Opinión

La vigencia de un mundo basado en reglas

TRIBUNA

Gabriel Alonso-Carro | Viernes 15 de mayo de 2026

Cuando se habla, últimamente se hace mucha referencia a ello por razones obvias, de "un mundo basado en reglas" esta expresión remite al derecho (privado y público) que rige las relaciones internacionales y -en última instancia- a las instituciones que pueden juzgar su cumplimiento. Es decir, los tribunales, cortes de justicia e instancias penales existentes que arbitran la convivencia global: son parte esencial de una gobernanza mundial cada vez más necesaria.

Quien más quien menos ha oído hablar de la Corte Internacional de Justicia o de la Corte Penal Internacional pero no son las únicas. Así, ¿sabía que existen tribunales internacionales regionales como la Corte Caribeña de Justicia, la Corte de Justicia de África del Este o la Corte Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos? El entramado de la Justicia Internacional ha ido creciendo y tomando peso de cara a regular la política mundial, lo cual es una buena noticia para mantener "un mundo basado en reglas".

Los tribunales internacionales despegaron tras la II Guerra Mundial con los tribunales militares que iniciaron los juicios sumarísimos contra la barbarie de las potencias del Eje, en especial los de Núremberg y Tokio. Tras los atroces hechos en la ex Yugoslavia y Ruanda, con los tribunales respectivos en los noventa, y como resultante de todo ello la creación de la CPI (1998) -junto con la veterana Corte Internacional de Justicia de La Haya (ONU- 1945) y las cortes regionales- más los diversos Tratados, se va edificando un entramado institucional de Justicia global que no neutraliza la brutalidad frecuente del panorama mundial pero en algo lo amortigua: piénsese que términos como genocidio o crímenes contra la Humanidad (Lemkin y Lauterpacht, años cuarenta) no existían anteriormente y no estando tipificados legalmente tan siquiera, no eran perseguidos ni sancionados.

Sin duda, el Derecho Internacional (tanto el penal como el de otros tipos), aunque no se trata de un código cerrado, ni unitario, ni acabado, al menos es un corpus de referencia ineludible como freno al poder y a los abusos. Cuestión aparte son los inevitables condicionamientos que sufren. Los tribunales internacionales están sustentados por países, dependen de la financiación de los mismos y sufren presiones políticas al tiempo que deben guardar equilibrios entre los intereses de las naciones y la debida equidad -si quieren sobrevivir institucionalmente-.

Pero esto mismo le ocurre a los grandes organismos internacionales -compuestos en su base por múltiples naciones- mientras no se madure una auténtica gobernanza global sólida. El Fiscal de la Corte Penal Internacional explicaba hace poco como por una negativa de tres grandes potencias no se podía juzgar el delito de guerra de agresión y el Tribunal ad hoc a propósito de la invasión rusa a Ucrania, tras un acuerdo entre el Consejo de Europa y Ucrania, depende curiosamente de la financiación (y sobre todo del interés y de la aportación USA). El sistema no es perfecto pero, desde luego, es mejor que nada y más completo y eficaz de lo que parece.

Así pues, aunque vivamos momentos de zozobra evidente no hay que dejar de pensar en los grandes progresos que, con baches importantes y aún profundos, se van produciendo década tras década como ya he expuesto. El mundo sigue teniendo normas y reglas, tratados en vigor, tribunales y cortes de justicia aunque convivan con entornos muy difíciles, vetos, escasa financiación y complicados equilibrios políticos. Pero las sucesivas sentencias, la jurisprudencia y los principios acordados internacionalmente han ido marcando y siguen pautando los contornos éticos y legales (ética y derecho se etroalimentan) del mundo de hoy. Queda perfeccionar su progresivo respeto que no olvidemos ha sido siempre perfectible.

Una gran parte del derecho internacional sigue siendo decisivo en la vida del planeta y sigue regulándola, y porque haya otra violentada o no respetada no se mina, ni mucho menos, su enorme valor ni importancia. Es importante valorar el panorama en su conjunto -y no sólo una parte y desde una perspectiva parcial y sesgada negativamente-. El futuro no está escrito y al igual que ha habido grandes avances los últimos lustros y décadas -en medio de enormes dificultades- puede haberlos en los siguientes si el pesimismo no nos bloquea sino que la urgente necesidad de cambios nos impulse y espolee para continuar el trabajo de generaciones anteriores.