Opinión

Gestión empresarial y humanismo cristiano

TRIBUNA

José María Méndez | Lunes 25 de mayo de 2026

Con este título acaba de aparecer un libro firmado conjuntamente por Francisco José Roa Castel y José Luis Fernández Fernández (Unión Editorial 2026). Ambos autores suscriben in solidum el entero texto de 455 páginas.

Me adhiero plenamente a las diversas tesis sostenidas en este documentado y enjundioso estudio. Solamente suscitaré dos cuestiones que, si bien de suyo son de método o de terminología, con todo me parecen muy importantes para evitar múltiples equívocos o malentendidos.

En primer lugar, no se expone desde el principio y con rotundidad adecuada la idea clave que subyace en todo el libro. Nunca se enfatiza lo suficiente su carácter decisivo para el resto de lo que se va a decir.

Se trata nada menos que de la finalidad primaria de la Redención de la Humanidad por Jesucristo. A mi juicio, consiste en ofrecer a cada persona singular la opción de ganarse el cielo con su propio esfuerzo. Cada persona es dueña de su destino eterno. Es libre en sentido positivo, capaz de crear ex nihilo el bien o el mal, según sea su conducta. Incluso si peca, tendrá siempre abierta la opción de arrepentirse y pedir sinceramente perdón. Su pecado será entonces reducido a la nada por la muerte de Cristo en la Cruz. Estamos en este mundo a prueba.

Llamemos a lo anterior beneficio principal. En consecuencia, todos los resultados favorables que el Cristianismo haya podido rendir a la Humanidad en este mundo, o rinda en el futuro, serán siempre algo secundario o accesorio. Los llamaremos beneficios colaterales. Algunos de ellos se reseñan en la página 165.

Es bien conocida la expresión daños colaterales. Perjuicios o inconvenientes no queridos, pero tolerados en aras del fin fundamental que se busca. En el caso que nos ocupa, el beneficio principal estriba en que las personas singulares lleguen a ser hijos de Dios en el cielo. Que además pueda derivarse algún resultado favorable para la humanidad en este mundo, eso será siempre un extra, que se agradece cuando llega, pero no invalida lo esencial, si no llega. No era el fin fundamental que se buscaba.

Jesucristo no luchó por la independencia política de los judíos frente al dominio de Roma, como peleó Ghandi por la liberación de la India del yugo del Imperio británico. Sin duda hay múltiples ejemplos en la historia en que el cristianismo contribuyó a que cierto pueblo, sometido a alguna tiranía, consiguiera salir de ella. Pero eso hay que considerarlo como un beneficio colateral.

San Pablo nunca clamó públicamente contra la esclavitud, como lo hizo Luther King contra la marginación social de los negros en Estados Unidos. Pero en su Epistola a Onésimo queda claro cómo el Cristianismo influyó decisivamente para mitigar la condición de los esclavos en el Impero romano. Si el dueño de un esclavo se hacia cristiano, inmediatamente le daba la libertad. Es otro ejemplo de beneficio colateral.

El error capital de la llamada Teología de la Liberación consiste precisamente en confundir los beneficios colaterales con el beneficio principal de la Redención. Es una tentación que ha amenazado siempre a la Iglesia. Y por desgracia, está tan viva en estos momentos como lo ha estado siempre.

En resumen, desde un punto de vista metodológico se echa de menos esta aclaración al comienzo de un libro de tanta envergadura intelectual como el que estamos comentando. Si se invoca el Humanismo Cristiano en el título del libro, esta idea hay que exponerla desde el principio con la misma claridad con que lo hacía San Agustín. Nuestra vida no puede estar sin tentaciones, pues nuestro progreso se realiza justo a través de la tentación. Nadie se conoce a sí mismo, si no es tentado. Nadie puede ser coronado, si no ha vencido. Ni vencer, si no ha combatido. Ni combatir, si carece de enemigos y tentaciones (Enarrationes in Psalmos. CCL 39, 767).

Así pues, el mal tiene que existir, para que los buenos superen la prueba y lleguen al cielo. Eliminar la presencia del mal de este mundo sería la negación más radical del Cristianismo. Sería tanto como arrebatar a los humanos la posibilidad de ser felices con Dios en el cielo.

La segunda cuestión que suscito se parece a la primera. También se trata de algo que debiera hacerse de entrada. Me refiero al acervo de Encíclicas y declaraciones pontificias que se etiquetan como Doctrina Social de la Iglesia (DSI). En el libro se hace una constante apelación a ella (Cfr. páginas 276 y ss.)

No conozco una sola Encíclica papal que empiece por la distinción entre mundo de la naturaleza y mundo de los valores y la libertad. Tratemos se remediar esta carencia.

¿Por qué las diabólicas leyes de la oferta y la demanda hacen que un tenor excepcional, soltero, rico por su casa, vicioso y mala persona, gane veinte veces más que un cantante mediocre, sin más recursos que su trabajo, casado, con diez hijos y además excelente y virtuosa persona?

Por dos principios de libertad y dos hechos de la naturaleza.

