en su ejemplo, San Juan de la Cruz o Juan Ramón Jiménez o José Mateos son ecos imprescindibles para la claridad de estos versos. Aquí, en cambio, el mar está de espaldas a quien escribe. Destacan más las noches, el tacto de la tierra y la mirada que se descuelga por las ventanas abiertas. Igualmente, el apego a la métrica de sus maestros constriñe ese posible dejarse ir que favorecería las evocaciones, el temblor que necesita más autonomía, el verso menos vigilado para que valga por sí solo, y puede hacerlo. Lo dice al final del titulado Origami: ‘Y cambia incluso el alma. Todo sucumbe al cambio./ No intentes explicarlo./ No ensucies el misterio’.