Erich Hackl nació en Steyr, Austria, en 1954. Ha realizado estudios de Filología Germánica e Hispánica en las universidades de Salzburgo, Salamanca y Málaga. Además de Adiós a Sidonie, recientemente reseñada en EL IMPARCIAL, es autor de Sara y Simón. Una historia sin fin (Galaxia Gutenberg y Círculo de Lectores, 1998) y La boda en Auschwitz (Destino, 2004). Periférica ha publicado El lado vacío del corazón (2016) y Como si un ángel (2019). Entre 1981 y 1990 fue profesor en la Universidad de Viena y es miembro de la Academia de la Lengua y Poesía Alemanas. En 1983 comenzó su carrera como escritor y realizó numerosos viajes a países de Latinoamérica. Entre los autores a los que ha traducido al alemán figuran nombres como Rodolfo Walsh, Eduardo Galeano, Juan José Saer o Rodrigo Rey Rosa.
JOSÉ MANUEL LÓPEZ MARAÑÓN: Lo primero de todo, porque así lo prometí a los lectores de este diario:
Finalizada la Segunda Guerra Mundial, ¿tuvieron que pasar décadas en Austria –como sucedió en la República Federal de Alemania– para reconocer el exterminio cometido contra la raza gitana, y para restituir, desde la ley, a su población superviviente?
ERICH HACKL: Exactamente igual, con la diferencia de que no se puede equiparar a la RFA como estado sucesor de la Alemania nazi y, por lo tanto, directamente responsable por los crímenes cometidos con Austria que al fin y al cabo fue invadida y anexionada por Alemania en 1938. Quiero decir que las indemnizaciones a los familiares sobrevivientes deberían haber sido realizadas por la RFA. De todas maneras, hasta los años ochenta no existía en Austria conciencia alguna sobre la persecución de los gitanos. No fueron considerados víctimas del nazismo. Apenas se atrevían a hablar de sus sufrimientos en público. Recuerdo que en el curso de mis investigaciones acerca de Sidonie di con un primo de ella, vendedor de alfombras que vivía en Viena. Durante mucho tiempo, evitó hablar conmigo. Cuando accedió por fin a recibirme, me encontré con toda la familia reunida alrededor suyo que, con gran emoción, me contaron lo que él y otros habían vivido de niños, en Birkenau. La emoción fue fruto de tener que aguantar el silenciar su sufrimiento tanto tiempo. Entretanto, la situación ha cambiado a su favor. Hace más de 30 años que fueron reconocidos los gitanos como una minoría en Austria. Junto con los eslovenos, checos, eslovacos, croatas y húngaros, cuentan con organizaciones y representantes muy activos y, cada vez más, con jóvenes con carreras universitarias.
J.M.L.M.: El genocidio gitano ha sido menospreciado, e incluso invisibilizado, en la historia oficial del Holocausto. Algo difícil de entender porque, tras la raza judía, la gitana fue la más masacrada por el régimen nazi en Europa (entre 220.000 y 500.000 personas: el 25 - 50%).
¿A qué pudo deberse, según usted, este querer «pasar página» tan diferente, por ejemplo, de lo llevado a cabo con el pueblo judío?
E.H.: Los gitanos siempre han vivido al margen de la sociedad, también y sobre todo en el aspecto social. Eran pobres y se adherían a sus costumbres de cuando eran nómadas. De los judíos austriacos –la inmensa mayoría vivía en Viena– gran parte pertenecían a la burguesía y el proletariado. Es decir, que fueron considerados o se consideraron parte de la sociedad nacional. Se sentían más austriacos que judíos, y de hecho gran parte de ellos rehuían de la religión y las costumbres de sus antepasados.
J.M.L.M.: ¿En qué medida –y desde su edición en 1989 (a España no llega hasta 2002)– Adiós a Sidonie ha podido paliar, tanto en Austria como en el resto del mundo, un desconocimiento tan clamoroso de semejante masacre?
