Opinión

Ascuas

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 17 de mayo de 2026

G. y H. son escritores de prestigio. G. ha conseguido una aceptación unánime de crítica y público con sus dos últimas novelas. No hay sitio del país donde no se haya oído hablar de ellas, de alguien que no las haya leído y comentado, de pueblo o ciudad que no hayan realizado una presentación o firma para que acudiese. H. ha publicado su segunda novela y ha recibido el aplauso que sintió que faltó con la primera. Muy recientemente, ha publicado un libro de poemas también en una editorial de primera fila. G. y H. están más que bien situados en el panorama de las letras, o como se prefiere decir, más corrientemente, en el mundillo literario. Los dos tienen otros medios de subsistencia, ligados también a las letras y la comunicación. G. es colaborador habitual en varios programas de radio, también articulista en varios periódicos, pero eso es más ocasional. H. viene del periodismo; es una firma de varios medios de marcado tono político y participa muy seguidamente en conferencias, algo que le ha hecho recorrer el país, aunque para hablar de asuntos más comprometidos. G. y H. son paisanos. Sus provincias son vecinas y sus respectivas ciudades de origen distan menos de setenta kilómetros. G. y H. no son parecidos físicamente, pero sí que llama la atención, si uno hace un repaso de todos los carteles de eventos en los que constan sus fotografías de autores, el pelo negro abundante y el rasgado de los ojos, en H. más acentuado por la fina línea de maquillaje, en G. pareciendo más abiertos por el tono cerveza de sus iris.

Esta similitud última de la inmensidad capilar y la mirada, si se tratase de un relato mitológico, resultaría crucial para entender que ahí reside la fuente de sus poderes. Al girarse, el baile involuntario de los cabellos, sumado a lo ladino de sus miradas, valdrían para explicar tanto embrujo e interés despertados, más allá de la valía de sus libros, y estos quedando relegados a un segundo plano, porque sus figuras son las que van delante de todo; antes que sus ideas puestas por escrito, antes que sus historias, sin necesidad de que se diga nada sobre ellas para adularlas o lo contrario. Ese poder que parece turnarse entre G. y H. puede ser transferido a cualquiera que lo desee. Es más humano y común, en realidad. La consideración sobredimensionada que han obtenido por su prestigio, no creen que la merezcan por lo que han hecho y escrito, sino porque son ellos mismos, G. y H., con toda su idiosincrasia, limpia y preparada para la fama, y no se necesitaría más justificación. G. y H. suelen afear públicamente a quienes les ignoraron una ocurrencia que ellos pensaron muy acertada en alguna ponencia o titular, o directamente piden que se les haga más caso para cubrir adecuadamente sus títulos y sus verbenas promocionales. G. y H., y no debemos olvidarlo, nos están deleitando con su esmerado paseo sobre las ascuas de lo cultural de nuestro país, a ver si de esta manera se consigue avivar lo candente que sólo ellos saben reconocer y pueden indicarnos. Somos muy afortunados de tenerlos aquí. Son tan valiosos. Tenemos tanto que aprender todavía. No perdamos de vista el humo que dejan sus pisadas.