Principio de libertad para la oferta. Cualquiera que crea que puede ganarse la vida cantando, que lo intente sin trabas ni impedimentos.

Principio de libertad para la demanda. Si a alguien le gusta la Opera, que gaste su dinero oyendo al cantante que prefiera, sin trabas ni impedimentos. Hecho de la naturaleza para la oferta. De 100 tenores, sólo 2 o 3 son excepcionales. Los mediocres son los 98 o 97 restantes.

Hecho de la naturaleza para la demanda. De 100 oyentes, a 95 les gusta mucho más el tenor excepcional que el mediocre. Sólo 5 no distinguen entre uno y otro. Veamos ahora las consecuencias de la citada carencia.

En el libro que comentamos se alaba el sabio consejo de Juan de Mariana. Los hombres se guían por una estimación común fundada en la calidad de las cosas y su abundancia o escasez. Más vale dejarles en paz y no forzarlos, pues lo contrario va en detrimento público (Pag, 203). Pero también aparece esta nota a pie de página en tono de escándalo: Jeff Bezos gana cada nueve segundos tanto como los empleados de Amazón en un año (Página 178). ¿En que quedamos? ¿Dónde está la contradicción lógica entre estas dos citas?

Digamos lo mismo de otra manera. La distribución económica se hace en el mundo de la naturaleza. O sea, al margen de la justicia. Pero está en nuestras manos corregir esa injusticia mediante una redistribución axiológica en el mundo de los valores y la libertad.

En las recomendaciones de la DSI se mezclan ambos mundos, como si se esperase de la naturaleza que produzca espontáneamente la deseada justicia. Se denuncian abusos e injusticias con gran clarividencia. Pero no se ofrecen soluciones viables y concretas a los problemas. Salvo los escritos de Juan Pablo II, la DSI más bien invita a los políticos a entrometerse en la economía e interferir en los mercados. El juicio pontificio sobre el capitalismo es mucho más severo que el juicio sobre el socialismo (José Luis Gutierrez. “Doctrina social de la Iglesia”, Ariel, Tomo I, pag. 177).

La redistribución axiológica hay que llevarla a cabo después de haber dejado a la naturaleza y a la malicia humana engendrar cualesquiera injusticias. Luego podemos arreglarlo todo en el mundo de la libertad y los valores. A mi juicio, mediante el llamado Modelo de Renta Básica Individual (RBI) es posible solucionar del mejor modo pensable el eterno problema de la injusticia social. La actual tecnología digital permite ya a la Agencia Tributaria (AT) saber cuánto gana cada ciudadano. Bastaría que además tuviera la información objetiva sobre sus necesidades mínimas: alimentación, vivienda, vestido, transporte, sanidad y enseñanza de menores a cargo.

Se suprime todo el actual y caótico maremagnum de prestaciones sociales y se lo substituye por una ayuda anual única, la Renta básica. Cada año la AT hace un balance entre ingresos y necesidades mínimas de cada persona. Si las necesidades mínimas exceden a los ingresos, la AT le envía un cheque por ese exceso.

De paso se corregiría el absurdo actual de sanidad igual para todos. En el modelo RBI sólo estaría pagada la sanidad de los pobres. Incluso las complejas discusiones en busca del mejor sistema impositivo pasarían a segundo plano. Todas las posibles distorsiones fiscales quedan corregidas automáticamente mediante la prestación anual y única del modelo.

Erradicar la pobreza. Esa es la esencia de lo que aquí se propone. Se trata del mínimo de justicia social alcanzable de hecho en este mundo. Pretender ir más allá quizá sea incidir en la Teología de la la Liberación que antes rechazamos. Es un mínimo, que en todo caso puede ser complementado estimulando el mecenazgo y la generosidad de los ricos, sobre todo de los grandes empresarios.

La AT debiera ser absolutamente independiente de los partidos políticos y sobre todo de los gobiernos. Su Presidente sería nombrado por el Rey. Y sólo él podría removerlo.

Sin duda habría picaresca. Algunos lograran no trabajar y recibir la RBI. Muchos ricos evadirán sus impuestos en paraísos fiscales. No faltarán los negocios sucios, los fraudes, los fondos buitre y las especulaciones que no generan riqueza. Pero todo eso no impide el enorme avance que supone el que no haya pobres.

Curiosamente en el libro no se mencionan los Modelos de Renta Básica. A mi juicio, son los únicos que ofrecen posibilidades realistas de llevar a cabo los excelentes propósitos de la DSI, sin incitar indirectamente a los políticos, da igual si de derechas o de izquierdas, a que se entrometan en los mercados. En cambio donde la DSI parece aplicable sin riesgos y con éxito inmediato es en el funcionamiento interno de las empresas. En realidad se trata de fomentar los valores éticos y estéticos en un ámbito bien concreto de la convivencia humana. En él trabajan la mayoría de las personas adultas en estrecho contacto y por muchas horas al día. Este tema se desarrolla con detalle y autoridad en el cuarto y último capitulo del libro (Pag 291).