No nos gusta la vida.
Esto fue lo que se me ocurrió ayer viendo el concierto de Ultraligera, grupo de indie rock con una rampante tendencia al grunge, que emitía RTVE en el especial La Casa de la Música.
El cantante de la banda, Gisme, aparecía en escena como los buenos rockeros de siempre: impactando con una imagen que hace polvo la norma. Descalzo, lucía en el escenario —un plató, de noche— gafas de sol, pantalón ajustado, una americana que semejaba la piel de una serpiente y sin nada debajo, a excepción de un collar que dejaba ver el tatuaje de su pecho: una luna con rostro humano y de cuyo rostro manaban lágrimas en tropel, como si fuesen cascadas. Una vestimenta que adornaba lo esencial: una pose chulesca, desafiante.
No desafiaba, en un gesto de altanería, al público, por supuesto; estaba desafiando al mundo, a la realidad misma. El cantante le estaba diciendo a la vida: “No me gustas. Eres mediocre, eres un ininterrumpido domingo de jubilado”. Esa ropa, su peinado y su pose vociferaban: “Parece que estoy aquí, quieto frente a vosotros; pero en realidad estoy huyendo”. Y es que el arte es exactamente eso: una forma de huida. Una manera de decir “no” a la vida, que es mediocre, escasa, insuficiente. Aunque muchos digan lo contrario. Y, sorprendentemente, muchos artistas. Se equivoca Manuel Vilas cuando dice que uno lee literatura porque ama la vida. En absoluto: si uno ama la vida, no se dedica en cuerpo y alma a la lectura. Y menos a escribir. Si uno ama de verdad la vida, se va de copas con sus amigos y a disfrutar de la puesta de sol en un chiringuito con la novia. No se pone uno a leer a Kafka y a Pessoa. Es más: ni siquiera uno se pone a leer a Whitman, Claudio Rodríguez o Juan Antonio González Iglesias, esos poetas hímnicos que nos hablan de las bondades de respirar, del ser mujeres y hombres, y del estar vivo, en suma. El que ama la vida, la vive y ya está, no se aleja de los suyos para leer el último libro de Thomas Pynchon o se pone los cascos en el transporte público para abismarse en un disco de Triana.
Uno hace todo esto porque la vida se nos queda corta. Y necesitamos sazonarla, darle un poco de Vida a la vida, que nos resulta sosa. Como dicen los cafeteros: si tomas el café con mucha azúcar y mucha leche, es que muy de café no eres. Y, por eso —precisamente por eso—, leemos novelas, poemas, vemos películas o acudimos a exposiciones de fotografía. Para eso vamos a un concierto de rock a ver a un tipo que, descalzo, y solo ataviado con una chaqueta color piel de serpiente y pitillos acampanados, nos reta y nos dice: “Vamos a pisarle el cuello a esa vieja aburrida y estúpida. Vamos a hacer que esto merezca la pena”.