E.H.: Más que mi relato, creo que han sido los talentos artísticos y los testimonios de los gitanos austriacos mismos que han roto el silencio y el desconocimiento. Pienso en Ceija Stojka, gran pintora, cantante y poeta, de la cual dos testimonios han sido publicados también en España, y los músicos –y familiares de Ceija– Harry Stojka y Karl Ratzer. Adiós a Sidonie es quizá más importante por mostrar que la muerte, el asesinato de la niña no había sido inevitable. Cuando por fin me permitieron consultar los documentos de la Oficina del Menor en el archivo de Alta Austria, descubrí que la orden de quitar a Sidonie a sus padres de acogida no fue tan tajante; las autoridades consultaron a los implicados –las asistentas sociales, el director de escuela, el alcalde– acerca de qué hacer con la niña. Pero por miedo y oportunismo todos ellos respondieron que era mejor entregar a Sidonie a su madre, sabiendo o suponiendo, en 1943, lo que iba a ser la consecuencia. En eso radica, creo yo, la actualidad del libro. O sea en que a pesar de todos los mecanismos de dominio y represión incluso un régimen de terror deja cierto margen a las personas en negarse a cumplir con las reglas de ese régimen. Pienso en los funcionarios de nuestro Ministerio de Interior, encargado a enviar de vuelta a los inmigrantes y que no tienen ningún reparo en destrozar una familia o entregar a una persona, al deportarla por ejemplo a Afganistán, a sus perseguidores. Conocen, pero no ven la consecuencia de su actitud burocrática.
J.M.L.M.: La Austria que sirve de marco histórico para su libro, la de 1933-1947, vivió, como tantos otros países europeos, acontecimientos históricos de todo tipo y de una enorme magnitud. Además de contarnos la vida de la niña gitana, Adiós a Sidonie, deja apuntados aspectos de su país sobre los cuales no es raro que al lector con ganas de saber le entre ganas de profundizar.
A mí me ha resultado muy interesante la figura de Engelbert Dollfuss, político de ideología socialcristiana que, una vez elegido canciller de Austria, pasó de ser un dirigente propicio para pactar con la oposición socialista a suprimir el Parlamento. Instauró luego un régimen dictatorial conocido como «austrofascismo» en el que gobernaba por decreto con censura previa, prohibición de manifestaciones y con el derecho de huelga muy limitado. Además, reimplantó la pena de muerte y fortaleció a la Heimwehr, grupo paramilitar de extrema derecha. Sus intentos de alcanzar un acuerdo con los nacionalsocialistas se ve que no fueron suficientes para estos, ya que en 1934, durante su fallido golpe de estado, lo asesinaron.
¿Cuál es su opinión sobre este político? ¿Cómo está actualmente considerado en Austria?
E.H.: Como sepulturero de la democracia en Austria, por un lado, y como víctima del nazismo por otro. Como sepulturero, al destrozar el sistema parlamentario en marzo de 1933 y reprimir la revuelta obrera en febrero de 1934, y como víctima por haber sido asesinado por un grupo de nazis austriacos en julio del mismo año ’34. Asesinado, digamos, por los que se aprovecharon de su victoria sobre el movimiento obrero y la poderosa socialdemocracia. El actual ministro del interior austriaco, el conservador Gerhard Karner, era alcalde del pueblo de nacimiento de Dollfuss y como tal permitía y defendía la existencia de un museo allí, dedicado a esa figura siniestra de la historia contemporánea de Austria. Pero de hecho, ni los mismos conservadores hoy en día se están refiriéndose a Dollfuss como uno de sus precursores.
J.M.L.M.: Austria y España comparten el hecho de recibir anualmente enormes cantidades de inmigrantes. Actualmente (hablo de este mes de abril) la política de inmigración del gobierno español está centrada en regularizar a alrededor de 500.000 inmigrantes indocumentados. Con ello, dicen, se trata de fortalecer la Seguridad Social y el Producto Interior Bruto, y de combatir la economía sumergida…
¿Puede comentar algo sobre cómo desarrolla su país la política migratoria?
E.H.: Mal, como la gran mayoría de los países de la Unión Europea, sin otro concepto que el de cerrar fronteras e interceptar a los refugiados ya antes de llegar a Europa, impedir la reunificación familiar de los migrantes, etc.