Opinión

El tiempo de los encuentros

TRIBUNA

Luis Bravo | Domingo 24 de mayo de 2026

Qué queda de los amores y de los bellos días pasados, cantaba Charles Trenet en una de sus melodías más conocidas. Es probable que la respuesta, la que consiga una certitud que compartir, ataña a cada persona que se le pregunte, pero es unánime la posibilidad de pensar que, el hecho de formularla, entrañe una sumisión discreta e irreversible con la nostalgia y el talante melancólico, en este caso bien traída la unión de ambas por confundirse sus sensaciones.

La suma de los años sesenta y la juventud de quienes coincidieron en su curso, es uno de los distintivos de la literatura de Patrick Modiano, novelista incansable desde que comenzasen a aparecer sus publicaciones a finales de la década misma. En España, llegaron las primeras traducciones a finales de los setenta y como salpicaduras accidentales —también con su valía recóndita, como todo libro viejo— hasta su continuidad llegado nuestro siglo, ya recuperada la totalidad de su obra, con algunas excepciones, por la editorial Anagrama, a la que estos días se añade La bailarina, con la traducción de María Teresa Gallego Urrutia, poniéndose al día con la demora de tres años desde su salida en la francesa Gallimard.

El argumento es parco y no ocuparía más de un párrafo, como viene siendo habitual desde que Modiano diese con el hallazgo narrativo de un tiempo y espacio remotos; la ciudad de París durante la Ocupación y en la anteriormente susodicha década como si fueran un oasis en el que se permite tender puentes entre una época y otra. En esta novela, el encuentro del narrador, un próximo aspirante a escritor, con una bailarina de clásico y su hijo, Pierre, que no son traídos a la memoria de no haber sido por otro encuentro ocurrido en nuestro presente, el del narrador con Verzini, un viejo amigo de la bailarina y que le hará retrotraerse hasta entonces, como puede notarse, entremezclados el recuerdo y la vigilia hasta una somnolencia indescifrable, con una escritura libre de saltar entre los nombres y los de las calles, siempre como cirios que van guiando el paseo vespertino, casi nocturno, de sus libros.

Es La bailarina una novela sobre el tiempo de los encuentros, pero en esta ocasión se destaca el cariz más agradecido porque estos no hayan dejado de suceder. A pesar de la carga turbia que traigan sus aguas, son motivo de frescura para con un tiempo, el actual, que ya no es comprendido, y hasta en un escritor tan felizmente ensimismado como es Modiano, ha sido inevitable que se colasen dos menciones a la disidencia interior que uno siente respecto a las rémoras de la pandemia de 2020 y a la masificación turística de las capitales. Más allá de estos raptos de tiempo presente, queda lo inconcreto de una serie de escenas que esconden un romance y una fuga y, más escondida si cabe, una reflexión sobre la permanencia y la dificultad de la misma en las vidas ajenas, esas que siguen sujetas a los cambios que vuelven a dejarlas en un estado de inconcreción permanente, tierra abonada para quien sepa describirlas.